Julia Cámara | Desde que, allá por 2004, el reguetón comenzara a popularizarse a este lado del Atlántico (pasamos  de la “Bomba” de King África al “Dónde están las gatas” de Daddy Yankee como éxitos del verano sin transición de ningún tipo), la polémica ha estado servida. Con letras repetitivas y pegadizas, extremadamente explícitas, y un baile asociado de importantes connotaciones sexuales, era de esperar que su difusión escandalizara a los sectores sociales más conservadores. El hecho de que su público mayoritario estuviera compuesto en primer lugar por jóvenes de procedencia latinoamericana o migrantes de segunda generación que consumían productos culturales de sus países de origen y, algo más tarde, por las capas de jóvenes que compartían con este primer grupo entornos de sociabilidad regidos por la extracción social, bastó para despertar la alarma en el conjunto de la sociedad.

El reguetón parecía haber proporcionado la excusa perfecta para cosificar a las mujeres latinas racializadas, a las que bailaban perreando y a las que no querían o no podían aspirar a encajar en unos patrones culturales de decencia y clase que, en su armazón, eran tan machistas como los de los sectores populares. La línea argumental estaba clara: pobres ellas, que al bailar “Noche de sexo” reproducen su propia opresión y acceden a convertirse en víctimas sexualizadas. Mucho mejor saltar con “I used to love her” de Gun N’ Roses, que del mundo anglosajón no puede venir nada malo.

Y sin embargo, en 2015, la cantante argentina Miss Bolivia perreaba con una Rebeca Lane semidesnuda, enfundada en un sujetador de pinchos metalizados, mientras cantaba eso de “y no me digan lo que tengo que hacer / y no me digan de qué forma me tengo que mover / que la ley no me va entre las piernas / tengo la boca afilada y la mente atenta”. Quizá la clave de todo esto esté en que las mujeres nos despojemos de la mirada ajena y nos permitamos desear, disfrutar y perrear donde, como y con quien nos dé la gana. Reapropiarnos de la producción cultural para transformar el paternalismo en empoderamiento colectivo. Convirtiendo, como dice Rebeca Lane, el veneno en medicina.