Maitane Huarte | Una de las lecciones que se pueden sacar del último ciclo es la cada vez mayor relevancia política de la juventud. No solo por la más que evidente brecha generacional que divide a la sociedad española, y de la que el voto mayoritario de los jóvenes a Podemos es su máxima expresión, sino porque las condiciones que la configuran como sujeto político han cambiado sensiblemente desde el comienzo de la crisis y han adquirido unas características específicas.

Sin duda, el cambio más importante tiene que ver con la relación con el mundo laboral. La crisis ha servido como pretexto a las clases dominantes para destruir los derechos laborales y aumentar aún más sus tasas de beneficio. Esta es la explicación de porque la precariedad y la temporalidad se han instalado como el modelo laboral dominante, en especial entre los más jóvenes.  Además, si le añadimos la competencia a la baja entre los trabajadores de los distintos países fruto de la globalización y el hecho de que la economía española este fuertemente terciarizada. Con el turismo, una actividad fuertemente estacional, de principal motor. El resultado es un 75% de los jóvenes trabajando en empleos precarios, sin casi derechos laborales y con una altísima temporalidad. Eso sin contar que las tasas de paro juvenil son superiores al 50%. La realidad es que la juventud o no puede trabajar o lo hace por salarios de miseria y en condiciones cada vez más precarias.

Esta realidad económica hay que relacionarla con las contrarreformas neoliberales y los recortes que se están produciendo en el ámbito educativo. Estas no se entienden solo desde el punto de vista ideológico,  hay que entenderlas en relación con el sistema productivo español. La cantidad de trabajadores jóvenes  “sobrecualificados” es la mayor prueba de que el sistema educativo no está adaptado a las necesidades del mercado.  Los recortes en educación, las subidas de tasas universitarias o las reformas como la LOMCE pretenden expulsar a las clases populares de las universidades y segregarlas para adaptar su cualificación profesional a las necesidades del mercado.

La realidad es que tras 8 años de crisis hay una nueva generación entera que ha nacido en esta realidad y la ha interiorizado. Jóvenes que no tienen las seguridades que tenían  generaciones precedentes y  la vida precaria es el único mundo que conocen. Esto encierra el riesgo de asimilación pasiva o la potencia de la resistencia activa. Por los últimos resultados electorales, parece que la opción mayoritaria está siendo la de un punto intermedio. Si bien no se acepta de forma pasiva esta realidad, y esto se expresa en el voto a Podemos, nos falta el paso de la resistencia activa. Esta solo se pueda dar si los jóvenes deciden salir del aislamiento de sus trabajos precarios. Compartir experiencias, crear solidaridades y autoorganizarse en los centros de trabajo, en las escuelas y en los barrios para luchar contra un futuro que los empuja hacia la miseria.