En el fútbol los movimientos LGTBI no siempre encuentran su espacio. Se trata de uno de los ámbitos donde la homofobia campa más impune e impide normalizar la diversidad de orientaciones sexuales. Por ejemplo, las aficiones suelen utilizar insultos hetereopatriarcales para intentar faltar al respeto a sus rivales, ningún jugador de una gran liga ha declarado ser homosexual y hay entrenadores, como Fabio Capello, que siguen diciendo que el futbol es un juego “de hombres”. Incluso un árbitro español, Jesús Tomillero, tuvo que retirarse víctima de ataques homófobos tras “salir del armario”. Sin embargo, existen algunas excepciones. Equipos como el Arsenal intentan normalizar la situación con pequeñas acciones como sacar una carroza el Día del Orgullo en Londres o que sus jugadores jueguen con los cordones de las botas con los colores de la bandera arco iris. En gradas como la del Sant Pauli es habitual ver pancartas en favor de las luchas LGTBI, en otras como la del Hapoel Katamon de Jerusalén los banderines de córner llevan la bandera arco iris. Esta bandera también es utilizada en diferentes camisetas como la del Rayo Vallecano o la del anteriormente nombrado Sant Pauli. A nivel de jugadores pocos han dado el paso de declarar abiertamente su homosexualidad. Uno de los casos más conocidos es el del ex internacional alemán Thomas Hitzlperger que habló de su sexualidad una vez retirado. Sin embargo, el tema sigue siendo tabú por la intensa presión que se ejerce sobre todo aquel o aquella que se “desvían” de la tendencia considerada “natural”. Abundan las campañas concienciando contra el racismo, pero echamos de menos una campaña contra los valores machistas y heteropatriarcales predominantes en el mundo del fútbol. Es necesario derrotar a la homofobia también el terreno de juego.