Manel Barriere | Coincidiendo con el centenario de la Revolución Bochevique, la editorial Amargord acaba de publicar El nacimiento de nuestra fuerza, una de las novelas que Víctor Serge escribió a lo largo de su vida de revolucionario. El año pasado, Alianza Editorial publicó Medianoche en el siglo, y en 2007 apareció bajo el sello de Alfaguara El caso Tuláyev. La importancia de estas obras, citadas las tres por su reciente aparición, no tanto porque constituyan un conjunto cerrado, radica en su relación profunda con un elemento muchas veces ambiguo y escurridizo: la verdad.

Víctor Serge recorrió la primera mitad del siglo XX persiguiendo la  revolución. Fue, en este sentido, un exiliado perpetuo, un apátrida, y a la vez, un activista comprometido. Pero igual que cruzó fronteras, pasó del anarquismo al bolchevismo y de ahí al trotskismo, del que se distanció después. Irónicamente, murió en un taxi, a mitad de camino entre dos lugares, allá en México, su último exilio. ¿Llegó Victor Serge a encontrar lo que  buscaba?

Como novelista, Serge es sin duda extraordinario. Con una prosa directa y precisa construye estructuras complejas donde cohabitan multitud de personajes, a través de los cuales el drama colectivo adquiere una entidad y un relieve que trasciende los detalles que configuran la trama o las descripciones. Son novelas históricas y de aventuras, y a la vez testimoniales, que recuperan para la ficción las experiencias que el autor vivió en primera persona.

Pero ni como narrador, ni como protagonista escondido en alguno de los personajes principales, su papel es el del típico artista demiurgo. Los hombres y mujeres de sus relatos son personas de carne y hueso, que viven y sienten la realidad que les envuelve, que sufren su condición y se revelan contra ella. O sucumben. Entre ellos prevalece el principio de igualdad, porque esa es la mirada de Serge. De ahí su humanismo.

El ser humano se enfrenta a una tarea titánica, pero necesaria. La rebelión contra la tiranía, contra la opresión, contra la represión. Al hacerlo desata fuerzas sociales e históricas que le arrastran irremediablemente. Surge entonces una verdad fundamental: resistirse a la corriente para mantener ese compromiso primigenio. Saltando de país a país, de afinidad política a afinidad política, Serge se mantiene fiel a la revolución y a su potencial emancipador. Por eso sus novelas son duras y tristes, pero, contando derrotas, reflejan al mismo tiempo una integridad esperanzadora, que no es la del individuo, sino la de la clase trabajadora actuando como protagonista de su propia historia. Humanista, sí, pero también anticapitalista.

Seguramente este compromiso atraviesa toda la obra de Victor Serge, ya sea poesía, novela, ensayo o artículos periodísticos, como atraviesa toda su experiencia. La ficción sin embargo, tiene la capacidad de reflejar y representar de forma más vívida el pensamiento y la acción de ese puñado de hombres y mujeres hoy en el olvido, que atravesaron la “medianoche en el siglo”, manteniéndose fieles, pese a todo, a esta verdad ambigua y escurridiza que da sentido a un proyecto de emancipación todavía necesario.