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Pedro Lopeh | La imagen folklórica que se tiene del terrateniente ayuda muy poco a comprender cómo ha funcionado –funciona- el capitalismo  en España. Reducirlo a una imagen, a un administrador de olivares sin escrúpulos, es fotografiar una sola comparsa y olvidarse del carnaval. Una de las más genuinas empresas de disfraces, la familia Benjumea, ejemplifica bien el desfile: en siglo y medio han pasado por despachos de abogados en la Restauración, ministerios con Primo de Rivera y Franco, Banco de España, cortijos andaluces, puestos nobiliarios, obras del AVE, think tanks conservadores y empresas mundialmente conocidas (también por sus pufos, o precisamente por ellos) como ABENGOA.

Pocos géneros musicales españoles han desnudado al capitalista con el que les ha tocado cohabitar; pero uno de los que más y mejor lo ha hecho ha sido el flamenco, ese milagro que los hermanos Caba creen consecuencia lírica del hambre. A pesar de la imagen preconcebida que se tiene hoy, y de que sus exégetas vanguardistas están más por su ego y por el rabo de los perros que por zarandajas materialistas, el cante jondo se constituía a menudo como saeta cantada y dirigida contra el sistema que le tocó vivir y contra sus vecinos más sanguinarios: los latifundistas.

La obra fundamental, más bonita y desgarradora del flamenco peleón es, sin duda, La palabra, un disco en el que José Menese canta las letras afiladas de Fco. Moreno Galván. Hoy, cuando a los indies, raveros o jazzmen nos va a tocar pagar los pelotazos de los nuevos señoritos, no está de más recordar que algunos de nuestros abuelos ya denunciaron a los suyos cuando correspondía, a pesar de tener a los del tricornio a la vuelta de la esquina.

Disfruten y sufran con esta preciosa guajira.