Hace algún tiempo, desde la derecha, se abrió el debate sobre gestación subrogada. A las feministas nos cogió a contrapié porque no era un problema que se estuviese dando en el Estado español, así que nadie lo colocó como prioridad política. Hoy se nos presenta la propuesta desde algunos partidos políticos de llevar una ley que regularice los vientres de alquiler y a esto hay que dar respuesta.

Vivimos en una sociedad capitalista, que lo mercantiliza todo, que se aprovecha de la pobreza y necesidad de millones de personas. También en una sociedad patriarcal, que hace del cuerpo de las mujeres un objeto sobre el que ejercer el poder. Tener esto en cuenta es imprescindible para comprender el tema de la gestación subrogada.

Nos han convencido de que “somos libres”, de que nuestra libertad individual está por encima de todo y de esta forma se justifica, por una parte, el hacer del deseo un derecho o el resignarnos a poder alquilar nuestro vientre para sobrevivir. La maternidad/paternidad es un deseo. Efectivamente, cada cual puede desear, como un acto emocional, querer tener cualquier cosa. El problema es cuando se pretende que un deseo se convierta en derecho, sobre todo, si es a costa del derecho de otras personas. Primero porque un derecho debe ser universal, es decir, todo el mundo tendría que poder tener las condiciones para que se diera. Y segundo, porque el derecho de personas con dinero (generalmente hombres además) se convierte en la obligación de mujeres pobres que, al necesitar recursos para vivir, acuden a lo que tienen a su disposición.

Como decíamos, en este sistema capitalista, todo es susceptible de ser mercancía, un objeto de mercado; incluidas las personas. En el momento que se le pone un precio a un ser humano se le está cosificando y, por tanto, es objeto de apropiación. Pero ni el cuerpo de las mujeres ni la vida de las/os niñas/os que parimos puede ser objeto de compraventa. No somos mercancía, no somos objetos, aunque este sistema nos lo haga creer cada vez más. Nuestro cuerpo no es una fábrica de niñas/os.

El embarazo no es un técnica. Es un proceso vital, con sus consecuencias físicas, emocionales, psicológicas… Es un proceso que cada mujer que lo elija así, debería vivir cuándo y cómo le apeteciera, como un ejercicio de voluntad y deseo propios, no ajenos. Los sentimientos, las posibles estrías o diabetes, los cambios hormonales, las posibles dificultades de movimiento, los malestares, los dolores del parto y del posparto, la tristeza en caso de aborto no deseado, la alegría de ver nacer a un ser humano de ti, las complicaciones médicas que se pudieran dar…no son una técnica, son experiencias reales que las mujeres que quedan embarazadas viven. Y de esa forma, las mujeres deberíamos tener derecho a interrumpir ese embarazo si quisiésemos, a disfrutar de nuestras/os hijas/os, a elegir la forma en la que queremos parir…y eso sí debería ser un derecho universal.

Debemos aspirar a crear un mundo en el que el dinero no lo compre todo y mucho menos aprovechando las desigualdades económicas de las personas. En el mundo, el 70% de las personas pobres son mujeres. Nos condenan a la pobreza y luego pretenden alquilar nuestros vientres y comprar el fruto de éstos.

Pero este tema nos permite poner más asuntos encima de la mesa y creo que los más importantes son precisamente el tema de la configuración de la maternidad y la construcción de la familia.

En nuestra sociedad actual, la maternidad se ha configurado como una mezcla de esencialismo, donde las mujeres estamos biológicamente (y como consecuencia, socialmente) configuradas para ser madres, y de heroísmo, donde se nos pone un montón de trabas (laborales, económicas, sociales, políticas…) para serlo, sobre todo si lo hacemos sin pareja o con otra mujer. Ser madre hoy y aquí tiene que ser una experiencia maravillosa, casi espiritual y, sin embargo, no se nos facilitan los medios para que podamos quedarnos embarazadas, parir y criar a nuestras/os hijas/os cuándo y cómo queramos, y fuera de toda lógica mercantil.

Por otra parte, este sistema nos marca tanto los límites, que no somos capaces de imaginarnos otra realidad. Una donde las técnicas de reproducción asistida de la sanidad pública incluyan a parejas de mujeres lesbianas, a mujeres sin pareja, a transexuales, a mujeres mayores de 40 años… Una realidad donde los procesos de adopción nacionales den seguridad a las/os niñas/os, pero reduzcan el tiempo y la burocracia de los mecanismos. Una realidad que asuma que las familias no se reducen a la tradicional, que existen otros modelos y si no existen podemos crearlos. Familias que permitan a todos sus miembros vivir libres y felices, sin que nadie nos diga quién tiene que pertenecer a ellas. Y a lo mejor, en esas otras familias que imaginamos, una amiga puede criar a su hijas/os junto con sus amigos gays que también querían tener un/a hijo/a. O un conjunto de mujeres pueden criar a sus hijas/os en comunidad. O de pronto nos volvemos locas y queremos incluir en nuestra familia a personas mayores.

Debemos luchar contra el patriarcado y el capitalismo y, mientras que los derrotamos, saltarnos sus límites y meterlos en las mayores contradicciones posibles. Y en ésas, no dejarnos arrastrar por sus normas, pero tampoco pensar que podemos vivir al margen o que nuestras luchas deben ser individuales. Debemos aspirar a que el conjunto de la sociedad pueda imaginar y vivir ese otro mundo que imaginamos.