Paloma González | “Nadie quiere escuchar mi historia; no es correcto que una chica tenga rabia” (I Was A Teenage Serial Killer, 1993). Desobedecer las leyes del patriarcado es el leitmotiv de toda una serie de filmes de bandas o pandillas de chicas que ponen el acento en la toma de conciencia de este sistema de opresión por parte de las más jóvenes. Lejos de estudiarlas bajo la óptica del test de Bechdel, desde la naíf Amigas para siempre (1995), pasando por la violenta She-Devils on Wheels (1968), hasta llegar al análisis interseccional de raza y clase como Girlhood (2014), todas son potencialmente feministas desde el momento que ponen el foco en mujeres disidentes, relatos de rabia colectiva contra un mundo machista. Esta rebeldía pasa por adoptar identidades distintas a las tradicionalmente femeninas – pasividad, sumisión – pero muy diversas. Desde las que reivindican los tacones para ir al instituto hasta las que delinquen asumiendo roles masculinos. Todas parten de la libre elección, del poder equivocarse inherente a cualquier proceso de emancipación social que quiera transitar hacia alternativas relaciones de vida feministas. Como dice Itziar Ziga, “cuando la feminidad se construye en manada, se convierte en una feminidad subversiva”. Y eso es lo que hace apetecible estos filmes: la manera en que ponen fin al aislamiento de unas mujeres respecto de otras y visibilizan experiencias de empoderamiento colectivo y sororidad como vía para hacer superable el doloroso proceso de la adolescencia.