Paloma González | En un tiempo en el que empiezan a proliferar las series de género protagonizadas por mujeres – desde el formato de superheroínas de cómic como Jessica Jones, pasando por la comedia de Girls o la historia de prisiones de Orange is the new black -, Top of the lake es algo bastante más difícil de encasillar. Cuando una la ve, no tiene la pretensión de estar frente a un relato que pretenda perpetuarse en el tiempo, sino ante un humilde, e incluso bizarro, pero muy sugerente thriller de alarma callada. El “nos están matando y ya estamos hartas” del audiovisual que como dicha consigna, llegó para incomodar y remover conciencias.

Así, bajo la apariencia de un drama criminal televisivo en el que podremos encontrar todos los tópicos del género (violaciones, asesinatos, tráfico de drogas, etc.), lo que nos dejará helados no será la violencia de estos acontecimientos – no demasiado pulidos e incluso un poco abigarrados – sino la fría y perturbadora naturalidad con la que han sido recogidos para subrayar que todos y cada uno de ellos van dirigidos contra ellas. Contra todas y cada una de las mujeres de esta historia, sobre las que se ejercen distintas y constantes opresiones sin que nadie diga nada, bajo el enorme silencio de una inmensa – y claramente metáfora del rígido y silencioso orden patriarcal – naturaleza neozelandesa. No hay banda sonora ni cierres épicos de secuencias que clamen justicia: la cruda realidad de las mujeres de este pueblo solitario se funde en transiciones a las montañas, se esconde en casas aisladas y se hunde en las profundidades de un lago que está a punto de desbordarse.

Sin embargo, junto a la amarga pero genuina familiaridad con la que todos estos reprobables sucesos son vividos, lo que merece la pena de Top of the lake son los momentos casi de humor brechtiano que vienen a romper con esa calma con la que se asume este mundo machista. La llegada a la zona de un grupo de mujeres en terapia servirá de canalizador para fábulas que convierten a un maltratador en un chimpancé que mordía a su dueña; a una adicta al sexo y a un cacique misógino, en el Adán y Eva que nunca pudieron funcionar como pareja.

Algunos han querido verlo como delirio de la directora, Jane Campion, o pretendida profundidad irónica que no se sostiene por lo tosco del hilo argumental. Sin embargo, merece la pena ver Top of the lake por la capacidad de transmitir, con apenas un pequeño microcosmos, el hedor y agonía que provoca el funcionamiento de un sistema patriarcal perfectamente arraigado y podrido. Todo el desequilibrio de poder que existe entre hombres y mujeres palpita a través de las distintas formas de violencia que lo sostienen. Violencia institucional, ejercida por el cuerpo de policía; o violencia como complicidad de aquellas mujeres que no han conocido otra alternativa de sociedad, como la madre de la detective. Pero sobre todo, es violenta la alianza entre patriarcado y capital, que pone a mujeres precarias a trabajar con sus enemigos en el mercado de las drogas para alimentar a sus hijos, que a su vez son discriminados por no encajar en un modelo social heterocispatriarcal. “No es solo uno” el culpable, sino que, como dice una de las protagonistas, Tui, en esta sociedad la opresión del patriarcado atraviesa todo y a todos.

¡Pues vaya drama! puede una pensar, pero no. Top of the lake no se limita a mostrarnos mujeres heridas y a punto de ahogarse en ese lago. La serie de Campion no quiere ser la historia de niñas indefensas sino armadas, de mujeres reinventadas por ellas mismas, capaces, sin ir más lejos, de reconocerse programadas para creer que necesitan un hombre pero sin dejar de luchar contra esa dependencia. Y entre ellas, destaca por encima de todas la detective Robin Griffin, interpretada por la magistral actriz Elisabeth Moss, que encarna el asco hacia una sociedad que ha hecho de ella lo que hoy es, pero también el amor hacia lo que pudo ser, lo que todavía puede salvarse. Esa esperanza queda simbolizada en la adolescente Tui y un grupo de jóvenes que deciden, en sororidad, enfrentarse a lo establecido, perfilando de algún modo desde la ficción ese movimiento feminista capaz de unir a hombres y mujeres, especialmente a las más jóvenes y adolescentes, que está atravesando fronteras en la vida real. Es en los más jóvenes en los que Griffin y toda la serie buscan redimir los pecados de un mundo machista para alcanzar, por fin así, el paraíso. Que si existe en la tierra, será sin duda de la belleza indómita de Nueva Zelanda, pero sobre todo feminista.