Víctor Valdés Camacho | La dimisión de Esperanza Aguirre comenzó en marzo de 2012. Por aquella fecha, el estallido del 15M en la Puerta del Sol había encontrado sinergias con la Plataforma contra la Privatización del Canal de Isabel II ante el inminente plan de privatización del 49% de uno de los símbolos de Madrid, su agua. La ‘marea azul’, con 165.000 madrileñas y madrileños votando contra el expolio del Canal, fue uno de los diques populares que destaparon, casi inocentemente, el charco de la corrupción.

Como decía Lenin, cuando se corta un tronco, saltan astillas. Ignacio González no es una de ellas, es algo más. Mano derecha de Aguirre, acostumbrado a los regalos en forma de ático, pisos de protección oficial para sus hijas y lágrima fácil en sede parlamentaria, duerme desde hace 24h en Soto del Real. Es el principal imputado de la “Operación Lezo”, la enésima operación contra la corrupción organizada del PP madrileño, cuyas aristas golpean empresarios como Villar Mir (OHL), el exministro Eduardo Zaplana (PP), Edmundo Rodríguez, presidente de INASSA, filial del Canal en Latinoamérica, Francisco Javier López Madrid aka “compiyogui”, que trabajó en Goldman Sachs en Londres y es incondicional de Felipe VI. Ellos, junto a 60 imputados constituirían el hedor de la charca en la que habitaban las ranas de Esperanza Aguirre, junto a Granados y tantos otros.

Pero lejos de metáforas acuáticas, ¿qué implica la dimisión de Esperanza Aguirre? El PP no paga traidores, nos encontramos en una guerra abierta en el enemigo donde conviven dos pulsiones: mantener el control para no ampliar el goteo de afectados por la trama clientelar de la Operación Lezo (malversación, blanqueo, cohecho y organización criminal son las acusaciones a quienes figuraban como parte del consejo de dirección Canal) y la posibilidad de renovación de un Partido Popular que, liderado por Cifuentes, pudiese situarse como ala “regeneracionista” con claros sesgos neoliberales, pero con tintes “proges” en cuanto a las libertades civiles se refiere. Aguirre, en medio del tsunami, ha decidido echarse a un lado, previsiblemente aislada, viviendo de rentas del pasado y siendo una política señalada como parte del entramado por la mayoría social y el movimiento popular.

Este martes a las 20h se rodeará la sede del PP en calle Génova. La convocatoria adquiere relevancia si se desborda, si resuena en las calles que “Madrid no paga”, que es posible un “Madrid sin mafia”. El desafío es fuerte, pero partimos de un punto mejor que tiempos atrás: hay que combinar, coherente y estratégicamente la acción institucional desde Podemos y empujar para desbordar el pantano en el que Cifuentes se siente cómoda, donde el PP se siente garante de la regeneración, doblegando a un PSOE desarticulado por dentro, expresando con múltiples voces que no hay corrupción sin saqueo de lo público, que no hay enriquecimiento de las élites sin precarización de la mayoría, todo ello sin olvidar que Aguirre es sólo el producto de una época que ahonda en su crisis, pero que Cifuentes es el relevo de las oligarquías. Levantar una auténtica moción de censura popular para cortocircuitar el discurso del PP de rostro amable, acumulando fuerzas y asediando a un enemigo cada vez más fracturado y peligroso.

 

Porque Madrid no se vende, no se rinde, no paga corruptos. Ruge Madrid.