Huáscar Sologuren | El 6 de mayo, en un rutilante día primaveral, varias vecinas, vecinos y colectivos se han dado cita en el centro de Madrid para demandar algo que cada vez es más sentido por el común de la gente: Una ciudad que merezca la pena ser vivida. Bajo el lema “Madrid no se vende”, feministas, ecologistas, manteros, luchadoras por el derecho a la vivienda y demás colectivos defensores de la dignidades amenazadas, han recorrido las calles del centro para visualizar que un nuevo proyecto tiene la voluntad de nacer y crecer en pleno centro de una ciudad cada vez más hostil.

Dicha manifestación no ha sido convocada como un fin en sí mismo, sino que tiene el objetivo de ser el principio de algo más amplio y duradero. A tal efecto se ha “liberado” un nuevo espacio: un edificio en el centro de Madrid. Este edificio que fue diseñado como Universidad Pública y que posteriormente fue utilizado como Centro de Salud de Retiro, no es sino un ejemplo más del afán depredador y especulador del cual los políticos nos han tenido acostumbrados en estos últimos tiempos, ya que en su última fase, el edificio había sido cedido por Ana Botella al arquitecto argentino Ambasz, amiguete de Aznar, para que este realizase un museo de arquitectura dedicado a su propia gloria.

El nuevo Centro Social Okupado se llamará “La Ingobernable” en claro contrapunto, en género y espíritu, al nombre de la calle donde este se encuentra situado: el Gobernador. El nombre de este nuevo centro social no es más que una declaración de intenciones. Frente a unas políticas neoliberales que despojan de su esencia a la vida y la dignidad. Frente a una manera de ver la ciudad que se impone desde arriba con el único fin del constante lucro y negocio. Frente a la necia voluntad de la política que convierte las dignidades en mercancías, se ha conquistado un punto de encuentro donde, desde abajo y entre todas, podamos construir un tejido social que sepa identificar las necesidades populares, un lugar que albergue las conversaciones e ilusiones de aquellas que conciben un mundo en común, donde la vida y los cuidados sean el centro, y que así, de este modo podamos alumbrar al fin una ciudad que merezca la pena ser vivida.