Tauromaquia es Violencia | Javier Sádaba, Filósofo Español, Catedrático de Ética y Filosofía de la Religión en la Universidad Autónoma de Madrid, afirmó: “La base de la ética es evitar el sufrimiento siempre que sea posible. La tauromaquia produce sufrimiento a un animal con el único objetivo del entretenimiento. En este sentido, ese sufrimiento debería ser evitado.”

En España durante el año 2016 murieron, aproximadamente, 20.000 bovinos de lidia, después de haber sido obligados a participar en espectáculos en plaza o en festejos populares. Estos animales perdieron la vida tras ser sometidos a un intenso sufrimiento físico y emocional en aras de la diversión.

Como prueban recientes encuestas, la gran mayoría de ciudadanos, que apuestan firmemente por el progreso moral, que ya reconocen a los demás animales como “seres vivos dotados de sensibilidad” y que cada vez están más posicionados a favor del respeto de sus derechos, no entiende que en pleno siglo XXI unas costumbres como éstas tengan que formar parte de nuestra cultura actual.

Informes como la Declaración de Cambridge del 2012, realizada por prestigiosos científicos y apoyada por Stephen Hawking, demuestran que los animales poseen consciencia y sienten de manera muy similar a la nuestra. El desarrollo de los conocimientos científicos, así como la evolución de las mentalidades, hacen que sea necesaria la puesta en marcha de medidas urgentes para suprimir tales espectáculos anacrónicos y crueles, que no tienen cabida alguna en una sociedad avanzada.

Es en este contexto en el que se ha creado la plataforma Tauromaquia es Violencia, integrada por 17 colectivos organizadores y más de ciento veinte asociaciones adheridas con un objetivo común: la abolición de los espectáculos crueles con animales. Su primera acción es la convocatoria de una gran protesta que tendrá lugar en Madrid el próximo sábado 13 de mayo a las 16h. La manifestación partirá de la calle Bailén 8 y recorrerá la calle Mayor para finalizar en la Puerta del Sol.

La organización espera que éste sea un evento histórico, que muestre la unión de todos los que luchan contra el maltrato animal legalizado y que ponga en evidencia una realidad que ya es más que obvia: que la cuestión de la tauromaquia, una práctica que nos avergüenza dentro y fuera de nuestras fronteras, es un tema candente que no se puede seguir obviando en la agenda política.

Los toros son víctimas de una práctica que excede los límites del maltrato y que merece ser nombrada por su auténtico nombre: tortura. Aunque parezca increíble, hay quien todavía cuestiona esta obviedad. Pero hay evidencias científicas, es decir, argumentos objetivos, contrastados e incuestionables, que demuestran que los bovinos de lidia sufren intensamente a nivel físico y emocional en cualquier espectáculo taurino.

¿Por qué ahora?

Que la tauromaquia forma parte de la tradición española es un hecho innegable. También era costumbre en otros países que la fueron prohibiendo a medida que fueron evolucionando, en gran parte gracias a la Ilustración, pensamiento que en España fue mermado por la llegada al trono de un rey déspota y absolutista, Fernando VII -por cierto, gran amante de las corridas de toros y creador de la primera escuela de tauromaquia que hubo en España-. En nuestro país, por desgracia, ha sucedido con frecuencia que los avances llegan con cierto retraso respecto a nuestros vecinos europeos, algo que podría justificarse en el pasado debido a nuestra situación geográfica, pero que ya no tiene sentido en un mundo globalizado en el que los transportes y las redes sociales permiten la circulación instantánea de la información.

A quienes niegan la conveniencia de marcar límites a la violencia, priorizando sus gustos personales por encima del respeto a un ser vivo, conviene recordarles que una sociedad es tanto más civilizada cuanto más regulada está. Las leyes que protegen a los animales y a otros colectivos vulnerables son conquistas de la civilización. Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz y superviviente del Holocausto, afirmó: “la neutralidad favorece al opresor, nunca a la víctima”. Una sociedad menos violenta nos obliga a establecer una serie de medidas restrictivas de la libertad absoluta con el fin de proteger a las víctimas potenciales y nadie en su sano juicio se posicionará en contra de prohibir el homicidio, el asesinato, el maltrato infantil, los delitos de odio, la violencia de género, las agresiones sexuales,etc. Esa es, básicamente, la diferencia entre libertad y libertinaje.

Hoy en día la tauromaquia es un negocio ruinoso, como afirmó la propia asociación de empresarios taurinos, ANOET, y se mantiene únicamente gracias a las cuantiosas subvenciones de dinero público que recibe, de la Unión Europea (ayudas a la ganadería), del propio Estado, de las Comunidades Autónomas, de las diputaciones y de los ayuntamientos. Estas ayudas suponen millones de euros al año. Es un dato bastante revelador que, durante el año 2015, sólo el 8,9% de los jefes de cuadrilla, toreros, novilleros, y rejoneadores trabajaron en algún festejo en plaza.

La tauromaquia tiene cada vez menos respaldo popular. En el periodo 2007-2015 los festejos en plaza han disminuido en un 52,2% y hasta las grandes ferias cierran sus balances con importantes pérdidas económicas. Según datos oficiales del Ministerio de Cultura, en 2015 tan solo el 6,9% de la población asistió a una corrida de toros.Tenemos, pues, la certeza de que la mayoría social rechaza la tauromaquia. Nuestras leyes, que la permiten y la subvencionan, no están a la altura de nuestra sociedad.

La tauromaquia es, en fin, una actividad cruel, obsoleta, poco rentable y rechazada por la mayoría de los españoles. A pesar de ello, por el interés de unos pocos, se sigue manteniendo con dinero público y se intenta proteger con medidas como la bajada del IVA o con programas y actividades dirigidas a menores, haciendo caso omiso de la ONU, cuyo comité de derechos del niño ha instado ya hasta en cinco ocasiones a alejar a los menores de la violencia de la tauromaquia, por el impacto psicológico que ésta puede tener sobre ellos.

Es nuestro deber moral hacer lo que esté en nuestra mano para construir una sociedad digna de ser llamada civilizada y en la que prácticas que ahora están normalizadas, promocionadas y subvencionadas, como la tauromaquia, quedarán relegadas a la más profunda vergüenza por haberlas permitido durante tantos años, por haber priorizado la diversión de unos por encima del dolor terrible, la humillación y el desprecio más absoluto hacia el sufrimiento de un ser vivo inocente.