ÁLBUM DE NIGARAGUA

¡Enséñela, enséñela!
Niños de Nicaragua que se quieren mirar
detrás del objetivo,
en la pantalla azul del revés de mi cámara.
Quieren saber si ahí se vuelven más reales
y se mueren de risa saltando entre las zanjas,
jugando a que la tierra no les muerda los andares descalzos.

Cuando se hace de noche muy temprano
la lluvia lava la consideración de los gobiernos
y se cuela por el tejado de la escuelita pobre,
de la escuelita oscura,
y chorrea en los dibujos infantiles,
emborrona cartillas.
Las letras del día se deshacen, se embarran,
se las traga la calle sin asfalto que lleva hasta la Panamericana,
las letras de los niños se las come una gallina triste.

¡Enséñela, enséñela!
El chavalo ya no se está riendo,
me desafía desde sus quince años.
Vive entre los desechos de una casita escuálida
con un televisor enorme
al que llegan las pelis de los yanquis
y le enseñan un mundo que no es para él:
ves esto?,
te gusta?
Pues no lo tendrás.
¡Enséñela, enséñela!
Estos hijueputas no van a poder conmigo,
les rajo, me oye?, les rajo.

Los chavalos se miran y no se reconocen
porque quieren ser otros más altos y más guapos
y nadie les ha dicho cómo se llega allí desde su barrio.

¡Enséñela, enséñela!
Una mujer estrena una casa con techo,
tiene una habitación con una cama
que se rompe de roña
y tiene una cocina en el corral donde guisa un puñado de frijoles molidos.
No tiene 30 años y no tiene marido
pero sí tiene hijos no se sabe de quién,
no se sabe de cuándo,
rebañando las cáscaras de un plátano marchito.
¡Enséñela, enséñela!
La mujer quiere ver su hermosa casa
retratada en formato digital
porque hasta ayer dormía con sus hijos
debajo de unos plásticos sobre el suelo encharcado.

¡Enséñela, enséñela!
Yo no me acuerdo, hija, yo no me acuerdo
de cuántos años tengo.
Las manos de la vieja de la edad olvidada
engalanan coronas de flores de papel para los muertos
y me mira, y sonríe, y quiere ver su foto
pero no le dan ya los ojos para eso,
se le llenan del agua de su vida y me la cuenta.
Se llama María Santiaga,
(¡que me digan María!)
y compone poemas y canciones
y se acuerda de todo menos de lo que no se acuerda
pero eso no importa.
Y me canta bajito
palmeando con sus manos artríticas
y me regala un beso
además de una flor de papel que le ha sobrado.

Los zopilotes lo saben todo,
lo saben todo las flores amarillas que crecen en los cables de la luz
y lo recuerda el sorgo, el tamal y el buey famélico
y la caña de azúcar, el café y el tabaco
Y lo sabe Managua, León y Chinandega.
Y lo sabe Somoto. Y lo que es peor,
nosotros lo sabemos:
Nicaragua es aún una tierra cautiva
que necesita muchos retoques en sus fotos.

(Inma Luna)