José Daniel Espejo | El, ejem, aparatoso retorno de Pedro Sánchez al liderazgo del PSOE viene produciendo estos días comprensibles ríos de tinta -o píxeles. El acontecimiento, que se supone impactante para la estructura y militancia de ese partido, ha sido elevado a la categoría de maremoto político por unanimidad. Y es cierto que la historia (con obvios tintes shakespeareanos) puede ilustrar de forma muy reveladora el estado de cosas en los partidos y medios tradicionales. Voy a ensayar, un poco a la decimonónica, una serie de tesis sobre el tema. A ver qué os parecen.

1. Pedro contra el establishment

En ningún momento durante el desarrollo del culebrón sucesorio del PSOE ha dejado de señalarse la hostilidad entre el candidato y el aparato de su partido, que en efecto ha accionado todos los resortes a su alcance para impedir el vuelco (en ocasiones, la presión empleada sobre los cargos socialistas para aislar a Sánchez, o sobre determinados medios para modular su imagen ha debido de ser virulenta). El arranque de estas hostilidades se suele señalar en ese momento, tras el 26-J, en que Sánchez se mostró dispuesto a explorar una alternativa de gobierno a la portuguesa, con Unidos Podemos, sus confluencias y los partidos nacionalistas. De uno y otro lado se ha interpretado este movimiento como el detonante de la operación de decapitación que puso en marcha el susanismo contra el secretario general, el pasado invierno. Los relatos fundamentales de uno y otro bando se basan en este acontecimiento, pintando al candidato como ese insensato desestabilizador que pone en riesgo a su partido y hasta a su país con tal de perpetuarse en el poder o bien como ese rebelde de firmes convicciones que desafía a su ejecutiva federal, a los figurones históricos, a los poderes fácticos y hasta (es verídico: lo he leído) al IBEX35. Y hay que reconocer que el culebrón de la sucesión ha ganado en interés con ese drama -casi Fuenteovejuna- en el centro. Ahora bien: ¿es ésa la única explicación, de la conspiración antipedrista? ¿No contradice, esa historieta, lo que sabemos sobre su llegada al poder? ¿Quién ejercía el rol antiestablishment, en ese capítulo anterior? ¿El pobre Madina, ahora más quemado que la moto un hippie? Y sobre todo: ¿qué importancia tiene, en el fondo de este novelón de girondinos y sans-culottes, la pugna pura y dura por el poder personal? Como otros tantos aspectos, ése queda pendiente, elidido. Se podrá deducir de las decisiones que tome Sánchez en el futuro inmediato. Ese establishment socialista, no está de más recordar, no se reduce a Hernando, Corcuera, Susana y Felipe. Servidumbres más amplias -con el mundo de la empresa, con grupos de presión en Madrid y en Bruselas, con un amplio abanico de clientes– explican la mayor parte de las decisiones que viene tomando día a día el PSOE contra el bien común de la ciudadanía. La inminente moción de censura será un buen indicador del nivel de jacobinismo del secretario.

2. Pedro y el populismo

Claro. La palabra populismo es a la política lo que la cinta americana al bricolaje: sirve para mil cosas distintas a su propósito original. Desde un lado y otro le asignan a Sánchez el epíteto populista, o bien para atizarle (ese editorial en caliente de El País tras su victoria) o bien para ensalzar su figura y lo buen lector de coyunturas que es. Se alude asimismo desde determinados sectores de Unidos Podemos al momento populista del PSOE, con visibles orgullo y satisfacción. Sin embargo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de populismo? De cosas diferentes, todo el rato. Voy a identificar, como quien avista pájaros, varias acepciones: por un lado, el populismo es un paradigma, un marco conceptual que interpreta la realidad sociopolítica recurriendo a categorías como vertical – horizontal, cerrado – abierto, oligocracia – democracia. Por otro, es un proyecto. Uno esencialmente democratizador, con las nociones de poder popular y bien común en su centro. El populismo-paradigma y el populismo-proyecto se entienden bastante bien, como es lógico. El problema viene con una tercera acepción: el populismo-táctica, la ventana por la cual se cuelan los fantasmas. Eric Hobsbawm, en su “Historia del Siglo XX” (1994) expone desapasionadamente la forma en que determinados partidos latinoamericanos de izquierda adaptaron, con notable éxito, las tácticas propagandísticas del régimen nazi a mediados del siglo pasado. Se trata de un rincón poco visitado -pero potencialmente explosivo- de la obra de este influyente historiador marxista, entendamos que lo traigo aquí solo para señalar la tremenda complejidad del problema: ¿hay un populismo-táctica natural del combo populismo-paradigma / populismo-proyecto? ¿Existen tácticas populistas, por contra, opuestas al paradigma y al proyecto homónimos? ¿Hay un hiato entre construcción de pueblo y empoderamiento de pueblo? ¿Es posible una organización con un proyecto no populista pero una comunicación sí basada en sus consignas, exitosa a pesar de esa desconexión esencial? Estoy aludiendo deliberadamente a debates enquistados en el seno del maremágnum de identidades políticas, sensibilidades y posibilitopías que conocemos como Unidos Podemos para llamar la atención sobre lo casi infinitamente conflictiva que resulta la palabrita de marras, el esfuerzo de consenso que impone entre interlocutores a la hora de usarla, las ventajas de los sinónimos (momento Polanyi no está mal, para muchos de sus usos), las múltiples trampas a que su empleo nos arriesga… Porque vamos a ver, ¿qué significa que el nuevo secretario general del PSOE sea populista? ¿Que ha conectado con el malestar de la militancia de su partido hacia la gestora que lo ha estado dirigiendo? ¿Que ha estado desarrollando un programa de choque contra la gestión oligocrática de la crisis y la emergencia social? ¿Que va a abrirle la puerta a la posibilidad de un gobierno a la portuguesa? ¿Que la rabia por su destronamiento ha hecho de él un liquidador? Mucho menos inocuo que un significante vacío es un significante atestado de significados, un autobabel de este calibre, en el que caben desde Trump y Theresa May hasta Tsipras, pasando por el socialismo latinoamericano, Marine Le Pen y Beppe Grillo. En rigor, la totalidad de los partidos de gobierno de la Europa occidental han puesto en práctica tácticas (casi nunca proyectos) populistas desde mediados del siglo pasado, desde el gaullismo hasta el Partido Socialista de Andalucía. Otra cosa en que coinciden (los que siguen tocando poder) es en señalar que los populistas son los otros, sean éstos quienes sean, la Liga Norte o Syriza, da igual. La operación alcanza límites increíbles de desfachatez, sí, una deshonestidad intelectual y periodística digna (es un decir) del peor Cebrián, pero no deberíamos olvidar que el uso de la gran maquinaria de etiquetado a que recurren una y otra vez los gobiernos occidentales -esos Ciudadanos Kane- constituye una táctica paradójica y netamente populista. Me explico, sí: alinear a la mayoría de periódicos europeos en contra del referéndum griego, por ejemplo (acusando casi unánimemente a Tsipras de populista) es una táctica populista en sí. La gran etiquetadora funciona cómo no a pleno rendimiento, diciéndonos qué es peligroso y qué no, señalando a discreción a peligrosos demagogos y salvaguardando a los amigos. Cambiando el rótulo de un día para otro, a voluntad. Theresa May ya no es la cabeza del partido que provocó el Brexit y lo aplica a xenófobo marchamartillo. Tampoco Trump es el paradigma de la postverdad. Ni Tsipras. Ahora son líderes que toman decisiones difíciles. Ya.

3. Pedro y el lobo

¿Estamos ante un cuento para niños? En la fábula musicada de Prokofiev, Pedro embroma repetidamente a sus vecinos con la presencia de un lobo. Un lobo oscuro y aparatero, podemos añadir ahora, que amenaza con merendarse al pastor y, con él, la última posibilidad de un pacto por la izquierda en el país. Hasta ahora el truco ha surtido efecto, pero ¿se trata o no de un truco?
José Daniel Espejo