Víctor de la Fuente | Se abre una nueva etapa dentro del ciclo político abierto por el 15M y su desenlace es sin duda impredecible. En el horizonte gobernista empiezan a aparecer las próximas elecciones municipales y autonómicas, así como las distintas opciones tácticas mediante acuerdos de distintos tipo con Pedro Sánchez con el fin de desalojar al Partido Popular del gobierno.

En un escenario de relativo hastío, que se reflejó en la incapacidad de desborde en la pasada concentración en la Puerta del Sol ante la convocatoria de Unidos Podemos, y la normalización de la precariedad por parte de las mal llamadas “clases medias”, una política centrada únicamente en la capacidad de Podemos como hipótesis institucional, se muestra realmente limitada. Como nos recuerda Gramsci “El Estado es una aspiración política más que una realidad política; sólo existe como modelo utópico, pero precisamente esa su naturaleza de espejismo es lo que le da vigor y hace de él una fuerza conservadora.” El Estado actúa como horizonte utópico, como espacio autónomo que flota sobre la sociedad y los conflictos que la atraviesan, ofreciendo el reducido marco dentro del cual se deben resolver “ordenadamente” todos los conflictos. Que actúa como limitante ya en sí mismo sin haberse llegado a cumplir. Pues la simple aspiración de la construcción perfecta del Estado, o en su lugar, la sustitución de aquellos aspectos de la maquinaria electoral que no actúan correctamente, otorga las fuerzas suficientes para no querer superarlo y sustituirlo. Siendo por tanto netamente conservador.

No basta por tanto con sacar una moción de censura de los muros del Congreso, sino asentar el conflicto en las calles, en los barrios y en los centros de trabajo. En palabras de Gramsci, “Dar a la vida de la nación su genuino y estricto carácter de lucha de clases”. Es decir, aprovechar la relativa crisis de legitimidad en la que viven las élites nacionales, tras los sucesivos casos de corrupción, para demostrar no solo su incapacidad para gestionar la crisis en la que ellas mismas nos han hundido, sino su incapacidad para gestionar sus propias instituciones. Siendo capaces de devolver la democracia, no como juego representativo, sino como herramienta política a las clases populares. Abriendo la posibilidad de ensanchar el bloque histórico, el cual no debemos confundir con el bloque electoral, abarcando desde las grandes masas de paradas y parados hasta los nuevos precariados jóvenes y no tan jóvenes universitarios y no universitarios, así como las clases populares más “periféricas” las cuales se han visto poco o nada atraídas por la “nueva política” y el discurso regeneracionista. Un bloque histórico capaz de empujar los límites impuestos desde los marcos de la lógica institucional. Como nos demuestran recientemente experiencias como el sindicato de Inquilinas e Inquilinos, la PAH de Madrid y la nueva ILP presentada en la comunidad de Madrid, el CSOA La Ingobernable quien ha sido capaz de frenar recientemente a la fundación Ambasz y la costumbre del Partido Popular de regalar la ciudad de Madrid al mejor postor. Es decir, trasladando los conflictos más allá del marco institucional, situándolos en la cotidaniedad de las formas de organización y mecanismos de las clases populares, en torno a demandas e intereses comunes. Como la misma cuestión de la vivienda, la sanidad, la educación y el empleo. Basados en la democracia como contrapoder y no en la participación como mero mecanismo procedimental.