Raquel Rivera | Quiso el destino, la casualidad, o alguno de esos démones múltiples y seductores, que Alberto Pina naciera en la ciudad de Atenas. Tal vez por ello, cuando uno se detiene y concentra en el trabajo del artista, una de las primeras ideas que surgen, y que deviene un motto perpetuo, es la idea del tiempo. A propósito de éste la fenomenología recogió una sutil distinción sobre el tiempo en los griegos, esos nosotros mejorados, que articulaban su realidad física, espiritual y mitológica en torno a varios conceptos de tiempo paralelos a las diferentes concepciones de la vida y la muerte: khronos, el tiempo lineal e implacable, el viejo titán que regía la existencia humana y animal, gobernaba la vida ceñida al término irreversible de la muerte el aion, el eón o tiempo universal, de índole circular, que siempre volvía al inicio, gobernaba otro tipo de vida cíclica y siempre renovada, como la vegetación; y por último estaba el aidion, el instante eterno, que quedaba por siempre en suspenso, como la risa de los dioses olímpicos cuando sacude el universo o la noche de amor de Zeus para engendrar a Heracles. Como dice Heidegger al respecto: “Al tiempo lo nombramos al decir: Cada cosa tiene su tiempo. Lo que con ello se mienta es: Todo lo que en cada caso es, cada ente, viene y va en el tiempo que le es oportuno y permanece por un tiempo durante el tiempo que le es asignado. Cada cosa tiene su tiempo.” La subjetividad del tiempo en el lenguaje de la fenomenología es la que mejor define la obra gráfica de Alberto Pina, que recobra con fuerza evocadora esta concepción antigua y filológica del tiempo, y nos la brinda como un poderoso espejo de una realidad cuya esencia hemos ido degenerando a la par que nos quedábamos con un solo y muy escaso tiempo.

En primer lugar, Khronos, ese titán angustioso, se nos aparece, se filtra en las estampas de Pina de una manera muy palpable, a través de las miradas de un tiempo que fue, de esos trazos gruesos, manchas, y gestos que convocan, de esas puertas a lugares que ya no son. Decía Celia Díez Huertas en el texto a la exposición “En la ciudad”, que en la obra pictórica de Alberto Pina las significancias no son impuestas ni forzadas, sino que sus imágenes “son lo que son y como son. Sin metáforas”. Si bien esto es muy cierto, en su obra gráfica el proceso técnico opera un profundo giro dramático a esta realidad y ese tiempo-khronos a través del cuidado proceso de la técnica gráfica, y con la participación, confianza y la apertura del artista al misterio, surgen estas imágenes que hoy tienen ante su vista. Éstas sin juzgar nos juzgan en una relación especular y nos enseñan desde su atalaya de observación el paso del tiempo-khronos. Opera así un cambio estilístico y estético importantísimo en el trabajo de Pina, que nos muestra la otra cara de la realidad que en su imponente obra sobre lienzo solo se intuía tras la máscara de la perfección técnica de un realismo de la primera calidad técnica y poética. Desaparecida esa técnica, la tela, los pigmentos y el color emerge una nueva verdad, subjetiva e inquietante. ¿Serán estas estampas sabias las que acumulen el paso del tiempo para que el artista permanezca eternamente joven, a la manera del Benjamin Button de Scott Fitzgerald? Anécdotas aparte, el tiempo de la técnica y el nuevo tiempo poético de la obra gráfica de Pina, nos mejoran, enriquecen y reconcilian con lo inexorable.

En segundo lugar, el aion o el tiempo recobrado toma cuerpo en la obra de Alberto Pina en forma de memoria, de memoria colectiva y a de la vez memoria íntima de lo cotidiano y lo inadvertido. Lo que los demás no vemos y no recordamos, a través de la obra gráfica de Pina se hace memoria o tiempo-aion. Los bustos clásicos no son reinterpretados, o representados sino que a través de presión del tórculo se aparecen, adquiriendo una segunda vida, o una primera –cíclica si se quiere–, al ser tan vívida la presencia de estos bustos ante el espectador, transportándonos un tiempo primigenio, al punto cero.

Y el Aidion, o el tiempo estético. El tiempo absoluto. Una constante en la obra de Alberto Pina es que tiene la enorme virtud de operar en una doble vía: como artefactos de conocimiento y mediadores de la experiencia estética. Los grabados de Alberto Pina obran en nosotros a modo epojé trascendental que describiría Husserl en sus Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, como mediadores para que los prejuicios y significados previos de las cosas sean suspendidos, detenidos, para que un nuevo entorno de significación emerja. Pero, como en Husserl, la obra de Pina parece tener la misión de explicar el sentido que el mundo tiene para el espectador en su cotidianeidad. Deviene así la experiencia de contemplar a Pina un acto de reivindicación de la conciencia colectiva, y del ciudadano presente que, a través de la contemplación, participa en lo social con una nueva conciencia. Asimismo se produce una segunda suspensión del tiempo, la suspensión de la experiencia estética. La obra de Alberto Pina responde a una misión de manera coherente y firme. Una mirada objetiva a una realidad cotidiana, que convierte a ésta en vehículo de la eternidad del espíritu. Eternidad del espíritu en lo cotidiano.

La obra de Alberto Pina estará expuesta en La Plaza de los Comunes (Plaza de las Peñuelas 3, <M> Embajadores o Acacias, Madrid) desde el sábado 10 hasta el 15 de julio. El mismo sábado se inaugurará a partir de las 20:00h.