Imagen: Getty Images / Daniel Leal-Olivas

Sam Robson | El 12 de Noviembre 2016, cuando Teresa May todavía se estaba acomodando a una amplia mayoría absoluta heredada de David Cameron, el Eastbourne United, equipo de fútbol de la ciudad natal de Teresa May jugaba contra Crowborough en la segunda ronda de la copa. Cuando tan sólo quedaban cuatro minutos del partido el desafortunado Eastbourne metió un espectacular tanto en puerta propia y se fueron a casa. En esa ocasión asistieron al debacle 121 personas, ya que el Eastbourne no es gran equipo. En cambio, solo seis meses después millones de personas hemos presenciado el haraquiri de Teresa May.

La magnitud del fracaso auto-infligido merece un poco de atención. Cuando convocó las elecciones el Partido Conservador gozaba de 98 escaños más que partido Laborista. Hasta finales de abril todas las encuestas daban a May una ventaja de entre 20 y 25 puntos sobre el partido de Corbyn, estando éste debilitado por ataques constantes de los barones y del aparato de su propio partido, sumados a una campaña de ridículo desde gran parte de los medios de comunicación. Mientras May, a pesar de haber votado en contra de salir de la UE, encajaba su conservadurismo despiadado perfectamente con el ambiente xenófobo y patriota del Brexit y crecía cada vez más con su cruzada hacia el “hard exit” (salida dura).

Ahora, May se queda a 7 escaños de la mayoría absoluta, su mantra de “strong and stable” (fuerte y estable) se ha convertido un el objeto de burlas de todo tipo, mientras la ventaja sobre Labour, que sube 33 escaños, se ha cortado a casi la mitad de lo que era. Aunque parece que, de momento, May no contempla dimitir, desde primeras horas de la mañana empezaban a escucharse voces dentro de su propio partido que abiertamente le animaban a bajar del caballo, lo cual quiere decir que pase lo que pase, el partido de May va a estar debilitado por divisiones internas. Además lo que no deja de ser un mero detalle es la implosión del United Kingdon Independance Party (UKIP) que no gana ningún escaño y baja en porcentaje del voto total de un 12,6% en 2015 a un 1,8%.

Ahora bien, no es una victoria sin paliativos. La subida a 10 escaños del Democratic Unionist Party (DUP) de Irlanda del Norte, permite un acuerdo de gobierno, paradójicamente facilitado por le hecho de la subida de la formación republicana Sinn Fein, ya que sus 7 diputados y diputadas no ocupan sus escaños en el parlamento como acto de desafío contra su dominio en Irlanda. El DUP es un partido extremadamente conservador, vinculado durante décadas con grupos paramilitares lealistas a la corona británica, el más radical contra la UE (desde la derecha) antes de la aparición de UKIP, y oponente férreo al matrimonio homosexual y también el aborto, que de hecho sigue siendo ilegal en Irlanda del Norte. Hablamos por tanto de una formación capaz de apoyar, e incluso reivindicar, cualquier medida antisocial.

Por otro lado, curiosamente y en parte debido al aumento en número de votantes respecto a 2015, May en realidad ha ganado un 3,5% y casi dos y medio millones de votos más que Cameron, así que tampoco se puede pensar que el Partido Conservador sea una fuerza agotada ni mucho menos. En cuanto al UKIP, el resultado muestra la naturaleza bastante efímera de su apoyo electoral y la necesidad de un análisis más matizado de la conciencia de la clase trabajadora británica que algunos que la tachaban de masa xenófoba tras el voto Brexit. Pero sería igual de problemático pensar ahora que UKIP y sus ideas se han sido derrotados y que los problemas visibilizados con el Brexit han desaparecido. Es evidente que el UKIP se ha visto perjudicado por el sistema electoral británico de circunscripciones y habrá habido una gran fuga de “votos útiles” al partido de May.

Pero lo más significativo de estas elecciones no se encuentra en las estadísticas, aunque a Corbyn tampoco le van mal las cifras – desde los gobiernos de Harold Wilson en los ’60 solo le supera en número de votos Blair en 1997, y en porcentaje de voto el mismo en 1997 y 2001. Lo que más destacable de estas elecciones es la cuestión de contenido político y el fraude de la invencibilidad del neoliberalismo. El manifiesto de Corbyn representaba lo que el consenso conservador-socialdemócrata lleva décadas diciéndonos que es imposible. No trataba de acabar con el capitalismo, ni mucho menos, sino simplemente de una serie de medidas que abren la posibilidad de una vida digna para toda la sociedad con las necesidades básicas cubiertas; guarderías gratuitas para todo el mundo, comedores gratis en los colegios, un programa de construcción de viviendo social, nacionalización de los servicios básico por ejemplo. No es casualidad que la remontada de Corbyn comience en el momento de lanzar el manifiesto.

Lo significativo se encuentra también en la forma de hacer política. Cuando Corbyn se escapa de los pasillos de Westmisnter y se lanza a la calle el cambio en ambiente es palpable. Mítines a lo largo y ancho de la isla con miles de personas asistiendo, contagiándolas con un espíritu de resistencia que a su vez animó la campaña de forma totalmente inesperada.

¿Y dónde nos deja todo esto? Un gobierno de derechas, pero muy débil. Una multitud de gente animada por el sueño de cambiar el panorama política, que ha quedado frustrado pero por muy poco. Es momento de aprovechar ese ímpetu, canalizar los ánimos y deseos de cambio y extenderles más allá de la campaña electoral a movimiento reales en cada ciudad; grupos de acción en defensa de la salud pública, movilizaciones contra los recortes, confluencias antirracistas, redes feministas y una plétora de otros movimientos.

Si Teresa May es la personificación del gol en puerta propia a falta de 4 minutos para que acaba el partido, Corbyn ha metido el gol de empate en los últimos segundos que lleva el partido a la prorroga. Todo sigue en juego.