Zoe Arcanio | Habitamos su ecosistema. Crecimos en sus costas. Vivimos sus dunas. Amamos en sus playas. Jugamos en sus marismas. Pertenecimos a sus bosques. Hoy lloramos su ardor y, mañana, nos condenará su muerte si no combatimos los peligros que acechan no solo al corazón del parque sino a todas sus arterias, a toda su piel, a todo su caparazón, a sus brazos que se extienden y conectan con los intereses económicos que son, en definitiva, los verdaderos peligros que acechan a Doñana. Porque el Parque Nacional no es una burbuja, es todo su más allá. Por eso, no es cuestión de agrandar los límites de una burbuja, de crear oasis que luego no puedan sobrevivir, de hablar con cierta técnica y soltura de lo que es y no es Parque Nacional para proteger solo su centro. Se trata de atacar de raíz las amenazas de todo su entorno. Unas hectáreas más allá o unas hectáreas más acá, esa no es la cuestión, se trata de cuidar esta tierra que habitamos.

Es necesario insistir, volver a decirlo: el incendio es una más de las desgracias que acechaban y acechan nuestro patrimonio natural. No solo Doñana, sino todo nuestro legado natural, que no nos pertenece y es necesario donárselo al futuro. Mucho se ha dicho sobre el cambio climático y el calentamiento global. El clima está cambiando, con él la naturaleza que no deja de estar sometida a presiones que es necesario revertir. Hay quienes niegan lo que viene. Los expertos lo vienen prediciendo hace años. Se trata de algo anunciado: este fuego es uno de los inicios, solo el inicio.

Si se tratara de una crónica no lineal podríamos decir que primero fueron a por los acuíferos. La agricultura intensiva, la sobreexplotación agrícola y los pozos ilegales, poco a poco han ido secando las marismas y, con ello, matando -no tan lentamente- su flora y su fauna. Todo su ecosistema. Las fresas beben día a día del agua de Doñana y, sin ese agua, sin su sangre Doñana terminará deseca, sin corazón.

Después fueron a por su subsuelo, a por toda su raíz, intentando convertir la zona en un gran y peligroso almacén de gas. Y esto para que la tierra ya no la hereden las próximas generaciones sino que, convertida en dinero, la acumulen los de siempre y quienes se benefician de las puertas giratorias que permitieron que se autorizase el proyecto. No hay que olvidar los cambios del discurso de la administración andaluza de un par de años a esta parte ni las contradicciones entre “lo que dice y lo que hace” el gobierno de Susana Díaz.

Poco a poco llegó la gran idea de profundizar el cauce del Guadalquivir y el dragado del río para que los grandes barcos repletos de mercancías y llenos de ganancias para unos poquitos salinicen los humedales que sostienen la vida en Doñana. Una vez más, el agua.

Para rematar la idea de regar con el agua de Doñana el negocio de las multinacionales, agreguemos la contaminación industrial, la explotación turística de los alrededores y, como colofón, la aparición de los proyectos de reapertura de la mina de Aznalcóllar, que ya bastante ha dado que hablar hace unos años nada más. No nos olvidamos de 1998, cuando la presa de lodos tóxicos de la explotación minera reventó inundando todo lo que había alrededor.

Y seguimos, con una crónica que no hace más que relatar sucesos con una causa común: todos están orientados a hacer “buenos negocios”, de esos millonarios que les permiten a unos pocos acumularlo “todo”, y que anuncian una posible muerte cercana de lo que es de todos/as. Así, Doñana, la joya de la corona de los parques nacionales españoles, orgullo y pulmón de Andalucía, podría entrar en la lista negra de la Unesco, la de Patrimonio Mundial en peligro, si no se adoptan medidas urgentes frente a las amenazas a las que se enfrenta.

No vamos a relatar la crónica de las ausencias de las administraciones. O más bien su presencia cuando de favorecer al capital amigo se trata. Las soluciones ya las vienen dado las organizaciones ecologistas -como Ecologistas en Acción, WWF, GREENPEACE, SEO- desde hace años. Basta con visitar su páginas e informes que están al alcance del Gobierno y de la Junta de Andalucía. La respuesta hasta ahora: estético-discursiva.

Doñana está en peligro. Pero no se trata de un Parque. Se trata del futuro. Su fragilidad es la consecuencia de los intereses económicos que están en juego en la explotación de la naturaleza, del patrimonio natural de las nuevas generaciones, del legado que no nos pertenece y necesitamos heredarle al porvenir. Si no asumimos que estamos asediando la naturaleza, no entenderemos que estamos prendiendo la mecha que terminará por incendiar toda la casa común. Quienes han convertido la tierra en un gran mercado tienen mucho que devolver y mucho que restaurar.

En Doñana hay mucho que recuperar, pero sin prisas electoralistas por reforesta. Hay que dejar primero a la naturaleza hacer su trabajo y, después, apostar por la flora autóctona. El incendio, que ha hecho tomar consciencia a mucha gente estos días, tiene que suponer algo más que la indignación y la rabia, mucho más que la buena voluntad, tiene que transformarse en la obligación de un cambio de políticas que protejan lo común. Hay que blindar Doñana y eso es blindar todo su entorno, legislando sobre las actividades económicas posibles y no posibles en la zona. Las administraciones tienen en esto una obligación evidente: que la población haga las paces con su parque.