Yerai Arancibia | El verano ya llegó y con él los festivales de música. Lo que nunca hubiéramos imaginado es que del primero del que íbamos a hablar, y tanto, era de uno que no tiene playa como el Mad Cool.

El pasado viernes noche un espectáculo acrobático en el escenario principal del festival celebrado en la Caja Mágica de Madrid acababa con la vida del coreógrafo Pedro Aunión tras una caída al vacío de más de 30 metros de altura.

Esto es el siglo XXI así que videos de lo que fue la caída del profesional comenzaron a circular al minuto dos de la caída pero, sorprendentemente, ante la confusa mirada de aquellos que vieron el accidente y la mayoría que no lo vio, se prosiguió – dudo mucho que con total normalidad para los primeros – con los conciertos.

La intervención sanitaria de emergencias fue inmediata e impecable afirman. Comenzó con los dispositivos de la empresa a los que en seguida se sumó el Samur. Pedro estaba muerto, según los profesionales, desde el momento de la caída. Los equipos psicológicos atendieron a la familia, aunque parece que nadie atendió a los espectadores restantes que vieron caer a Pedro.

Ante las llamadas de medios a la empresa y al ayuntamiento de Madrid, que subvenciona este festival nada menos que con 600.000 euros, los responsables de seguridad de la empresa y las fuerzas de seguridad del Estado terminarán explicando a las 3:00 am que el show tuvo que continuar: 45.000 personas en tres escenarios podría haber supuesto una estampida en caso de cundir el caos. Y por supuesto, para despejar cualquier suspicacia, el comunicado oficial rezaba “MAD COOL FESTIVAL cumple con todas las medidas de seguridad exigidas en este tipo de eventos para el público, artistas y empleados”.

Lejos del debate moral trampa en el que se ha focalizado el asunto en torno a cómo los espectadores pudieron seguir contemplando el espectáculo – probablemente si alguien se hubiese subido al escenario a confirmar que había fallecido creo que las reacciones habrían variado sensiblemente – la pregunta clave parece ser por qué los responsables de seguridad y encargados de comunicación del festival no fueron capaces de comunicar que por un accidente laboral se veían obligados a suspender los conciertos por ese día para que la policía judicial pudiese investigar las causas del mismo. ¿Tanto daño ha hecho la espiral del terror a los atentados terroristas que cualquier argumento que apele al miedo nos es suficiente para justificar un estado de excepción? Como ya ha afirmado mucha gente, retrasar los conciertos, informar, hacer un minuto de silencio hubieran sido opciones válidas. “Tampoco coger y desalojar de un plumazo” pero desde luego no hacer como si no hubiese pasado nada.

Legalmente, la decisión de suspender o continuar con la actuación le corresponde a la empresa. Sólo, de forma subsidiaria, el Ayuntamiento tendría potestad para suspender si considerase, en contra del parecer de la empresa, que existía un riesgo para el público si se continuaba con el evento. Por ejemplo, en caso de que el accidente laboral hubiese sido por la caída de alguna grada que pudiese seguir afectando al resto de usuarios.

Aquellos a los que se les presupone una nueva manera de entender la cultura, no pueden contentarse con las explicaciones de la empresa que afirmaban “La cultura es precisamente una apelación a la vida y por eso el festival ha decidido continuar como homenaje también a los trabajadores artísticos que intervienen mostrando sus habilidades ante un público que les admira y valora”. Hasta empresas presentes en el recinto entendieron mejor la situación y cerraron sus casetas como es el caso de Netflix. Y nada que decir de grupos como Slowdive, que cancelaron su concierto, o Green Day, que asegura que de haber sabido lo ocurrido no hubiesen salido al escenario a tocar minutos después del suceso.

Aunque lo más interesante de este episodio es sin duda que, en línea con el auge de luchas laborales que venimos viendo en los últimos tiempos (Deliveroo, las kellys, etc.) el suceso acontecido en el distrito de Usera parece haber abierto el melón de las condiciones de trabajo a las que estos festivales someten a sus trabajadorxs. El reto ahora está en que no solo se hable de las reivindicaciones de la Unión de Actores, el Sindicato Estatal de Músicos o los trabajadorxs “artísticos”, todas ellas legítimas pero enmarcadas en una actividad laboral de cierto riesgo contemplada por el trabajador, sino que también se comiencen a conocer las condiciones laborales de los “curritos” del festival, esos que ponen cervezas o guardan la ropa en un ropero cada agosto. Labores nada artísticas pero sujetas a situaciones precarias y faltas de seguridad en muchos casos que no recibirán un homenaje como el que recibió Aunión.

Que no haya malentendidos. Por supuesto que la actividad artística de Pedro requería de seguridad. El Mundo publicaba estos días que hay fuentes que aseguran que la organización del Mad Cool fue un caos y que el ensayo general no se celebró debido a las intensas lluvias, las mismas que habrían aflojado las cuerdas y poleas de las que pendía la vida del acróbata según publica este periódico. Aunión al parecer habría puesto en conocimiento de los responsables de seguridad la situación, pero ya se sabe. Puede que los intereses del capital se sobrepusiesen una vez más al cuidado de las vidas como ocurre en tantas ocasiones…

Los que cada verano son sobreexplotados dentro de la espiral de trabajo temporal, mucho menos sujeta a inspecciones de trabajo que el resto del año, y que se manifestaban el pasado sábado a las puertas del festival con miedo a ser reconocidos por sus jefes, denunciaban su situación con ímpetu gracias a este trágico incidente que ha puesto el foco por un día en ellos. Tanto es así, que los sindicatos mayoritarios como CC.OO convocaron una concentración el lunes en Cibeles y aseguran que denunciarán el episodio ante la Inspección de Trabajo.

Esperemos que todos ellos algún día y Pedro logren un reconocimiento mayor que una pantalla con un nombre. Nada peor que un homenaje callado para elevar las voces que hablan de falta de responsables.