Adrian Gil Llegué a estos campamentos tras una abrumadora cantidad de compañeras recomendándome la asistencia. Las recomendaciones iban seguidas de anécdotas de sus propias experiencias en ediciones anteriores. Me resultaba tan atípica la unanimidad de opiniones positivas sobre los mismos que estuve un año entero esperando algo que ni siquiera era capaz de asimilar. Ahora que los he vivido, entiendo por qué se les iluminaba la cara ante la sola mención de los campamentos revolucionarios.

El viaje de ida fue apoteósico, pero dejó claro la tónica de las relaciones personales dentro de la delegación. Los cánticos, las risas y un moderador de un juego de cartas que aprovechaba su papel para ir creando piña auguraban una delegación unida y una experiencia de cuidados colectivos plena. Porque, ¿en cuántas asambleas hemos escuchado esta palabra mágica? Pues bien, esta vez tocaba una semana donde dicho concepto pasaría a la praxis como uno de los principales protagonistas.

El ambiente constante de apoyo mutuo propulsó que muchas realizásemos tareas que en otros espacios ni nos hubiésemos planteado: íbamos todas a una, si una compañera se equivocaba, recibía una palmada, un consejo, nunca una riña. Las tareas monótonas y nada placenteras como tener que limpiar retretes atascados tuvieron todos los días más voluntarias de las que eran necesarias para su realización. He intentado explicar esto a otras compañeras no militantes y todavía estoy intentando que me crean.

Creo que es importante que las responsables de cualquier organización sean personas que no solo tengan un discurso y una retórica determinada, sino que también hagan sentirse cómodas a las personas que les hablen desde lo cercano. En este sentido, la dirección de este campamento fue una referencia perfecta: podías tratar igual temas técnicos que personales sin que ninguno de estos les resultase ajeno. A su vez, se combinaban muy bien los dos espacios: el colectivo, el de la asamblea, y el individual, el del trato personal. No nos olvidemos nunca de las personas que pueden no sentirse cómodas comentando determinadas cosas en espacios tan abiertos.

Sería imperdonable hablar de esta constante relación de cuidados sin hacer ninguna mención a su mejor herramienta: el feminismo. Desde mi posición de hombre que además no pertenece al colectivo LGTB+ hay muchos temas que no tendría sentido que fuese yo quien los contase, así que intentaré circunstribirme a lo que de alguna manera me puede competer.

Hubo múltiples debates informales mixtos sobre feminismo, en los que en todos los que participé siempre había uno o más hombres que se mantenían al márgen para luego comentar que al no ser su tema predilecto preferían no intervenir y aprender de las aportaciones de las compañeras. En los espacios no mixtos como el espacio de mujeres, siempre había otras compañeras dispuestas a realizar esos turnos de trabajo para que así pudiesen acudir a este espacio. Lo último que quiero comentar sobre este tema es que fue un alivio que en las distintas conversaciones que teníamos entre las personas de la delegación no fuese necesario tener que responder a comentarios machistas que se produjesen durante los debates. Recordemos que la izquierda no está exenta ni de estas actitudes ni de comentarios machistas. Tampoco de agresiones, ya que una compañera de nuestra delegación sufrió una agresión machista. Todo y que, la respuesta fue contundente por parte de la dirección y coordinación, es importante visibilizar y señalar lo sucedido.

Un aspecto muy importante sobre los grupos que se formaban era su caracter inclusivo, en el que nadie quedaba fuera por ser más tímido, menos ingenioso o por no saber que a Trotski le gustaba hacer doscientas flexiones antes de meterse en la ducha. Esto, junto con todo lo que he comentado anteriormente, ayudó mucho a que la gente se liberase, diese lo mejor de sí y se creasen lazos interpersonales que se vieron claramente reflejados en el viaje de vuelta en un crisol de alegre algarabía y conversaciones sosegadas.

Entiendo esta experiencia como un “mientras tanto” que te impulsa a llevar más lejos tu militancia, porque rechazas la ciudad dormitorio frente a los cuidados colectivos donde importas e importan. Como creo que es evidente, hablo de unos cuidadados que empoderan, que abren la caja de Pandora de los sentimientos, en la que no hay patriarcado que limite la expresión de tus emociones. Solo me queda recomendar profundamente la asistencia a futuras ediciones de estos campamentos a todas aquellas jóvenes revolucionarias que aún no los conozcan, pues creo que es uno de los mayores revulsivos que puede experimentar una persona para profundizar en la lucha anticapitalista.