El racismo no es sólo una ideología o una actitud, sino también, y especialmente, una fuerza material, a menudo institucional, que tiene numerosas consecuencias prácticas tanto directas como indirectas” – Brian Anglo, “Combatir el racismo, defender la inmigración”.

Julia Cámara | Los recientes sucesos en la localidad estadounidense de Charlottesville, donde una marcha de supremacistas blancos ha acabado con decenas de personas heridas y el asesinato de una sindicalista que participaba en la contramarcha antifascista, ha despertado en los medios de comunicación un intenso debate sobre el auge de la extrema derecha en Occidente y el papel que juegan las ideologías en los sucesos violentos. Las declaraciones de Donald Trump condenando “la violencia por múltiples partes”, que han escandalizado a todo tipo de sujetos bienpensantes en Europa, no son una realidad aislada ni el producto de la mente de un loco. Tampoco las apelaciones de su organizador al derecho a la libertad de expresión. Muy al contrario, tienen su correlato en la estrategia que la prensa de ámbito estatal lleva desplegando durante el último tiempo a la hora de tratar cualquier noticia relacionada con el fascismo y la extrema derecha o con la articulación de respuestas a ésta. Antonio Maestre lo demuestra en su artículo de hoy en La Marea, donde analiza como ejemplo el tratamiento informativo que se dio al caso de “La Intocable” por parte de los medios generalistas.

Que la estructura argumental de “los extremos se tocan” no es nueva es algo que sabemos todos. Que su uso sea útil para las macrocorporaciones mediáticas, cuya propiedad descansa en manos de una clase económica que tiene mucho que perder con la construcción de lazos comunitarios estables, no debería sorprendernos. El problema radica en el modo en que desde posiciones antifascistas y de izquierda se responde a esta falacia, contribuyendo a asentar la idea de que, al fin y al cabo, no se trata sino de una “lucha entre ideologías”. Desmontar el mantra de la confrontación de opiniones (en todo debate debería ser posible llegar a un consenso) y comenzar a entender el conflicto como una lucha por la supervivencia es precondición necesaria para la construcción de un movimiento antifascista internacional potente, donde los colectivos afectados sean –seamos– sujetos del mismo en vez de meros objetos pasivos merecedores de piedad y condolencia.

Los últimos días circulan por internet dos viñetas que, aunque anteriores a Charlottesville, se usan ahora para responder a la equidistancia de la prensa. En la primera de ellas aparecen un nazi, un comunista y una tercera persona rotulada con la etiqueta “liberal”. El nazi afirma ser racista, sexista, homófobo y antisemita, además de disfrutar maltratando mujeres; el comunista se posiciona en contra de ello y la persona liberal exclama, escandalizada, que los dos son exactamente iguales y que efectivamente los extremos se tocan. El segundo meme muestra dos multitudes manifestándose con pancartas donde se lee, respectivamente, “Queremos matar a negros” y “Queremos derechos civiles”; una persona aislada sostiene, entre ambas marchas, un tercer cartel apelando al consenso.

Más allá del reduccionismo obvio de ambos mensajes, necesario seguramente para facilitar el formato gráfico, y sin negar su utilidad para romper con la neutralidad impuesta, lo cierto es que las dos imágenes comparten un mismo problema: de nuevo fascismo y antifascismo no son más que dos discursos o posiciones ideológicas. Las caricaturas pretenden dejar claro que una de estas posturas es buena, ética, civilizada y aceptable mientras que la otra es mala, inmoral y agresiva; compararlas o buscar un punto medio no tiene por lo tanto sentido alguno. Pero los representantes del fascismo y de la extrema derecha aparecen en ambas imágenes haciendo exactamente lo mismo que quienes se les oponen: dar su opinión. Nadie aparece entrando con una semiautomática en una Iglesia Metodista, ni abriendo fuego contra jóvenes militantes de izquierda, ni dando matando a golpes a activistas estudiantiles y LGTBI. Nadie aparece asesinando a una sindicalista al estrellar un coche contra una manifestación antifascista. La falacia de la libre expresión sigue teniendo el terreno abonado.

En uno de los comentarios más difundidos en twitter sobre lo ocurrido en Charlottesville, un usuario de la red social señala la incoherencia de los supremacistas blancos al usar en la marcha nocturna un tipo de antorchas procedentes de la cultura polinesia. La burla se ha hecho viral y miles de personas la han usado para ridiculizar y tildar de hipócritas a los participantes en la misma. Lo que Tunde Olaniran, el músico afro autor del mensaje, pasa por alto, es que señalar una incongruencia discursiva no desmonta el neonazismo porque éste no es (solamente) un discurso. Con apropiación cultural o sin ella, los fascistas nos seguirán acosando, intimidando y matando.

El antifascismo no puede pretender ganar en el nivel de la confrontación de argumentos porque del lado contrario nadie está confrontando argumentos: lo que la extrema derecha pone sobre la mesa son leyes discriminatorias, control de los aparatos de represión y de ejercicio de la violencia, ocupación normalizada del espacio público y movilización de sus vínculos con el poder económico. La producción y distribución de mensajes antifascistas puede ser útil para llegar a aquellos sectores sociales susceptibles de ser captados por las ideas de la extrema derecha, pero la confrontación realmente necesaria no es ahí, sino en el plano de las fuerzas materiales. No se trata solamente de saber que es la experiencia práctica y no la prédica teórica la que puede convencer a los dudosos; es que sólo en ese terreno podremos derrotar al fascismo.

Frente al odio, la xenofobia y la extrema derecha no se encuentran quienes tienen una opinión diferente: nos encontramos todas aquellas personas cuyas vidas se ven directamente amenazadas por la existencia del fascismo. Frente a los manifestantes neonazis y el asesino de Charlottesville no se encuentran “contrincantes ideológicos”: nos encontramos las mujeres, las disidentes de género, las que no encajamos en la heterosexualidad impuesta, las personas negras, todas las personas racializadas, las “minorías” religiosas y, sí, también, los militantes de izquierda y todos los activistas sociales. No es la defensa de la diversidad como valor en sí mismo lo que está en juego; es la defensa de nuestras vidas.

El combate es ideológico, claro, pero no pasa por los discursos sino por la organización colectiva y la construcción de estructuras de base: fuertes defensivos en cada pueblo y en cada barrio que adopten la forma de bancos de alimentos, redes de apoyo mutuo, colectivos feministas, centros sociales autogestionados y cooperativas integrales. Que, cuando el fascismo llegue, no encuentre ni un solo hueco por donde empezar el ataque. Porque no hay convivencia social posible entre nosotras y quienes quieren matarnos.