El 17 de agosto se quebró la normalidad de las Ramblas. El pánico se apodero del centro de Barcelona durante horas. El nerviosismo se adueño de miles de personas, en vilo, tratando de saber qué ocurría. Cada nueva información confirmada, suponía un nuevo golpe colectivo. El execrable doble atentado del Estado Islámico (Daesh) en Barcelona y Cambrils se ha cobrado de momento 14 vidas y 100 personas heridas. En medio del caos, del sensacionalismo irresponsable de muchos medios y del alarmismo y la rumurología en las redes sociales ya emergió una primera respuesta solidaria: personas que socorrían a las heridas, taxistas que hacían viajes gratuitos para evacuar a gente de la zona, miles de personas que desbordaron los hospitales cercanos para donar sangre, intérpretes que se ofrecían como voluntarias en los mismos hospitales y las trabajadoras de Eulen que anunciaban una suspensión de su huelga indefinida en el Aeropuerto de El Prat. El dolor era profundo y compartido, pero la humanidad plantaba cara a la barbarie.

Los días posteriores han acumulado demostraciones de solidaridad popular hacia las víctimas y las personas allegadas y también la voluntad de no permitir que el Daesh se salga con la suya: destrozar los vínculos sociales y comunitarios, levantar muros entre las de abajo según sus orígenes, su religión, su identidad… Barcelona se ha reivindicado como ciudad diversa, mestiza y de acogida. La enorme manifestación a favor de la acogida de las personas refugiadas el pasado febrero se ha convertido en el símbolo de esa voluntad como ciudad. El “Queremos acoger” se ha entonado con más fuerza después de vivir el horror que a diario sufren las personas que se juegan la vida (y en demasiadas ocasiones la pierden) cruzando el Mediterraneo para huir de Siria o Irak. Entre 12 y 15.000 personas llenaban la plaza Catalunya en el minuto de silencio del 18 de agosto. Miles de personas hacían lo mismo en otras ciudades y vilas catalanas y del resto del Estado. Al acabar el acto oficial en la ciudad condal, miles de personas se reapropiaron de la Rambla al grito de “No tinc por” (No tengo miedo). Desde que volvió a estar abierta, las muestras de duelo y solidaridad ocupan la Rambla las 24 horas del día. Mensajes contra el terror y por la paz llenan el suelo en los 600 metros de recorrido asesino que realizo la furgoneta y el mural de Joan Miró dónde se detuvo está sepultado por flores, velas, papeles…

De momento hay que celebrar que tanto el Ayuntamiento de Barcelona como la Generalitat de Catalunya han evitado caer en discursos securitarios, han puesto el acento en evitar el odio entre vecinos y la defensa de la diferencia y se ha evitado, al menos hasta ahora, el aumento al grado 5 de alerta antiterrorista que supondría la militarización de todo el espacio público. No hay que olvidar que en Francia aún se mantiene el Estado de excepción desde los atentados de 2015 y que el gobierno Hollande impuso un enorme recorte de derechos civiles y libertades con el pretexto de la lucha antiterrorista. En el Estado Español sobran también los antecedentes de la “guerra contra el terrorismo” como legitimación de la suspensión de derechos fundamentales. No se puede bajar la guardia.

El vecindario de Barcelona no ha respondido únicamente con contundencia al Daesh y su pretensión de sembrar el terror. La extrema derecha que ha tratado de instrumentalizar a las víctimas para agitar la islamofobia fue expulsada de las Ramblas. Una treintena de fascistas concentrados en la puerta de la Boqueria y en la parte superior de la Rambla fueron acorralados y barridos por unas mil personas. Vecinas y el movimiento antifascista de Barcelona dispuestos a cerrar el paso a la reacción venga de dónde venga. Por eso en la concentración contra el terror del Daesh y contra el fascismo, las activistas se hacían suya la lucha del pueblo kurdo, de los movimientos populares árabes y de todas las fuerzas emancipatorias que enfrentan a las corrientes de extrema derecha como el wahabismo y el salafismo en todo el mundo. Los que intentan impulsar la interpretación del “choque de civilizaciones” se retroalimentan con el fundamentalismo en un “choque de barbaries”.

La Comunidad Musulmana señalada por los racistas (incluso con ataques a mezquitas en Montblanc, Fuenlabrada o Granada) ha tomado las calles con la impotencia de tener que gritar lo evidente: “No en nuestro nombre”. Así ha sido en Ripoll de donde son gran parte de los sospechosos, también el sábado en Barcelona, de nuevo hoy y con una convocatoria con el apoyo de numerosas entidades mañana lunes 21. Lo mismo han hecho las entidades de pakistaníes con una concentración en Poble Sec o la comunidad india durante hoy domingo. Los intentos de confundir migrantes, árabes, musulmanes y fundamentalismo quedan simplemente en ridículo. Es responsabilidad de las fuerzas populares combatir todas las pulsiones y bulos racistas y dar voz y acompañar a quienes los están sufriendo en primera persona.

El Govern de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona han anunciado una manifestación ciudadana para el próximo 26 de septiembre. Queda por ver si será una manifestación donde se repetirá el protagonismo de la plana mayor del Estado y el discurso de “unidad nacional” contra el terrorismo que ha recorrido Europa o si por el contrario el protagonismo será de la sociedad civil que ha impulsado la solidaridad y se denunciaran no sólo los efectos del terrorismo sino también sus causas. En este sentido, necesitamos entender las raíces del fenómeno del terrorismo yihadista en toda su complejidad, sin reducirlo a una mera consecuencia de la guerra imperialista ni del racismo.

Esto no implica no señalar la responsabilidad de la guerra imperialista, de la globalización neoliberal y de las desigualdades en el desarrollo del Daesh, Al Nusra o Al Qaeda ni dejar denunciar la hipocresía de los gobiernos europeos o del Rey que se presentan como máximos azotes del yihadismo mientras hacen negocios con las monarquías del Golfo Pérsico que financian al Daesh, con los wahabitas y aliados prioritarios occidentales de Arabia Saudí al frente. Sin embargo, sí implica tener presente que el Daesh, Al Qaeda y las corrientes reaccionarias que los avalan no son simples efectos colaterales de las decisiones imperialistas sin capacidad de agencia. Son fuerzas sociales enemigas de la clase trabajadora internacional y combatir su capacidad de radicalizar a una parte (una ínfima minoría) de la juventud europea implica una tarea específica para las que queremos cambiar el mundo de base.

Nuestra solidaridad contra el terrorismo es internacional y nuestras alianzas se dirigen hacia quienes lo combaten en otros países poniendo sus vidas en riesgo: en Siria y en Irak, en Líbano y en Bamako, en Pakistán y en Turquía… La construcción aquí y ahora de comunidad, de Poder Popular, de vínculos sociales en clave emancipadora que incluyan a todas más allá de sus creencias y orígenes es nuestra mejor aportación a esta lucha internacional contra el dolor y por la esperanza.