Poder Popular Si hay un clásico marxista que ha sido citado (y manoseado) en los debates políticos de los últimos años en el Estado español es Antonio Gramsci. La figura del sardo ya había tenido otros momentos de máxima atención como los 70 en Europa y su influencia sobre planteamientos latinoamericanos posteriores. Sin embargo, su uso (y abuso) no resta importancia a sus aportaciones para pensar una estrategia revolucionaria hoy. El penúltimo foro de la VIII Universidad de Verano contó con un panel plural de aproximaciones a Gramsci: el filólogo Fabio Frosini, el antiguo miembro de la dirección estatal de Podemos Germán Cano, la concejal de Ahora Madrid Montserrat Galceran y el militante de Anticapitalistas, Brais Fernández.

Todos los ponentes resaltaron la propia trayectoria vital de Gramsci como un icono subalterno que “no tenía nada para ser un héroe” en palabras de Galceran. “Un intelectual que milita, un filosofo de la praxis” según Fernández. Cano resaltó su imagen plebeya y de vulnerabilidad, por los problemas de salud que arrastró toda la vida y para la concejal de Ahora Madrid ser sardo le convertía para gran parte de la intelectualidad italiana de su época en “poco más que un pastor de cabras”. Gramsci se “apropió de lo mejor de la cultura burguesa” según German Cano desde una posición autodidacta y Brais Fernández planteó que en la evolución de su obra se puede ver su propia evolución vital: un Gramsci voluntarista e idealista después de la revolución rusa que el plantea contra el Capital (de Marx), más adelante un Gramsci consejista que dirige un proceso de autoorganización enorme, también un Gramsci dirigente comunista inserto en los debates de la Tercera Internacional y por último un Gramsci después de ser derrotado por el fascismo y que no se resiste a pensar que la revolución ha dejado de ser posible. Para Fernández se trata del último marxista clásico y a la vez del primer marxista occidental.

Pero ¿Qué Gramsci?

Uno de los puntos calientes del debate fue las diferentes interpretaciones que se han hecho y hacen de la obra de Gramsci. Frosini consideró que hay una serie de interpretaciones que extirpan la política de Gramsci para convertirlo en un teórico de la cultura o la literatura y defendió interpretar sus conceptos teniendo en cuenta como y para que fueron desarrollados: la emancipación de las clases subalternas. Por lo tanto, considera que el enfoque histórico es un punto de partida para evitar un riesgo que comparte todo el neogramscismo “ser superficial porque se toman categorías y se utilizan para las situaciones actuales casi sin mediaciones”. En cambio, planteó la necesidad de intentar traducir y reformular esas categorías “para lanzarle preguntas sobre hoy”. En el mismo sentido se manifestó Fernández que cree que “es imposible llegar a un Gramsci puro” porque ofrece ideas que son necesarias interpretar para hacer política y un pensamiento con contradicciones internas como defendió Perry Anderson en su libro “Las antinomías de Gramsci”. Entonces hay que concebir el pensamiento de Gramsci “como apertura”. Cano se mostró contrario a lecturas que afirman que hay un “segundo encarcelamiento de Gramsci” desde las posiciones eurocomunistas en los 70, el culturalismo y el populismo y reivindicó todas las interpretaciones como legítimas

Sin embargo, Brais Fernández también fue tajante en que las interpretaciones de Gramsci suponen consecuencias estratégicas. Se centró en analizar en primer lugar la visión gradualista y de integración en el estado capitalista del Eurocomunismo de los 70 que reduce la lucha de clases a “una eterna guerra de posiciones sin coyunturas en las que dar saltos”. Fernández señalo esta concepción como “una sublimación ideológica” que sirve fundamentalmente para justificar ex post la renuncia a “intentar hacer la revolución después de la segunda guerra mundial”. En referencia a las interpretaciones populistas argumentó que con la voluntad de “superar las determinaciones económicas del marxismo” acaban dando un paso atrás porque el pensamiento de Gramsci sin la matrix de clase no va al núcleo de poder del capitalismo. “¿Se imaginan un bloque histórico de la pequeña burguesía y la burguesía contra la propiedad privada?” citó a Perry Anderson. Por último, reflexionó sobre la recepción del pensamiento de Gramsci en la tradición de izquierda revolucionaria. Para Fernández va desde un rechazo frontal en autonomismo hasta una incorporación débil en pensadores contemporáneos como Bensaid y consideró que la idea de Estado integral es útil para pensar la articulación entre lucha política y lucha social en una estrategia de largo aliento con unas clases subalternas en permanente composición.

Revolución pasiva, hegemonía o sociedades poshegemónicas

El concepto de Gramsci que suscitó más reflexiones en el Foro fue el de hegemonía. Frosini se remontó a la genealogía del concepto y como Gramsci lo desarrolla a partir de la Revolución Francesa y como el jacobinismo trata de ganar al campesinado en su lucha contra el feudalismo. El siglo XIX y XX sería el momento de la revolución pasiva del liberalismo que consiste en un primer momento en sustituir a una clase en el poder sin apoyarse en la movilización de masas y en un segundo momento en evitar que otra clase (la obrera) pueda llegar al poder. En lo años 30 Gramsci va a presenciar una revolución pasiva del estado liberal hacía ell estado de masas dónde se combina el corporatismo como representación política y el intervencionismo en el campo económico.

Galceran se centró en la distinción entre dominio (sobre los contrarios) y hegemonía (sobre la propia clase y los aliados de la misma entendida como una hegemonía de clase y no de un partido concreto. En la revolución bolchevique se hace imprescindible la reflexión de como una clase subalterna puede garantizar la hegemonía sobre sus propios componentes y aliados (campesinos) y a la vez el dominio sobre una clase que no ha perdido gran parte de su poder económico y cultural. Por lo tanto, la reflexión nos lleva a pensar que una clase tiene que ser dirigente y tener cierta hegemonía política incluso antes de tomar el poder político.

Galceran lanzó entonces una serie de preguntas ¿Cómo una clase puede ser dirigente? ¿Cómo un aglomerado de asalariados se convierte en una clase? Cultura homogénea compartida y organización ¿Nos vale hoy? ¿Cómo se construye una cultura de clase hoy que logre construirlo en sujeto político? Para Brais Fernández existe una cierta crisis de la hegemonía burguesa que se puede observar en la aparición de la coerción. Esta crisis lleva a “una radicalización autoritaria del Estado” y “un disciplinamiento de las clases subalternas” a través del paro y la precariedad entre otros mecanismos.

Pero ¿se puede hablar hoy de hegemonía? Frosini caracterizó la situación como con momentos hegemónicos pero de total inestabilidad porque la hegemonía implica una “perspectiva de futuro compartido en el espacio nacional” y en cambio ahora el pueblo-nación ha sido sustituido por el papel regulador del mercado en la política, la económica, la cultura e incluso la ideología. Fernández respaldó ese idea afirmando que estamos en sociedades dónde las mercancías se ha emancipado incluso de la clase burguesa y Cano consideró que el dominio actual tiene más que ver con la pasividad que con una hegemonía de tipo ideológico. Para Frosini estamos en sociedades dónde se empuja al individuo a renunciar a toda comunidad para sobrevivir y eso explica una nueva emergencia de discursos pueblo-nacionales que no tienen “un territorio en el que vivir”.

El papel de la cultura y los intelectuales

Cano destacó una de las grandes aportaciones de Gramsci en ser un educador político del malestar. Frente a la despolitización del neoliberalismo, Gramsci recuerda la necesidad de mediaciones políticas y culturales que puedan dar cuerpo al rechazo generado en situaciones de crisis económica. Esto nos lleva a pensar un intelectual renovado capaz de enfrentar una lógica del capitalismo que para Cano se ha vuelto cultural. Galceran también insistió en el papel de los intelectuales para enfrentar un sentido común dominado por elementos reaccionarios pero que es una concepción del mundo disgregada e incoherente y por lo tanto también acumula el legado de siglos de luchas populares. Planteó por tanto la necesidad de una construcción política conjunta de los intelectuales con lo que Gramsci definía como “los simples”, es decir, la gente común. Con este objetivo defendió la necesidad de “los curas”, aunque sea un símil que no le termina de convencer, que garanticen la unión entre intelectuales y pueblo y apliquen una disciplina de hierro sobre los intelectuales.

Cano argumentó que los nuevos curas de la clase dominante son los medios de comunicación y complejizo la idea en el campo subalterno al plantear la necesidad de que la relación “entre curas y simples” no trate de reproducir esa desigualdad. Galceran consideró que si la hegemonía se ejerce en la actualidad fundamentalmente a través del mercado el papel de los intelectuales tiene que ser desacralizar el mercado y apuntó dos elementos que pueden servir para una política más allá y contra el mercado: destacar a reproducción y también una reivindicación de los bienes comunes.

Por último, Brais Fernández volvió sobre la idea de como reconstruir un sujeto político “cuando ya no prima la lógica cultural” y “las culturas subalternas han sido pulverizadas”. Para Fernández unos intelectuales de clase tienen que estar inmersos en ella y esos supone una crítica frontal a la representación. Los intelectuales no pueden ser un cuerpo a parte porque eso supone una crisis de la praxis insalvable.