Manel Barriere Figueroa | Los desahucios deben ser uno de los pocos fenómenos cuyo imaginario se ha construido desde la mirada del activismo. Fotos y vídeos de la gente en las puertas de las casas esperando a la policía, enfrentándose pacíficamente a la ejecución definitiva, imágenes también desde el interior del piso, en el momento en que la puerta cruje y se oyen gritos y llantos que emergen de detrás de la cámara. Un teléfono, posiblemente, esgrimido por alguien cuyo propósito es denunciar una injustica manifiesta a través del dramatismo de ese momento cumbre de violencia judicial. Fotos y vídeos que han inundado las redes sociales como el paro y los desahucios inundaron la crisis en España.

Cuando la actual alcaldesa de Barcelona insultó al representante de la banca en su intervención en el parlamento como portavoz de la PAH, y luego se negó a retirar su insulto, con lágrimas en los ojos, buena parte de quienes la veíamos y escuchábamos no podíamos dejar de evocar ese imaginario. Las redes sociales han demostrado así un potencial comunicativo enorme para el activismo. Sin embargo, no es fácil encontrar un relato completo de lo que ocurre cuando alguien sufre un proceso de desahucio. Menos aún que sean las propias personas que lo sufren quienes se cuenten a sí mismas. Para elaborar este relato, para construir narrativas a partir de hechos y realidades, hacen falta otro tipo de herramientas.

No hay duda de que Cristina Fallarás, escritora y periodista de dilatada experiencia, tiene lo que hay que tener. Lo tuvo cuando en 2008 fue despedida, en su octavo mes de embarazo. Ahí empezó un camino que terminó cuatro años después, cuando el BBVA la mandó A la puta calle. Un camino, el de la supervivencia en los peores años de la crisis, que la empujó a “sembrar” con las únicas semillas de las que disponía. Por eso escribió y escribió todo lo que pudo. Y podía. Ella era una excepción entre la mayoría de personas desahuciadas. Ella podía contar lo que le ocurría, lo que sentía. Lo hizo en diversos ámbitos, incluso en platós de televisión donde se encontraba con ilustres compañeros de profesión que no creían que su situación fuera tan dramática.

Esa incredulidad es tal vez uno de los elementos esenciales del libro que Cristina Fallarás publicó posteriormente. Una narración pormenorizada de su experiencia, una narración que ahonda en lo personal, el sufrimiento, la angustia, las soledad, y al mismo tiempo constituye un retrato lúcido y fidedigno de lo que fue la crisis. Lo más importante, quién la sufrió, también quien la causó, quien se aprovechó de ella. Porque como dice Bertolt Brecht, la injusticia tiene nombre y dirección. La incredulidad, decía, de quienes no podían siquiera imaginar que una periodista y escritora de éxito hubiera caído en la pobreza absoluta, es el reverso tenebroso de la indefensión. La sensación de desamparo de quien pierde no la esperanza, sino todo aquello que nos liga al discurrir habitual de la sociedad. La higiene, las comidas, llevar a los hijos e hijas al colegio, la amistad, el trabajo, las perspectivas de futuro, la familia. Todo eso se transforma, se deteriora, se desintegra. Fallarás utiliza una metáfora esclarecedora: la grieta. Una fractura que separa a quienes siguen con su vida, aun perdiendo derechos, servicios sociales, poder adquisitivo, de aquellas personas que son desahuciadas, expulsadas, lanzadas al otro lado.

Una de las virtudes del libro es precisamente hacernos comprender esa grieta. Algo que solo se puede conseguir desde el relato. Desde una perspectiva política, y económica, tanto los recortes sociales y laborales como el paro y los desahucios forman parte de un mismo fenómeno, una crisis que ha deteriorado las condiciones de vida de amplios sectores de la población. Partiendo de ese análisis, podemos elaborar estrategia, tácticas y un programa de lucha y resistencia colectivas. Pero Fallarás es periodista y escritora, y a la vez una superviviente, por eso la narración de su experiencia muestra algo que va más allá, algo que escapa al frío análisis. Tal vez ese sea el secreto del éxito de la PAH, que no solo se enfrenta a los bancos y al poder en mayúsculas sino que cuida, acompaña y empodera a quienes caen del otro lado de la grieta. Empatizamos con Ada Colau cuando insulta a los banqueros, con el imaginario del activista en la conciencia, pero su insulto y sus lágrimas emergen del conocimiento de esa experiencia que nos ha narrado en su libro Cristina Fallarás.

Pero este texto no va de Ada Colau. Ella no es la mujer violenta. En un momento del libro, Cristina cuenta que decidió no asistir a una manifestación en Madrid a pesar de haberlo planificado: “Yo no fui a las puertas del Congreso a Madrid, y bien que quería, porque lo único que les falta a mis hijos es una madre lisiada. No fui porque yo allí no me iba a quedar callada y quieta. ¿Cuántas veces ha ido a buscar usted el kit familiar de la Cruz Roja? Veo a un griego con la cabeza abierta. Yo no fui a Madrid porque tanta porra y tanta valla y tanta declaración imbécil son gasolina para mi furia. No ir fue la única manera que encontré de evitar la agresión física. La mía, la suya.”

Hay una grieta enorme al otro lado de la cual se abre un abismo. Quienes caen en él se ven arrastrados a la miseria, la indefensión, la incomprensión. Gracias al talento de una escritora que es a la vez superviviente de esa caída, sabemos de su existencia. Gracias a su rigor periodístico, comprendemos también que hay personas, con nombres y apellidos, que nos empujan para hacernos caer porque sus beneficios valen más que nuestras vidas. Reprimir la violencia pues, antes de que estalle, pero resistir siempre, con todas las herramientas necesarias.

 

A la puta calle. Crónica de un desahucio
Cristina Fallarás
Editorial Planeta 2013
160 páginas
12,90 Euros