Oscar Blanco | La primera crónica de esta especie de serie sobre el 1 de octubre se titulaba: ¿El día que se acabó el procés? Sin embargo, quizás gran parte de las personas que lean Poder Popular fuera de Catalunya no deben estar demasiado familiarizadas con el término ‘procés’ ni con el ‘procesismo’. El ‘procés’ es una contracción de ‘procés soberanista’ que vendría a designar todo lo relacionado con el movimiento por el derecho a decidir en Catalunya al menos de la masiva manifestación del 11 de septiembre de 2012, aunque se puede rastrear su origen a las consultas populares por la independencia (2009-2011) y la masiva manifestación contra la sentencia del Estatut en 2010. El ‘procesismo’ vendría a ser la fase terminal del ‘procés’ dónde el papel central lo juegan las instituciones (que hacen declaraciones solemnes de soberanía para inmediatamente decir que son ‘deseos’ al Tribunal Constitucional) y que combina radicalismo verbal con los nulos avances efectivos en la autodeterminación. Además, estrategicamente está dominado por lo que Josep Fontana ha llamado ‘indepedentismo mágico’, es decir y resumidamente, la noción de que se puede conseguir la independencia sin enfrentar el poder del Estado. Otra de las características del ‘procesismo’ es la producción industrial de días históricos y de neologismos: la desconnexió legal, les plebiscitàries, el RUI, la DUI, etc

El primer signo de desborde del procesismo fueron las movilizaciones espontaneas y masificadas del 20 de septiembre y en especial que Cuixart (Òmnium) y Sánchez (ANC) fracasaran parcialmente en su intento de desconvocar en la Conselleria d’Economía para que la Guardia Civil saliera sin intervención de los Mossos. La dinámica popular de Empaperem se combinaba con el control de los tempos y la capacidad de absorción de las dos entidades independentistas (que Guillem Martínez viene llamando el “peronismo indepedentistas” en un intento de explicar su función). Sin embargo, las fricciones entre ambas posibilitaron también condiciones de desborde. Cuando la ANC afirmaba que se confirmaba con 1 millón de votos y colas silenciosas y cívicas si se cerraban los colegios, en la sede de Òmnium se presentaba la iniciativa Escoles Obertes que fue central para evitar los precintos. Del 1-O al 3-O el desborde es palpable pero siempre en tensión con el protagonismo de los actores tradicionales del ‘procés’. Pero eso ya lo hemos explicado en crónicas anteriores.

A lo que íbamos: el 10 de octubre hay uno de esos días históricos. Podía ser un día histórico de los que pasan cosas sorprendentes como el 1-O y se avanza o un día histórico de los que el procesismo nos tenía acostumbrados. La ANC instala pantallas gigantes en decenas de ciudades, el Parc de la Ciutadella (dentro del cuál está el Parlamente de Catalunya) está cerrado a calicanto por los Mossos desde horas antes y los helicópteros de la Policia Nacional y la Guardia Civil sobrevuelan la zona. El diario Ara informa incluso de un dispositivo preparado para detener a Puigdemont si declara la independencia. El Passeig Lluís Companys lleno a lado y lado de las dos pantallas gigantes. La gente ni siquiera escuchaba muy bien y en ocasiones aplaudía meramente por mimesis con los que podían ver la pantalla realmente. La recepción del discurso alterna aplausos y peticiones de silencio. En un intento de seguir hibridando ‘procés’ y 15-M alguna gente utiliza el aplauso silencioso popularizado en las plazas pero sin mucho éxito. Lo que viene después ya lo conoce todo el mundo: la República de los 8 segundos. Si es que llego a declararse. Rajoy no lo sabe y este cronista se inclina porque no. No es lo mismo asumir un mandato que ejecutarlo. Silbidos y aplausos conviven hasta el final del discurso de Puigdemont.

Al acabar ni gritos de independencia ni se canta “Els Segadors”, una estampida cabizbaja abandona la zona. Otras personas se quedan a abuchear a Arrimada, que, como lider de la oposición, es la primera en intervenir. Incluso algunos grupos intentan entrar airados al Parc de la Ciutadella y se interrogan sobre si está cerrado para evitar a quienes votaron y defendieron colegios el 1 de octubre y no a quienes fueron a confiscar urnas y papeletas. La vuelta casa de los Comités en Defensa del Referéndum que se habían desplazado hasta allí y los chats muestran emociones diversas: desde la decepción hasta la confianza ciega en el Govern, pasando por la ira o la confusión. La falla comunicativa y la desmoralización es la mayor derrota de la presunta jugada maestra del 10 de octubre. ¿Poner pantallas gigantes para ver la suspensión de la República y cómo se le pasa la pantalla calienta a Rajoy? La unidad de acción del soberanismo no se ha quebrado aunque existieron tensiones fuertes.

Rajoy utilizó la técnica del frontón y le devolvió la presión al Govern. “Si quieren dialogar que vuelvan a la ley” seria el resumen. Además, hizo el primer paso para preparar la represión del 155 con el requerimiento a la Generalitat y jugó al procesismo con un caramelo al PSOE por avalar la represión: se abrirá una comisión que durante 6 meses estudiará el problema territorial y si es el caso se planteara empezar un debate sobre la reforma constitucional. Esos cantos de sirena se vendieron como reforma constitucional. Lo dicho el Partido Popular también sabe moverse en las arenas procesistas. ¿Seguirán los defensores del diálogo sin condiciones hablando de forma equidistante de ambos gobiernos? ¿Los defensores del diálogo entre iguales se implicaran en formas de hacerlo viable con pasos unilaterales o seguirán enfrascados en “ni DUI ni 155”? Y seguramente la pregunta más interesante, los Comités de Defensa del Referéndum, que tienen esa semana un primer encuentro de coordinación impulsado por Sabadell, los sindicatos combativos que convocaron el 3-O y el resto de actores ¿Conseguirán recuperar la iniciativa movilizadora y abrir desde abajo un proceso constituyente?