Victor de la Fuente | Caminar por las calles de Madrid y levantar la vista era suficiente para ver que un número de banderas españolas inusual en un momento ausente de grandes competiciones deportivas internacionales. Ese ha sido solo el preámbulo de lo que estaba por venir: plazas de grandes ciudades prácticamente llenas, miles de personas en las calles y finalmente, agresiones y persecuciones. Al grito de “fascistas” se les ha señalado. Pero en la generalidad de la caracterización perdemos gran parte de nuestra capacidad de interpretar el momento actual. Quien compone estas movilizaciones y que características que constituyen a los que en estos días sacan sus banderas españolas a pasear. Así como la de interpelar a millones que observan expectantes la situación sin acabar de tomar partido. Es por tanto necesario aprovechar estos días de impasse para afinar en el diagnóstico.

Que en el estado español existe un franquismo sociológico, cuasi antropológico, enraizado en lo más profundo de varios miles de personas, no se le escapada a nadie. Sectores vinculados a la dictadura tanto por lo que supuso para ellos en términos de gran ascenso social, como por los no menospreciables sectores que sentimentalmente permanecen añorando un revival franquista. En paralelo y conectados, pues no es posible delimitarlos claramente, pero innovadores en las formas ha surgido en el estado una “nueva” extrema derecha. Nuevos símbolos y mensajes combinados con modernas herramientas comunicativas que hacen de la precariedad provocada por la crisis económica y el proyecto neoliberal su mejor marco de intervención. Lo que venimos caracterizando como “Fascismo Pop”. Es decir, un fascismo postmoderno que busca ser mucho más atractivo y escapar de la retórica característica de los grupos tradicionales. Nada de esto sería novedad hace unos meses si no fuera por la capacidad y agilidad que han tenido para intervenir en el convulso panorama generado a partir del proceso abierto en Catalunya desde el día 20 de septiembre y profundizado en las jornadas del 1-O y del 3-O con el referéndum y la huelga general respectivamente. Provocados y espoleados por la mayor parte de los medios de comunicación, con la legitimación de las élites políticas y económicas del país, se ha despertado en el resto del estado español un movimiento nacional popular con claras orientaciones reaccionarias.

Este bloque lejos de ser monolítico y estanco, es considerablemente interclasista y heterogéneo. Donde se combinan desde el fascismo españolista, los sectores oligárquicos herederos del franquismo, blanqueados política y mediáticamente, con determinados sectores de las clases medias producto de la transición. Que criados en la política del consenso parlamentario televisado y los pactos de despacho ven como uno de los principales pilares del estado se tambalea. Es en estos en donde merece la pena agudizar el análisis, en los millones de personas, que resistiéndose a ser arrastrados por la ola de patriotismo mediático, se debaten entre la lucha por la democracia y la autodeterminación de un pueblo y el miedo inducido ante los cambios. Los que tras el inicio del programa de austeridad impuesto a los pueblos del sur a partir de la llamada crisis financiera en 2008 vieron como la precariedad y el paro inundaban sus vidas. El 15M vino a demostrar el fin de la llamada clase media y la fractura del contrato social, al menos en los términos en los que estaba establecido desde la Transición. Es en esto contexto donde la amenaza de la “ruptura de la unidad de España” se presenta como un shock más para millones de personas. Subjetividades construidas a partir del olvido y la amnesia obligada tras casi cuarenta años de dictadura. Un estado monolítico, el aparato jurídico y militar, el bipartidismo, medios de comunicación y la unidad nacional constituyen el argumentario base de la tan aclamada, para izquierda y derecha, “cultura de la transición”.

 

Es por tanto en este marco donde deberíamos analizar la respuesta de gran parte de las clases medias del estado español en estas últimas semanas. En un contexto marcado por la pérdida de la mayor parte de las redes sociales y culturales fruto del avance de la globalización y el neoliberalismo, disolviendo las identidades colectivas establecidas y fragmentando el marco cultural. La ruptura de los consensos de la Transición, sus bases y lo que representa supone para amplios sectores de la población como un ataque directo contra sus vivencias.
Ante esto el régimen no ha dudado en replegarse. La táctica has sido espolear el viejo sentimiento nacionalista español contra aquellos que reclaman libertad y democracia. La unidad de España funciona por tanto como el catalizador a partir del cual se produce el repliegue estatal que hemos observado en otros estados occidentales recientemente. Un eje que es utilizado para suturar las grietas de un régimen fracturado desde el 15M y golpeado más fuertemente aún desde Catalunya.

Esta ola reaccionaria lanzada por el estado ha sido aprovechada por toda la extrema derecha, que ha visto en ella la oportunidad para hacerse un hueco claro en el panorama público y mediático. Como hemos visto con el líder de la Falange Española dando un discurso en Zaragoza delante de cientos de personas, grupos de extrema derecha agredir con total impunidad a manifestantes en Valencia, el “a por ellos” de ciudadanos jaleando a la Guardia Civil rumbo a Catalunya como si de un ejército conquistador se tratara. Acompañado todo ello con un mensaje masivo y constante desde los principales medios de comunicación que en un tono casi bélico alegan a la ilegalidad del proceso catalán como excusa para legitimar públicamente esta ola represiva y autoritaria, desde mandos policiales, jurídicos y políticos. Una ola que culmina con las imágenes de cientos de personas cantando cara al sol en la Plaza Cibeles, la concentración en la Plaza Colón de Madrid acompañada por el grupo fascista Hogar Social Madrid y la manifestación en Barcelona el pasado domingo 8 de Octubre donde se dieron cabida desde la extrema derecha hasta el PSC, pasando por el PP y Cs.

Más allá de estos momentos de exaltación puntuales varios serán los efectos generados a partir de esta derechización del marco político: la asimilación de postulados reaccionarios, xenófobos y autoritarios por el abanico de partidos del régimen y por un amplio sector de la sociedad; y la alienación de los partidos “constitucionalistas” ante cualquier otra coyuntura que suponga un riesgo para el orden constitucional en cualquier parte del estado español.
Retomar las calles es por tanto de una necesidad imperante si queremos crear condiciones claras que permitan superar la ola reaccionaria y revertir en un movimiento contra el autoritarismo del estado contra las clases populares. Para ello hay que articular demandas y necesidades colectivas desde el resto del estado, capaces de ser conectadas con la situación de represión y autoritarismo que se vive en Catalunya. Siendo capaces de enlazar la lucha por la democracia, la libertad y la soberanía popular con el derecho de autodeterminación del pueblo catalán.