Fran Maturana | Varios meses después del último encuentro en Roma, militantes y activistas de diversos movimientos sociales, sindicatos y plataformas ciudadanas, así como representantes de partidos políticos de un amplio espectro de la izquierda europea se han dado cita este pasado 21 y 22 de octubre en el quinto encuentro del Plan B Europa, en Lisboa. Así pues, toda esta representación del tejido social europeo y de las fuerzas políticas alternativas se han reencontrado para seguir engranando las piezas de una alternativa real y contrahegemónica a la Europa del austericidio, la xenofobia, el neo-liberalismo, y en la que el auge de la extrema derecha y el fascismo obliga a replantear estrategias y a la autocrítica constructiva.

Muchos fueron los temas que se abordaron a lo largo de las intervenciones en los espacios de debate, como el ya mencionado auge de la ultraderecha xenófoba, la cuestión catalana, el feminismo, la crisis ecológica, la deuda y el municipalismo. Este último eje sería precisamente el encargado de inaugurar el encuentro con un pre-evento de Ciudades Rebeldes, planteando la necesidad del municipalismo en el contexto de la UE. Por una parte, se valoraron distintos logros que desde el municipalismo han contribuido a visibilizar y abordar diversos problemas como la turistificación, el problema de la vivienda y los protocolos anti desahucios, la especulación y los pisos turísticos, así como la cuestión de la acogida de refugiados, reivindicada de manera enfática por Enric Bárcena, de Barcelona en Comú.

A partir de aquí, las intervenciones y el debate seguirían una línea más reflexiva de la que se pueden extraer elementos muy heterogéneos, pero que, sin duda, convergen y se enmarcan en la premisa de pensar global, actual local. Corinne Morel Darleux, consejera regional en Francia, esbozaba la idea de un municipalismo de resistencia a las políticas neoliberales y ponía sobre la mesa el rol del mundo rural en el municipalismo, planteando la necesidad de una alianza estratégica urbano-rural que permita proyectar nuevas formas de organización, resistencia y autogobierno, destacando, por ejemplo, la importancia de abordar la desigualdad que genera la Política Agraria Común y su vinculación con la recuperación de la soberanía alimentaria en los municipios. Desde Andalucía, José Ramón Páez, consejero económico en el Ayuntamiento de Cádiz, hablaba de la vinculación al territorio como un elemento clave dentro de la “visión” Municipalista, pudiendo servir así los territorios como verdaderos bloques de resistencia y contrapoder. Por otra parte, si bien fue recurrente la alusión a la tensión entre lo social y la institución, parecía haber un consenso en la necesidad de seguir en las instituciones, tanto como acto de desobediencia como para fomentar legislación que favorezca y allane el camino al auge del municipalismo, como aquella que contribuya a solucionar el problema de los límites de las competencias que impiden mayores capacidades de autogobierno y autogestión. Eulalia Reguant, concejala en el Ayuntamiento de Barcelona y diputada, hasta hace no mucho, por la CUP en el Parlament de Cataluña, añadiría elementos clave al debate, como aquel que versaba sobre la urgencia de romper la “simbiosis perfecta” entre el capital y las instituciones públicas, que, cooptadas por este, no hacen más que reproducir el sistema y sus lógicas perversas. Otro eje insoslayable en el debate europeo que tuvo mucho eco en los días del evento y en el que Eulalia hacía especial hincapié trataba sobre la soberanía y la apuesta Municipalista como un camino hacia la recuperación de soberanías, en plural, entendiendo la soberanía política como un primer paso hacia la consecución de la soberanía económica, alimentaria, territorial, etc. De esta manera, queda en evidencia la necesidad de planteamientos que trasciendan al orden neo-liberal desde la base social, la auto-organización popular y la tensión constate desde fuera y dentro de las instituciones, profundizando en aquellas propuestas que generan “nerviosismo en el capitalismo”, como afirmaba Carlos Sánchez Mato, concejal de economía y hacienda en el Ayuntamiento de Madrid al referirse a las grietas que se siguen abriendo a pesar de la política europea. Ante la pregunta planteada en el debate sobre que municipalismo queremos, los esfuerzos parecen inclinarse por un municipalismo en clave emancipadora, participativo, inclusivo, horizontal y confederal, que pueda construir un bloque de (contra)poder que vaya desde abajo hacia arriba y se erija como una alternativa desde lo local a la UE.

En la sesión de apertura, Catarina Martins del Bloco de Esquerda se sumaba a las críticas al modelo de desposesión europeo, vinculandolo a los incendios suscitados en Portugal y su relación con el cambio climático, cuestión a la que también aludiría Miguel Urbán al plantear que el Plan B debe estar a la altura de los retos que enfrentamos, incluyendo un programa de transformación ecosocialista y el feminismo como eje transversal de articulación política. No podemos dejar de visibilizar un aspecto al que Catarina se refirió con vehemencia y que aludía a los fondos de solidaridad europea y sus inhumanos mecanismos de mercado, ya que estos operan en base a “umbrales de destrucción”, es decir, para ser aprobados y enviados, la destrucción ambiental, en este caso los incendios, deben ser lo suficientemente grandes, o más bien rentables, no olvidemos que cada vez que se quema una hectárea de bosque, o hay un derrame petrolero en el mar, el PIB aumenta. Otro asunto de suma importancia al que se hizo mención tocaba aspectos como la innegable crisis que atraviesa a toda la socialdemocracia y a una pregunta que deja más dudas que respuestas, sobre cómo ha podido cautivar la extrema derecha a sectores populares y es que, en Alemania, por ejemplo, Alternative Für Deutschland obtuvo un considerable porcentaje de votos provenientes de Die Linke. Sobre esto, Miguel Urbán no escatimaba en aquella autocrítica constructiva que mencionábamos antes y asumía que no hemos sabido responder al balón de oxígeno que ha sido el austericidio para la extrema derecha que, en cambio, ha sabido leer mejor el momento y el descontento popular. Ante esta realidad, urge plantear elementos de acción común, la activación ciudadana a través de luchas concretas que permitan pasar a la práctica, porque, aunque el diagnostico parece estar claro, sigue pesando la incertidumbre y la falta de concreción sobre el cómo actuar, lo que nos lleva a la necesidad de fijar estrategias y objetivos para su consecución. La delicada situación de Grecia tampoco pasó desapercibida y Zoe Konstantopoulou, fundadora de la escisión de Syriza ‘Vía para la Libertad’ y antigua presidenta de la cámara de los helenos, denunciaba con templanza el carácter criminal de esta UE y sus conductas neo-totalitarias y neo-coloniales, que se cristalizan en el “golpe de Estado financiero” de 2015 y en las extorsiones y amenazas que han sufrido desde la elite europea. En esta misma línea, la portavoz griega llamaba a no permanecer observadores ante lo que ocurría en Cataluña, quedando de manifiesto el apoyo transversal y la solidaridad por parte de todos y todas las presentes con el pueblo de Cataluña y su negado derecho de autodeterminación, al que Catarina catalogaba como “el engaño de la Europa democrática”, al unísono de la aplicación del 155 desde Madrid.

Habría más espacio para desarrollar el debate sobre Cataluña y otros asuntos en las sesiones paralelas, que trataron un amplio abanico de temas como el papel de los movimientos sociales en la lucha por los derechos sociales y una nueva Europa, el impacto del austericidio desde una perspectiva de género, sin embargo, el debate sobre Cataluña se reafirmó de manera particular en la sesión sobre “desobediencia civil y la batalla cultural para combatir la hegemonía neoliberal de la UE”, en la que nuevamente Eulalia Reguant transmitía la postura de que “en el marco de la UE, la desobediencia civil es la única herramienta para ejercer derechos”, afirmación compartida por muchos y que se apoya en la realidad más palpable y es que, como ha quedado demostrado en los últimos años, en marcos de opresión y asfixia política y social, la desobediencia civil actúa a través de acciones de desobediencia y se desenvuelve en dinámicas y tendencias que adquieren una identidad y vida propias, y que contribuyen a la transformación de los marcos interpretativos que, una vez en inercia, pueden producir saltos de ventaja en disputas por determinados significantes y relatos, como el propio referéndum del 1 de octubre, descrito por la militante de la CUP como un movimiento masivo de desobediencia civil que podría derivar en el fin del Estado autonómico en España.

A modo de conclusión, parece quedar claro que la voluntad de un cambio en Europa es latente y se fundamenta en análisis y diagnósticos acertados, no obstante, queda muy pendiente aún bajar a tierra y concretar hojas de ruta, estrategias y objetivos a medio y largo plazo que sirvan para articular un Plan B en clave post-nacional, teniendo por delante desafíos imperantes como el ineludible enraizamiento en los movimientos sociales y continuar con la impugnación desde las instituciones europeas. Si bien no está confirmado, desde Grecia se propuso celebrar el próximo encuentro del Plan B en Atenas en la primavera de 2018, lo que sí está claro es la urgencia de seguir concretando el Plan B como alternativa, ardua tarea en la que queda mucho trabajo por hacer.