Redacción Poder Popular Madrid | “El papel de las mujeres en la revolución no sólo cambio el mundo sino la vida” destacó la historiadora y militante de Anticapitalistas, Julia Cámara, en el acto que Anticapitalistas de Latina-Madrid organizó el pasado viernes 3 de noviembre dentro de la campaña de actividades enmarcadas en el centenario de este proceso político que está realizando la organización.
La intervención de Cámara, que inició su activismo político en el movimiento estudiantil, giró en torno a la participación de las mujeres en el proceso revolucionario de Rusia. Para abordar seriamente este hecho reivindicó la “rigurosidad histórica”. “La historia está con nuestra clase. La historia ya nos da la razón”.

Destacó la participación masiva de las mujeres en las movilizaciones y manifestaciones en el periodo previo del 23 de febrero. Cuando las consignas eran: Paz, tierra y pan las mujeres pedían el fin de la guerra y contra la carestía de la vida. Señaló que las mujeres nunca antes habían disfrutado de altas cotas de libertad. Derecho al voto y ser cargo público, derecho al divorcio, igual salario igual trabajo, prohibición del trabajo infantil, legalización de los matrimonios civiles, las uniones de las parejas de hecho y la desaparición de la figura del “hijo ilegítimo”. Además, las mujeres con su autorganización consiguieron residencias gratuitas para las mujeres antes y después del parto y la socialización del trabajo de cuidados.

En los años 20, la URSS se convirtió en el primer país en donde se podía abortar libremente y de forma gratuita. Julia Cámara destacó a dos mujeres: Nadezhda Krupskaia, que fue miembro de primera hora del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) y Alexandra Kollontai. Ambas tenían una inquietud común: movilizar y educar a las obreras.

Finalmente, Cámara aludió a la fase del estalinismo como un periodo de serios retrocesos. Los trámites de divorcio se eternizaron, se ilegalizó el aborto y las parejas de hecho, la homosexualidad es penada y se hicieron alabanzas a las mujeres amas de casa y se fomentó la “familia nuclear” dentro de un concepto de “sociedad modelo”.

Por su parte, Ángel Bote, militante anticapitalista y productor cinematográfico, destacó un aspecto poco conocido. El sujeto LGTBI no constituido en 1917. Para Bote, “hay prácticas diversas pero no una identificación colectiva de quienes la practican. No encontramos revolucionarios identificados como LGTBI ni activismo propio del colectivo”.

Antes de la revolución rusa mencionó el “Código Pedro” que en 1716 prohibía el “muzhelozhstvo” para los soldados en activo y la ley antisodomía (1876) que se extiende al entorno civil y se contemplan las prácticas pero no los sujetos y no se contemplan las prácticas mujer-mujer.

Durante la revolución rusa se deroga toda la estructura legal zarista, en particular la ley de antisodomía. Se consigue un cierto avance en derechos pero no por la presión del colectivo LGTBI sino por personas no LGTBI en su mayoría y en ausencia de toda fuerza política y social del mismo. En occidente se cataloga las prácticas sexuales diversas como “desviaciones individuales” de la norma correcta, por lo que son culpables de su conducta pervertida y deben ser castigados. En la URSS se catalogan como resultado de un “desequilibrio entre cuerpo y género” provocado por la naturaleza, que puede repartir aleatoriamente rasgos conductuales y biológicos “del sexo equivocado”; por tanto, son “enfermos” y merecen ser curados por la sociedad. El resultado final es que se deroga la ley pero el sujeto no se identifica como un colectivo oprimido sino como personas individuales enfermas (o perseguidas por ser catalogadas como enfermas). Esto posibilita el retroceso que se dá poco después.

Bote finalizó su intervención señalando la “necesidad de constitución de sujeto”. No hay presión posible sin un sujeto identificado como tal y llevando sus reivindicaciones propias. Acercarnos al proceso revolucionario ruso nos señala el camino de afrontar los debates actuales sobre las identidades, por muy enrevesados que sean, o conflictivos que parezcan.

Por su parte, Pepe Mejía, periodista y militante de Anticapitalista, expuso el marco histórico destacando que en realidad la revolución rusa empezó el 23 de febrero, 8 de marzo en el calendario gregoriano, día de la mujer y no por casualidad. En el levantamiento el campesinado se adelantó al obrero. El levantamiento –contra toda opinión interesada- fue el más planeado de toda la historia. La revolución rusa sufrió presiones de todo tipo: una guerra civil que duró tres años, las presiones del gobierno alemán, las burguesías locales y los socialistas moderados.

“Una de las lecciones que debemos sacar de la revolución rusa es que quienes no están dispuestos a renunciar a sus privilegios ponen en marcha los mecanismos necesarios para que eso no ocurra” y aludió a la situación en Catalunya.

También destacó que desde sus inicios la revolución quiso tener una dimensión internacional y mundial. “Pero la revolución rusa quedó como lo que no habría querido ser: el único Estado revolucionario y no el punto de partida. La revolución soviética quedó reducido a la revolución rusa”.

Para finalizar, Mejía señaló algunos de los elementos de importancia que nos deja la revolución rusa, a la hora de abordar las distintas realidades. Determinación, audacia, oportunidad, voluntad de transgredir el orden establecido para construir una sociedad distinta y superar una sociedad sin clases, “respeto a la diversidad en sentido amplio, derecho de los pueblos a decidir libremente su destino y la interiorización de mantener vivo el planeta en el que vivimos”.

El acto –que se realizó en la sala polivalente de la Biblioteca Pública Municipal Ángel González- tuvo una aceptable afluencia de público. Jóvenes, mayores y mujeres, activistas de movimientos sociales y militantes de otras organizaciones políticas participaron en el debate que se suscitó después de las intervenciones.