Manel Barriere Figueroa | La ficción fantástica contemporánea lleva algunos años reinterpretando los mitos clásicos de forma poco ortodoxa. Convertir a Van Helsing en un joven y guapo guerrero al servicio secreto de la iglesia, a Sherlock Holmes en un experto en artes marciales, mezclar al capitán Nemo con el Dr. Jekyll, Mr. Hyde, Mina Harker y Dorian Grey, poblar el mundo de vampiros de todo tipo, buenos y malos, que andan bajo la luz del sol y beben sangre artificial, o convertir los mitos griegos en adolescentes de familias desestructuradas, son solo algunos ejemplos de los múltiples pastiches que hemos podido ver últimamente. Las series de televisión no se han quedado al margen de este fenómeno. Penny Dreadful o True Blood dan fe de un potencial narrativo y dramático que el cine no ha sido capaz de alcanzar.

Tanto el cruce de personajes como la inversión de roles, son elementos que reflejan los cambios producidos recientemente en la cultura de masas. Podríamos decir que se trata de la apropiación de un imaginario vinculado a la tradición para construir nuevos paradigmas, que responden a un mundo real dominado por el no-relato fragmentado y volátil de las redes sociales y el consumismo de mercado.

Dentro del género, ninguna figura ha sido tan explotada como la del vampiro, modelo de individuo que vive ajeno a la sociedad pensando únicamente en satisfacer su insaciable apetito. La forma de hacer frente a esta doble naturaleza da lugar a numerosos conflictos con la comunidad, no pocas veces con la propia familia vampírica. En esos casos, la virtud se identifica con seguir los propios designios, y el mal, con el comportamiento gregario de la mayoría.

Pero lo mismo que el individuo contemporáneo, ningún fenómeno cultural es ajeno a la sociedad de la que surge. Por eso, aquello que surge de la fragmentación social y de la ruptura del presente con su tradición, puede erigirse también en defensa de aquellos valores que de entrada parece transgredir. Es el caso de MIDNIGHT, TEXAS, una serie producida por el canal especializado SyFy y perpetrada por los mismos autores de la celebrada True Blood. Se trata de un producto que seduce más por el género al que pertenece que por su propuesta estética o su intensidad dramática. Remite a aquello que en el cine de los 50 y 60 se llamaba serie B, las películas que se hacían con los recursos sobrantes de las superproducciones que con el tiempo constituyeron un estilo en sí mismas. Nada nuevo en la televisión fantástica.

Midnight es un pueblo en el que se refugian seres paranormales y monstruos que han decidido escapar de la civilización, que no les acepta ni les comprende, para protegerse y cuidarse los unos a los otros. Un espacio liberado, pues evitar la visita de la policía es una de sus principales preocupaciones y la justicia se imparte de forma colectiva, por el bien común. En él encontramos personajes diversos que parecen huir del papel que la tradición les otorga, pero también de los nuevos paradigmas individualistas.

En lugar de una historia en la que se cruzan vampiros con hombres tigre, videntes, ángeles caídos, demonios redimidos, brujas y asesinas a sueldo, una en la que estos han decidido constituirse en comunidad y auto gestionarse para cuidarse. Como colofón, componen entre ellos cuatro parejas inter étnicas, una de ellas homosexual, y sus enemigos declarados son una banda de motoristas violentos supremacistas blancos. Más allá de las aventuras que viven en cada capítulo, una amenaza se cierne sobre el pueblo. Está a punto de abrirse una grieta en el inframundo por la que emergerán todos los demonios del infierno. No sería raro que cuando ocurra, el jefe de todos los demonios lleve un ostentoso tupé naranja.