Juanjo Álvarez | El movimiento antinuclear ha sido uno de los puntales de la lucha ecologista y la defensa del territorio desde los años de la transición, y todavía hoy sigue vivo y muy activo en la protesta contra la proliferación. En los últimos tiempos, después de una temporada en reflujo, está viviendo un nuevo repunte en torno a la lucha por Garoña, que se ha cerrado finalmente este año 2017 con unas condiciones de productividad baja pero también por la presión constante del movimiento.

En este momento de reagrupación y refuerzo tiene mucho que ver la constitución del Movimiento Antinuclear, que nace en 2015 como una organización surgida desde los colectivos de lucha para agruparse y formar un agente estatal con una voz única y dotar de coordinación al movimiento. El momento es, crucial, puesto que surge cuando las centrales del estado español están acercándose al momento en el que se cumplen los cuarenta años de funcionamiento y se abre la cuestión de prórroga o cierre. Un momento fuerte de la lucha por la desnuclearización del territorio. Además, el MIA nace sobre un acierto estratégico indudable: la unión de los movimientos a ambos lados de la frontera hispano-portuguesa. Con esta base, se superan las fronteras nacionales y se abre una lucha internacionalista, coordinada y por lo tanto más sólida.

La tercera asamblea, que tuvo lugar el pasado 25 de noviembre en Cuenca, avanzó en la construcción interna, dando forma a una estructura fuertemente descentralizada que permite conjugar la autonomía de los movimientos de base y la coordinación que ha sido básica para incrementar el impacto de la lucha antinuclear. Además, se avanzó en el diagnóstico estratégico, la necesidad de continuar con la movilización, explotando nuevas formas, y continuó trabajando en la brecha internacionalista, algo que queda reflejado por la amplia presencia de militantes tanto del estado español como de Portugal y por la presencia de representantes del movimiento antinuclear francés.

Quedan pendientes muchos retos: la ampliación del impacto en sectores jóvenes, la unión con otras luchas ecológicas y sociales, y la ampliación del discurso para que llegue a ser un movimiento de masas como lo fue en sus mejores momentos. No está de más recordar que si en el estado español se construyeron siete centrales nucleares –de las que quedan cinco en funcionamiento – y no casi sesenta como Francia, se debe a una enorme presión de la lucha antinuclear. Tras la III Asamblea del MIA, puede encaminarse a una situación desde la que pueda satisfacer estos desafíos.