Jesús Romero | Han sido muchos los artículos y reportajes que se han realizado analizando el año que ha pasado desde el triunfo electoral de Donald Trump, tanto en España como en el resto del mundo. Tantos como se escribieron y se emitieron durante la campaña electoral y tras la declaración como presidente de los EEUU, en un proceso electoral que pocos entienden en su complejidad.

Multitud de volúmenes se han escrito desde entonces, ninguno de ellos benevolente con el empresario/presidente, pero que han descubierto un filón a través del cual conseguir buenos resultados editoriales gracias a la avidez en conocer mejor hacia dónde nos dirigimos como sociedad occidental y también, por qué no decirlo, como especie.

Pero ahí no acaba la cosa: incluso hay autores que establecen el inicio de una nueva era tras la irrupción del magnate en la política estadounidense y, por tanto, mundial. “La era Trump”. Hay autores, como Timothy Snyder en “Sobre la tiranía”, que avisan de la fragilidad de las democracias occidentales que pueden llevar a situaciones muy peligrosas donde los mismos derechos humanos estén en cuestión. Varios autores más proponen técnicas de resistencia ante la política de Trump, incluso hay alguno, como Jorge Volpi en “Contra Trump”, que reclama un regreso a la racionalidad moderna como mejor método de oposición a las políticas del presidente norteamericano.

En él se personaliza todos y cada uno de los peligros que pueden, incluso, acabar con el planeta Tierra de manera total: una persona desequilibrada que no duda en obviar y despreciar todas las amenazas ecológicas y que retira a su país de todos los compromisos medioambientales adquiridos en anteriores etapas, tanto en su propio país legislando contra las energías renovables o de los acuerdos internacionales. Un megalómano con la posibilidad de pulsar el botón nuclear contra Corea del Norte, Irán o cualquiera en el que pose su mirada. Un machista y racista que comulga con los supremacistas blancos y que pone en cuestión la base misma de los derechos humanos en todo el orbe. Un populista sin escrúpulos que no tiene reparos en cuestionar las bases que occidente ha construido en siglos para ser bandera de la civilización.

Pero, con todo ello, si hoy fueran las elecciones, nadie duda que Trump volvería a repetir como presidente. Incluso aunque su popularidad ha caído más que la de cualquier otro presidente de los Estados Unidos después de un año de ganar las elecciones. ¿Cómo puede explicarse esto? Porque mantiene intacto el apoyo de sus bases que le auparon al triunfo electoral, que suman más de un 40% de los votantes registrados, concentrados éstos en los pequeños pueblos de los Estados Unidos rural, blanco y pobre, necesitados de creer que un salvador (porque tiene que ser por fuerza hombre) quiere cambiar su situación. El mensaje sigue pegando con fuerza: “América primero”. Una retórica nacionalista de fuerte apego popular que abomina de acuerdos internacionales como el TTIP o el acuerdo de París, que haría que EEUU fuera un país como cualquier otro. Nada contra el progreso de la nación o contra la disolución de fronteras. Un mensaje nacionalista que entroniza a los EEUU como el bien absoluto que se enfrenta al mal que le rodea, provenga éste de donde provenga. Esté en Asía, Oriente Próximo o dentro de sus propias fronteras, como las personas inmigrantes, las transexuales, las defensoras del medio ambiente o las más necesitadas en tener acceso al sistema sanitario sin arruinarse.

Un presidente al que se le perdonan todos sus excesos, se produjeran en el mundo real o en el virtual de las redes, por ser una persona que dice lo que piensa, sin temor a las consecuencias ni a las críticas. No podemos olvidar que Trump ganó las elecciones con una fuerte campaña “anti-establishment” de Washington, que luchó incluso contra el propio partido por el cual luchó en las primarias. Trump aparecía como un “outsider” sin experiencia política que, gracias a los medios y a la comprensión y el hartazgo públicos, pudo romper con la tendencia de siglos en la política norteamericana.

Es curioso que en ayuda de Trump también viene, precisamente, del ámbito de donde ha realizado una política a lo “Rajoy”, es decir, donde no ha dado un paso en ninguna dirección: la economía. La economía estadounidense va muy bien. Muchos indicadores muestran que crece a un ritmo del 3% y un desempleo de poco más del 4% y que la confianza del consumidor también es muy alta. Esa situación no es consecuencia de ninguna de las pequeñas reformas regulatorias que ha hecho en su mandato, ya que no ha tomado ninguna gran iniciativa legal de calado. Ha sabido aprovechar, con su inacción, una posición de fortaleza económica que no tuvo Obama en sus ocho años de presidente.

A pesar de sus declaraciones y amenazas, poco ha cambiado en el contexto internacional y en lo que atañe a Europa y a nuestro país, más allá de no seguir adelante con acuerdos económicos con Europa (TTIP), que nuevamente se renegocia, y con los países del Pacífico. Los negros nubarrones que se cernían sobre el compromiso con la OTAN, la retirada de los acuerdos con México y Canadá, sobre Cuba, Venezuela o China, no han ido más allá de una retórica que tenía un mayor consumo interno que no sobre las consecuencias sobre la realidad internacional. Todo ese proyecto de aranceles para proteger la economía y el empleo estadounidense no ha tenido ninguna concreción legal.

¿Qué se puede esperar a partir de ahora? Es difícil hacer predicciones en un mundo que cambia a pasos agigantados en cortos períodos de tiempo. Esta segunda “Gran Transformación”, que diría Polanyi, ha dado lugar a una dislocación social, quizá, en mayor medida que la primera, y sus consecuencias son impredecibles en un mundo que se mueve entre la respuesta y la resistencia a un nuevo proceso de acumulación y mercantilización deshumanizado y el repliegue a un nacionalismo proteccionista que muestran ser los signos de involución y totalitarismo contra los cuales tenemos que armarnos y organizarnos. Quizá lo más acertado es pensar, como apunta David Harvey, que Trump es el síntoma de una nueva fase del proyecto neoliberal que ya no necesita de las democracias liberales parlamentarias para su implementación y que la están sustituyendo por un modelo netamente autoritario. Un modelo que tiene sus fuentes en la crisis-estafa, en la corrupción de los partidos políticos tradicionales y de la proyección de la culpa en el diferente. Un modelo que ya se ha implementado en el corazón de Europa, que ha tenido y tiene opciones de gobierno o gobiernan en múltiples países como Alemania, Francia, Austria, Polonia u Holanda. Las únicas diferencias son de expresión.
Es el momento de ir estableciendo las bases fundamentales y principios estratégicos para acometer esta amenaza que es la real, más allá de frases de twitter o de gestos inusuales.