HUBO secretos que tuvieron que esperar en el bolsillo del jersey color militar. La libertad no llegó con los sinónimos que rimaban. El subrayador rojo con el que memorizaban las líneas y los trazos de nuevas fronteras; las imaginarias y las construidas; las interiores y las expuestas; las pactadas y las que idearon; las que creían defender y las que trazaron a contraluz. Todo lo que se escurría de la visión de los códigos establecidos era ofensa, ultranza, insulto. Todo aquello que despuntara, la condena de lo atroz. El desprecio hacia lo desconocido rugía en las cavernas donde el temor al acecho paralizaba las constantes del sentir emotivo sin escamas. Acudían a la llamada del alistamiento. Al adiestramiento de la mirada infantil que debía de discernir entre lo nuestro y lo que no nos pertenece. Entre lo asumido y aceptado. Cuando se dictaba la manera de nombrar, se infravaloraba el margen de improvisación de la vida amplia. Se convierte en el espantapájaros que voltea a la luz del viento, en un trapo agujereado por las injurias sin base ni reflexión. No estaba permitido demostrar ciertos contornos, limitar la importancia del cariño sin la corrección escrupulosa de los escapularios, las sombras de afecto bajo el mantel de santos. El paso se convirtió en polvo de silencio. En ceniza de los antepasados que no pudieron enterrar. No llegaron a tiempo a la reordenación de las colinas. Las cicatrices de las fronteras convertidas en manos desplegadas cavaron zanjas. Empapelaron el odio envuelto en paños que goteaban las carencias de las pulsaciones sin desenterrar.

(Hasier Larretxea)