Manel Barriere Figueroa | Revoluciones, que no revolución. Acontecimiento histórico que derrocó al zarismo y aupó a los bolcheviques al poder. Con sus protagonistas, que lo son a su vez de extensas biografías que hoy en día se reeditan, o se reescriben. Con sus acontecimientos clave, datados y convenientemente archivados en la línea de tiempo de la historia.

Revoluciones son otra cosa. Son esos procesos múltiples, heterogéneos, transversales, colectivos que convierten las masas, personas anónimas, sin biografía, en sujetos de su propio destino fuera de esa línea de tiempo que, como se dice siempre, la escriben los vencedores.

Revoluciones hay tantas como activistas agitando las calles, como huelguistas y manifestantes tomándolas, como mujeres encaminándose a las fábricas a enseñar a leer y a escribir a las trabajadoras, esas mismas trabajadoras organizándose, marchando al frente, tantas como cosacos lanzando las bayonetas al suelo para desobedecer a sus jefes y hacer suyo el clamor popular. Y podríamos seguir y seguir y seguir.

Pero si hay una línea de nombres y fechas, decretos y proclamas, rendiciones y victorias, cumbres y conspiraciones, reyes y héroes, también hay una línea intrincada, difusa, retorcida a veces, otras tantas invisible para la mayoría, que articula una tradición de siglos, acumulación de experiencias de auto-organización, rebeldía y lucha.

Revoluciones. Para conocer las revoluciones, que no revolución, de octubre, hay que leer a Trotsky y a John Reed, hay que leer a Louise Bryant y por supuesto, a Víctor Serge, con su humanismo indispensable, a Isaak Babel, a Andréi Platónov. Leer los relatos íntimos de la gente de abajo, su propia épica, proletaria, revolucionaria. Pero también hay que pisar asambleas, plazas, reuniones, manifestaciones, piquetes. Porque si bien es cierto que estamos lejos de esa efervescencia y que la toma del palacio de invierno nos puede parecer una aventura novelesca propia de otras épocas, Octubre sigue ofreciéndonos una lección fundamental, un mensaje entre murmullos que nos advierte. Cuando la gente lucha su conciencia se transforma, a mayor nivel de conciencia más lucha, y a más lucha más lejos llegan los cambios, la transformación de la sociedad por la que luchamos.

Tan simple, tan difícil. No es el engranaje de una máquina, es una dialéctica que atañe a un cuerpo vivo, miles, millones de cuerpos que palpitan y se mueven, condicionado su devenir por el mundo que les rodea. Un mundo, un universo, que incluye, cómo no, la contra revolución. También la derrota, el desánimo, la desmovilización.

Hoy vemos ese monstruo de dos cabezas reptando, escuchamos sus gritos, sus gemidos indolentes cada vez que la extrema derecha da un paso adelante, cada vez que abre la boca el odioso magnate multimillonario de pelo naranja. Naranja es el giro a la derecha en nuestra propia casa, donde la violencia del estado adorna balcones y ventanas.

Miremos entonces, otra vez, las revoluciones de octubre, leamos sus relatos, celebremos sus ideas y avances, pensemos, debatamos sus equivocaciones, sus desmanes, y sigamos pisando asambleas, plazas, reuniones, manifestaciones, piquetes, construyamos espacios abiertos a la indignación que inevitablemente resurgirá, y sigamos tirando de ese hilo, el hilo rebelde con el que tejeremos la próxima revolución.