Julia Cámara | Sus cuerpos nunca se encontraron. El 15 de enero de 1919, atravesando el frío invierno berlinés, un grupo de soldados llegaba hasta el número 53 de la calle Maninheim y capturaba a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, dirigentes de la Liga Espartaquista y fundadores del Partido Comunista Alemán (KPD). El asesinato de ambos líderes esa misma noche, durante su traslado a la cárcel, significó no sólo el cierre simbólico de la Revolución de Noviembre sino también el fin de la esperanza de que la Revolución rusa se propagara por Europa. La socialdemocracia alemana, en alianza con los Freikorps anticomunistas, asesinaba así al hombre y a la mujer que se habían opuesto a la entrada en la guerra y que habían personificado la respuesta de la insurrección obrera.

La figura de Rosa, una de las mentes marxistas más brillantes del siglo XX, ha sido convertida por la historia en mito y leyenda. Marcada por la rara condición de ser mujer en un mundo de nombres propios masculinos, lo cierto es que sus aportaciones a la lucha de clases tienen poco de mitológicas. Lenin mantuvo con Rosa un apasionado debate sobre la cuestión de la organización y el papel del partido. Las posiciones de ambos han sido en ocasiones caricaturizadas para mostrar al líder bolchevique como defensor de una disciplina “militaresca” que despoja a las masas de su condición de sujeto histórico a favor del partido, y a Rosa como una espontaneísta ingenua incapaz de comprender los límites del consejismo.

La realidad, sin embargo, es que a pesar de algunos errores encontramos en Rosa una de las críticas constructivas más interesantes a la Revolución de Octubre, y que las posiciones de ambos, aún con sus diferencias, pueden conjugarse en una rica síntesis dialéctica entre espontenísmo y organización donde aparece una idea común de vanguardia: el partido como dirección, como acumulador de experiencia, como continuador de los tiempos vacíos, como mediador entre teoría y praxis política y como arquitecto de la espontaneidad explosiva en articulación consciente.

Siempre incesante en su crítica al PSD y en su confianza en la autoorganización y en la acción de las masas, Luxemburgo esboza en su clásico Reforma o revolución algunas de las líneas estratégicas básicas a tener en cuenta en la práctica política: trabajar por mejorar las condiciones de vida de las clases populares, pero huir del oportunismo que mide las victorias según los resultados inmediatos; desconfiar de la promesa de un cambio sin rupturas, logrado mediante una eterna acumulación de mejoras parciales; luchar siempre por la conquista del poder político. La vigencia de sus ideas hoy, un siglo más tarde, es apabullante.

El asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo fue el acto cobarde del buque insignia de la socialdemocracia europea, aliada con la extrema derecha en una última demostración de su incapacidad para afrontar sus propias contradicciones. Rosa, sin embargo, no murió callando. En El orden reina en Berlín, escrito apenas cinco horas antes de ser capturada y consciente ya de su final, nos deja dos enseñanzas. La primera, que en política parlamentaria la progresiva acumulación de “victorias” conduce irremediablemente a la derrota política en las grandes batallas. La segunda, que las derrotas históricas del proletariado pueden y deben constituir el poso de aprendizaje y experiencia sobre el que la revolución se alzará triunfante.

“¡El orden reina en Berlín!”. ¡Esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto y proclamará, para vuestro terror, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!”. Sus cuerpos nunca se encontraron, pero 99 años más tarde sabemos con certeza que de ellos, y de tantos otros, florecerá la victoria futura.