Como si respirásemos el aire opaco de las mieses de asfalto,
el ceñirte de sol y argüir
que eres uno y estás solo
qué solo estás enlazando las calles, transportándolas
al borde de los sueños que se erizan
buscándote
qué solo estás y qué hundido en el lodo,
en la miseria de la tarde aguda,
del silencio torcido, de la pena saliente
qué solo estás y, en mi cabeza, he visto la renuncia con lengua de serpiente romperte
a girones la ropa a dentelladas romperte la boca
a girones la cobardía hecha añicos y yo te dije que la muerte
se parecía a la nada porque no quisiste rozarme con los dedos
ni saltar abismos, ni cráneos derramados con la palabra
porque no quisiste el verso, la cerveza rancia,
ni la tarde compartida troceándose
en este corte decisivo de la carne
la carne que clama a dentelladas
y ya no reza, solo grita
con el grito de los aún-vivos
el grito de la lucha y el asfalto,
cercenando los puños, careciendo de rostro, sed de monedas,
pavor y a dentelladas
con el grito de la palabra que te encarece o te escupe
la palabra aún-vivos sin presencia
el grito que ha acallado al cobarde y ha enmohecido su losa
qué sola está
hundida en el lodo y ya no reza
sólo grita
con el grito hermanado, en comitiva.

(Julia López de Briñas)