Román Sierra | Y llegó la tormenta. Harvey habla de las crisis del capitalismo, tras la crisis del 73, como un huracán, (aunque nunca se plantea como algo natural sino fruto de decisiones políticas) que va recorriendo el mundo, va moviéndose geográficamente. Es una aportación espacial que añadir a la cuestión temporal a las crisis cíclicas.

Zaragoza, como el resto de Europa sufre con dureza la crisis que se inicia en el 2007-2008 y que lejos de suponer un cambio de políticas, acelera los procesos de acumulación y de desigualdad. Es evidente que son muchos los factores a tratar en un tema tan amplio.

Apuntaré sobre el proceso de ofensiva de las oligarquías contra la clase trabajadora varias cosas: demonizando a sus organizaciones, los gobiernos nacionales renunciando a ser un actor principal y activo en los diferentes sectores económicos (desmantelando las empresas públicas y sus industrias) una UE apuntalando todo ello para ceder al mercado una grandísima porción del poder real, batallas culturales que hicieron que una mayoría aceptara de manera activa o pasiva dichas políticas, etc.

Hoy en Aragón miramos de frente a la tormenta, al poder de una multinacional que tiene el objetivo fundamental de disciplinar a los trabajadores y por supuesto mostrar su verdadero poder frente a las instituciones democráticas.

PSA, con su director gerente al frente, no piensa en nada que no sean maximizar beneficios y si para ello tiene que amenazar con cerrar una planta, lo hace. Gente como él no piensa que los trabajadores de su empresa son los que le producen los beneficios, bueno, sí lo piensa. Pero piensa en extraer más beneficios de ellos, da igual que dependa de ello su salud, su bienestar y el de sus familias. Es su trabajo, responder a las expectativas que sus accionistas han puesto en él.

Da igual que el Estado francés, con dinero público rescatara PSA con miles de millones en avales. Da igual que el gobierno de Hollande le pusiera de condición que pararan los despidos. Después llegó Macrón y gracias a su reforma laboral PSA ya ha anunciado 1.300 despidos para 2018. Todo está al servicio de los poderosos. La UE mira hacia otro lado cuando empresas que tuvieron el dinero de todos se comportan así. “Es el mercado, amigo”.

Los gobiernos español y autonómico, asustados, no han mostrado un total apoyo a unos trabajadores que han considerado indignante las condiciones que los nuevos dueños de la planta les ponían encima de la mesa. No, les mandaban mensajes de firmar cuanto antes lo que fuera.

Los mismos que se alegraron y que mandaban mensajes de tranquilidad cuando PSA compró la planta de Figueruelas. Las mismas administraciones que siempre han mimado de forma muy especial al sector del automóvil.

Ahora el dilema está en manos de los trabajadores en un proceso en el que han mostrado su desacuerdo y se han atrevido a ponerse frente al gigante. Otros compañeros de las plantas de PSA en el Estado español les han aplaudido y se han solidarizado con ellos. Movidos seguramente por la experiencia acumulada tras la implantación de convenios que les hacían caminar hacia atrás.

Esa solidaridad entre trabajadores, y el apoyo popular del pueblo aragonés, deben ser un puntal sobre el que construir un movimiento no sólo aquí, si no a nivel estatal y europeo para frenar los chantajes de las multinacionales. No es posible vivir en una democracia donde los poderes económicos tienen más poder que los parlamentos o los gobiernos.

En un lugar donde las oligarquías pagan mucho menos impuestos que en la mayoría de Europa occidental. Un lugar donde además protagonizan un fraude fiscal de 26.000 millones anuales. Donde la desposesión a través de la vivienda y la energía es obscena, donde las rentas del trabajo son aplastadas por los intereses del capital, creando la figura generalizada de la precariedad. Un lugar así no podrá ser una sociedad justa y libre.

Por mucho que hablemos de diversificar la economía y que Aragón no puede continuar sólo con el monocultivo del automovil – algo que por supuesto es un objetivo para cualquier economía – no mejorará nada si el modelo es de las grandes multinacionacionales que imponen sus condiciones. No mejorara si no existen contrapesos democráticos no sólo desde las instituciones si no también desde una clase trabajadora organizada con herramientas para imponer los intereses de la mayoría social.