Martín Lallana | El último programa de Jordi Évole, Stranger Pigs, ha generado gran polémica y ha dado visibilidad los debates en torno al consumo de alimentos de origen animal.

Muchas de estas discusiones se centran en la sensibilidad o nivel de concienciación de cada persona, así como en la elección en el consumo. Considero que esta perspectiva está condenada al fracaso.

Por un lado, orientar el análisis desde posiciones de sensibilidad individual corre el riesgo de acabar en una suerte de superioridad moral. Por otro lado, al centrarse en la elección individual de consumir un producto, se presenta como alternativa de consumo dentro del actual sistema.

El problema es que con esta perspectiva no se va a lograr un descenso significativo en el consumo de alimentos de origen animal. Una alternativa de consumo motivada por sensibilidades individuales es un gran caramelo para este sistema económico. Las grandes cadenas de supermercados ya tienen una sección vegana al mismo tiempo que bajan el precio de sus alimentos cárnicos, obligando a las ganaderas a empeorar las condiciones de sus granjas.

Por este motivo, y por la necesidad de reducir significativamente nuestro consumo de carne, considero necesario que se introduzca en el debate una perspectiva material.

Empecemos por la concepción que se tiene de la vida de un animal en la industria ganadera dentro del sistema capitalista. Al ver las imágenes que nos mostraban las cámaras de Salvados, muchas de nosotras pensamos ¿Cómo pueden tratar así a un ser vivo? ¿Cómo pueden respetar tan poco la dignidad de una vida?

Gran parte de la incomprensión viene de que donde nosotras vemos un animal, un ser vivo, la industria ve un producto, una mercancía. No se trata de la maldad innata de ciertas personas, sino la mercantilización que se le asigna a ese animal. La denominada revolución ganadera, que asentó el modelo de ganadería industrial e intensiva actual, se realizó introduciendo conceptos similares a los de cadena fordista de producción en este sector. El animal pasa de concebirse como un ser vivo a un producto en diferentes fases de elaboración.

Por otro lado, es imprescindible abordar las consecuencias que tiene el consumo de carne sobre nuestro planeta. Una de las cosas que no vimos en Stranger Pigs es todo aquello que se necesita para que la industria ganadera funcione. Las cantidades de agua, energía, tierra y cereal que esta industria necesita son realmente abrumadoras.

Para conseguir un kilogramo de carne de ternera se necesitan 15.000 litros de agua, según datos de la FAO. Algunas estimaciones afirman que producir un kilo de proteína animal requiere 40 veces más agua que la producción de un kilo de proteína de cereales o 200 veces más que un kilo de patatas.

En cuanto a uso de tierra, la ganadería es el sector con mayor ocupación directa (pastoreo) e indirecta de tierra agrícola (monocultivo de piensos). Así mismo, se ha cifrado en un 20% del total las emisiones de efecto invernadero por parte de la ganadería industrial. Este dato es superior al sector del transporte.

El problema no se queda en lo increíblemente devorador de recursos y contaminante que es este sector, sino en el vertiginoso aumento del consumo de carne. Desde 1.950 hasta la actualidad la población humana se ha multiplicado por 3, pero el consumo de carne se ha multiplicado por 5.

Si toda la población del planeta adoptara la dieta de Estados Unidos o Europa nos encontraríamos en un colapso absoluto. Según algunos cálculos, harían falta 4 planetas Tierra para satisfacer la demanda de tierra agrícola necesaria para de tal cantidad de carne. Occidente y el sistema capitalista no sólo expolian a los países del sur global, sino que además presentan como sinónimo de progreso y calidad de vida un modo de vida en absoluto generalizable.

Avanzar hacia una dieta vegana, junto a otros vectores de lucha política, es necesario. Sin embargo, poner el foco en el consumo no nos permite hacernos una idea de la magnitud del problema. Debemos abordar este tema desde una perspectiva material que ponga el foco en la producción y en el actual sistema económico. Debemos abordar la problemática desde una perspectiva colectiva, huyendo de ópticas individuales fácilmente asimilables y desprovistas de poder subversivo.

Este paso, además, nos permite hacernos conscientes de las implicaciones materiales que vamos a tener que asumir para un futuro ecológicamente sostenible. Un futuro libre de opresiones, para todas las especies, es posible, pero exige que nos hagamos cargo de nuestra presencia en el planeta Tierra.

 

Martín Lallana es militante de Jóvenes Anticapitalistas Madrid.