Marta Autore | Una marcha de 30mil personas ha desfilado el pasado sábado por Macerata, una ciudad de poco mas que 40mil habitantes del centro de Italia, detrás de una pancarta que decía: “Movimientos contra cualquier fascismo y racismo”. Otras marchas se han convocado en la misma tarde en otras ciudades italianas como Milán, Bolonia, Turín, Palermo y Piacenza. Una respuesta importante de ciudadano/as y asociaciones, en el final de una semana profundamente oscura y perturbadora para un país que ha salido del nazifascismo hace poco menos de 70 años.

Pero rebobinemos los acontecimientos. El día 3 de febrero un hombre de 28 años saca una pistola y empieza a disparar balas por la calle desde su auto, hiriendo a 6 personas, 3 de ellas de forma grave. Podría parecer uno de los ataques terroristas que hemos visto en los últimos años, pero las victimas son todxs inmigradxs africanxs; su única “culpa”, el color negro de su piel. Y el autor del ataque es un italiano, Luca Traini, candidato en el 2017 con la Lega Nord en su pueblo. Un personaje cercano a organizaciones políticas neofascistas como Casapound y Forza Nuova, con el tatuaje de un símbolo nazi en su sien.

Estamos, por tanto, ante un acto de terrorismo fascista. Un acto que el mismo Traini no ha tardado en relacionar con el feminicidio de una mujer de 22 años, Pamela M, de cuyo asesinato está actualmente acusado un inmigrado nigeriano, declarando que su intención era inicialmente acudir al tribunal para “golpear al nigeriano” y que luego había cambiado de idea, y proponiendo una vez mas la instrumentalización del feminicidio para legitimar racismo y xenofobia, según ese entrelazamiento entre ideología racial y de género que lamentablemente ya estamos acostumbrados a ver.

Aun más perturbador que el mismo ataque ha sido lo que se ha producido en los días siguientes en la prensa. Así, las declaraciones de políticos y representantes institucionales, en medio de la campaña electoral de cara a las elecciones del día 4 de marzo, han sido una utilización instrumental del ataque. Si los partidos de derecha utilizaron los acontecimientos para dibujar una realidad en que el ataque es un acto de un loco y el verdadero problema es la “bomba social” de la inmigración (vénase, por ejemplo, las declaraciones de Matteo Salvini, el líder de la Lega, según el cual “la culpa es de la inmigración incontrolada”), para el Ministro del Interior Minniti (Partito Democratico) “no se puede dejar que la gente haga justicia por si misma” y Matteo Renzi sigue la misma línea declarando que “el de Macerata es un acto racista, pero no son los pistoleros los que pueden hacer justicia”. Hacerse justicia entonces, como si Mahamadou Toure, Jennifer Otioto, Festus Omagbon, Gideon Azeke, Wilson Kofi y Omar Fadera tuviesen alguna relación con el homicidio de Pamela M, otra que no sea tener el mismo color de piel de la persona que está actualmente investigada. Ese no considerar los otros como individuos e identificar el entero grupo por las acciones de uno, se encuentra en la base ideológica misma del racismo.

Pero, afortunadamente, fuera de las instituciones hay decenas de miles de personas desde toda Italia que han marchado el pasado sábado en Macerata para llamar a lo que ha pasado por su nombre: no se trata del gesto aislado de un loco, sino un gravísimo acto de violencia fascista y racista, en un país en que los militantes de extrema derecha han sido protagonistas de decenas y decenas de agresiones hacia inmigrados y antifascistas en los últimos años (aquí un link que enseña un mapa con agresiones desde el 2014) y en que organizaciones neofascistas siguen existiendo a pesar de que en la Constitución esté escrito que está prohibido “exaltar a exponentes, principios, hechos o métodos del fascismo”. Miles de personas han gritado fuerte este sábado que fascistas y extrema derecha no son los únicos responsables de lo que ha pasado: que el odio racista y la xenofobia se están propagando en nuestros territorios gracias a las políticas de los gobiernos de cualquier signo que hemos tenido en los últimos años. Políticas sobre la inmigración, de cierre de las fronteras, clandestinización, negación de derechos de ciudadanía y básicos a lxs migrantes y refugiadxs, que han establecido y reforzado el odioso binomio inmigración/seguridad. De esta forma, el odio racista y la xenofobia se propagan por los discursos de las fuerzas políticas que alimentan la idea de que si empeoran de las condiciones de vida de ciudadanas y ciudadanos es porque los migrantes roban el trabajo y no por la austeridad impuesta y por las decisiones políticas asumidas dentro del marco neoliberal.
Esta movilización ha servido, además, para que decenas de miles de mujeres hayan han deslegitimado cualquier instrumentalización del cuerpo de las mujeres para fines racistas y fascistas, reiterando que “el feminicidio es la punta del iceberg de un fenómeno estructural en nuestra sociedad como la violencia machista y que no puede ser aprovechado por el oportunismo político”, como dice el comunicado del movimiento feminista Non Una Di Meno, también presente en la marcha de Macerata.

Una marea antifascista ha desfilado el pasado sábado en Macerata: mestiza, colorada, determinada, rabiosa y sin miedo. Una marcha prohibida por razones de seguridad por el Ministerio del Interior hasta pocas horas antes de su comienzo, sin la presencia de alguna fuerza política parlamentaria, incluso con los titubeos de la dirección nacional de la Asociacion Nacional de Paritsanos Italianos (ANPI), también quizás acondicionada por la campaña electoral. Una marcha espejo de un país en que las instituciones y las fuerzas políticas han contribuido a construir un clima de odio y xenofobia, y en el que solo a través de un frente de los movimientos, organizaciones y asociaciones que, en el día día, trabajan para garantizar una vida digna a quienes llegan a nuestro país, quizás pueda poner unfreno al creciente clima de racismo y fascismo.