Manel Barriere Figueroa | Alias Grace es una miniserie dramática de seis episodios basada en una novela de Margaret Atwood, quien ejerce, como productora ejecutiva, control sobre el contenido. Ha sido adaptada para la pantalla por la actriz y directora Sarah Polley. Ambas son además activistas feministas. Un sangriento asesinato, una hermosa mujer condenada a cadena perpetua como inductora, un joven y apuesto psiquiatra que quiere recuperar la verdad de los hechos de su perturbada memoria, un aborto con final dramático, una posesión, una rebelión sofocada a sangre y fuego, un misterio que nos mantendrá en vilo hasta el final. Elementos de lo que podríamos clasificar como una obra de género.

Los géneros narrativos se articulan alrededor de una serie de convencionalismos que nos ayudan a situarnos, como espectadores, en ese lugar en el que la sorpresa se da por sentada y lo inesperado surge, precisamente, de la repetición. Nos acomodamos a una experiencia que no por estar guiada tiene que dejar de ser sutil e incluso profunda, pero que suele enmarcarse dentro de lo que entendemos por entretenimiento. En manos de un autor con otras inquietudes, esos mismos elementos pueden convertirse en una puerta de entrada hacia horizontes narrativos de mayor calado, cuya imbricación nos obliga a interrogarnos sobre nuestra experiencia y sobre la experiencia de unos personajes que representan mucho más que meros estereotipos.

Desde el primer episodio de Alias Grace, la sensación de estar viendo una obra de género se desdibuja, ante un discurso que plantea un sin fin de interrogantes. El mundo es complejo, y obstinarse en esclarecer la verdad de los hechos puede que nos impida ver lo que hay más allá de la superficie. Las inquietudes de un autor suelen estar íntimamente relacionadas con el punto de vista, y es con este elemento con el que el dúo Atwood-Polley teje una red de ambigüedades que al fin revelará la verdad de un mundo y de un personaje que le hace frente con lo que tiene a mano.

Dos relatos se cruzan a lo largo de la serie, ambos procedentes de la voz de Grace Marks. Pero si uno lo cuenta la propia Grace mientras cumple condena al joven psiquiatra Jordan, el segundo procede de una carta que años después, ya liberada y viviendo en una granja un apacible matrimonio de conveniencia, le escribe sin siquiera saber si este la leerá o no. La ambigüedad surge de la diferencia vital entre las dos Grace de edades diversas, pero también de otros elementos relevantes.

Si la voz en off es siempre la de ella, los continuos flash-backs narrativos parecen reflejar más bien el punto de vista del Dr.Jordan, que coincide con el del comité que le contrata para encontrar argumentos que permitan excarcelar a la joven rea. Liberales acomodados, mujeres ociosas dedicadas al espiritismo y a la beneficencia, más interesados en salirse con la suya, demostrar su razón, que en la condición de la propia Grace. Vemos una niña ingenua víctima de un padre que abusa de ella, mujer que no abandonará esa condición de víctima desvalida hasta el final de su vida. Provoca compasión y miedo, por la violencia de los hechos que se le imputan, y en el Dr.Jordan una perturbadora atracción sexual reflejo de su propia represión moral.

Es un punto de vista de clase definido a su vez por la pugna entre el nuevo mundo y la vieja aristocracia que tiene lugar en ese momento concreto. La rebelión de los campesinos pobres ha sido aplastada, Canadá sigue bajo el dominio de la Corona británica. El poder condena a Grace Marks, inmigrante irlandesa y empleada doméstica, y la somete a torturas y tratos vejatorios, los liberales quieren salvarla, pero solo si ven en ella a la mujer inocente víctima de la brutalidad de los amos. Grace está, sin embargo, poseída por el espíritu de su amiga rebelde. O tal vez no. Tal vez su condición de mujer la obliga a navegar a través de una sucesión de opresión, abusos y violencia ante los cuales reacciona como un ser humano, sin más. Ahí es donde se sitúa el punto de vista de las autoras, al lado de la mujer cuyo punto de vista ha sido sistemáticamente aplastado.

¿Fue Grace Marks realmente culpable de los atroces actos que se le imputaban? La clave nos la da su encuentro con la única criada negra que aparece en toda la serie, seguramente huida del aún esclavista país vecino.
— Tú no pareces tenerme miedo, Clarrie —le pregunta Grace.
— ¿Tenerte miedo por rebelarte contra tu señora? —contesta Clarrie mientras sigue con sus labores—. Señorita Grace, ¿de dónde crees que vengo?