Sería una pena si vamos a la calle todas contentas y después regresamos a casa y no se une este momento con la construcción de algo distinto. – Silvia Federici

Cuando pensamos en radicalidad, cohesión, solidaridad mutua y capacidad de movilización, nos viene a la cabeza, casi de manera inmediata, el color morado. Y es que es innegable el alcance mediático que ha obtenido el movimiento feminista en los últimos años: cientos de manifestaciones, discursos reivindicativos, hashtags de denuncia, concentraciones en apoyo a compañeras víctimas de violencias machistas, los Oscar y Hollywood, manifestaciones masivas del 25N, la ola imparable del 8 de marzo, los Goya, Argentina, México, Estados Unidos, MeToo, “la manada somos nosotras”… cada vez son más los puños que se levantan conscientes de la opresión de un sistema que nos excluye, menosprecia, maltrata, aísla e, incluso, asesina.

A las mujeres que no vivimos la dictadura ni la Transición, que nacimos después de haberse despenalizado el aborto y que éramos apenas unas niñas cuando se aprobó la ley integral contra la violencia de género, nos han vendido que vivimos en un mundo donde el machismo ya se ha resuelto. Nadie nos prohíbe acceder a estudios técnicos, y por tanto no debe importarnos que sólo un 24% de los estudiantes de carreras científicas o ingenierías sean mujeres. Las leyes no permiten la discriminación salarial directa, por lo que no deberíamos fijarnos en una brecha salarial que nos hace “trabajar gratis” una media de 54 días al año. No sabemos si la igualdad formal ya está conseguida, pero lo que sí tenemos claro las miles de mujeres jóvenes que durante los últimos meses hemos salido a las calles de todo el Estado es que la discriminación y la violencia siguen siendo muy reales en nuestras vidas diarias.

Crecimos con historias de princesas rosas, príncipes azules y finales felices para, conforme crecíamos, darnos cuenta de que el rosa no es nuestro color favorito, de lo mucho que frustran las carencias comunicativas del príncipe, que los besos no deseados no son románticos sino abusivos, que las perdices las preferimos bien vivas y que los finales felices no serán posibles mientras existe el capitalismo. Que ser madres no es nuestro objetivo en la vida, que igual el beso que queríamos era el de la princesa y que, puestas a pedir, mejor acabamos con las instituciones arcaicas y patriarcales como la Monarquía.

Si bien es cierto que el movimiento feminista destaca por la pluralidad de sujetos que lo forman, las jóvenes hemos irrumpido con fuerza en todas las movilizaciones recientes. Hemos creado colectivos no mixtos en universidades de todo el Estado, impulsado asambleas feministas en muchísimos institutos, abierto el debate de la falta de referentes femeninos y de la necesidad de una educación feminista, y nos hemos reapropiado de nuestras fiestas autoorganizándonos para defendernos colectivamente de las agresiones sexuales y las violencias machistas. Hay quienes nos miran con sorpresa, pero este aumento de la movilización en los sectores de mujeres más jóvenes no es sino un claro indicativo del hartazgo, frustración y necesidad de ruptura con el antiguo régimen que las nuevas generaciones vamos mostrando.

El cuestionamiento del statu quo transforma nuestras identidades sociales hasta el punto de generar un estado de ruptura entre lo que debimos ser y ya nunca seremos. No basta con intuir las injusticias y opresiones que nos esperan en una sociedad de clases marcada por las relaciones de poder: necesitamos crear lazos de sororidad y experiencias concretas de autoorganización para empoderarnos y liberarnos juntas. Necesitamos hacer del feminismo, todavía más, un gran movimiento social que nos incluya a todas y que nos ponga en contacto con otras situaciones materiales diferentes a las propias e individuales. Necesitamos constituirnos como sujeto propio capaz de romper con un sistema que nos humilla, nos invisibiliza, nos desprecia y nos explota. Por esto y mucho más, las mujeres estudiantes, las jóvenes precarias, las que nos juntamos en los bancos de los parques, las que estamos hartas de no poder bailar sin recibir acoso, las que cuidamos a nuestras abuelas y abuelos, las que no podemos más con la presión estética y las que no entendemos por qué se espera que nos subordinemos a nuestra pareja, vamos juntas a la huelga.

Este 8 de marzo no debe ser entendido como el punto y final de un largo historial de movilización, rebeldía e insubordinación feminista, sino como una excusa para construir algo mucho más grande. La huelga feminista es la oportunidad de ponernos en contacto, de tejer alianzas entre colectivos y asambleas, de re-conocernos en las otras y de avanzar colectivamente. Construyamos juntas una huelga que sea capaz de aglutinar gran diversidad de realidades y de sujetos con un mismo objetivo, y que quiera y sepa dar continuidad a esta manada morada. Una huelga que no tenga como finalidad la mera movilización y denuncia de un sistema que ya no podemos ni queremos soportar, sino que entienda las potencialidades de ruptura que se nos ofrecen si sabemos mirar más allá de este jueves.

La creación de redes sólidas que pretendan crear espacios comunes de lucha y solidaridad se convierte en condición necesaria para la continuidad de esta experiencia y para el fortalecimiento y la intersección de las resistencias. Romper el aislamiento de las luchas y el individualismo que se nos impone es una cuestión prioritaria si queremos tener una vida digna. Por ello, jóvenes de diferentes pueblos y ciudades nos hemos unido en el proceso Abrir Brecha, un llamamiento para profundizar la grieta abierta por el movimiento feminista y LGTBI contra el machismo y el patriarcado, articulando una respuesta antifascista y antirracista frente a quienes siembran el odio, la xenofobia y la homofobia. Porque la juventud siempre ha tenido un papel fundamental en las transformaciones sociales, y desde el movimiento feminista lo estamos demostrando de nuevo.

Esta semana millones de mujeres saldremos a las calles de todo el mundo con un mismo objetivo: acabar con el patriarcado. Millones de mujeres con un mismo color, el morado. Millones de mujeres que nos sabemos conscientes de que, si golpeamos juntas, golpeamos más fuerte. Y que, si nos coordinamos y organizamos, el 8M no será final de nada sino un trampolín desde el que saltar con más fuerza. Radicales, solidarias, rebeldes, diversas, unidas y desobedientes: porque la manada somos nosotras, vamos juntas a la huelga, compañeras.


 

Vivi Arana es activista del colectivo Madrid Diversa y participa en el proceso Abrir Brecha

Julia Cámara es activista del colectivo Feminismo Unizar en Zaragoza y participa en el proceso Abrir Brecha