Mª Teresa Lobo de Dueñas | La división sexual del trabajo consiste en el reparto de tareas diferenciado entre hombres y mujeres. La división sexual del trabajo es, sobre todo, una relación de poder. Las mujeres se han dedicado históricamente al trabajo doméstico no remunerado, de ahí su menor tasa de actividad laboral. Existe quien trata de dar una explicación biologicista a este fenómeno aludiendo a la capacidad de procrear o “las diferentes capacidades”. También se recurre a presentar el trabajo de hombres y mujeres como complementario -dentro de un contexto heterocispatriarcal-, cuando en realidad la relación entre ambas actividades es jerárquica.

Existe una segregación horizontal del trabajo. Hay ocupaciones que se consideran masculinas (industria) o femeninas (enfermería y otros servicios relacionados con los cuidados) y las mujeres y hombres se distribuyen desigualmente por ramas y sectores de actividad. También hay segregación vertical. Es lo que se conoce por techo de cristal y es una separación por procesos de trabajo, por secciones, puestos y calificaciones laborales. En ambos casos las funciones atribuidas a lo masculino – las labores “productivas” – se valoran más socialmente frente a las consideradas femeninas. Se margina social, política y económicamente la esfera reproductiva en contraste con la centralidad de la productiva. Forma parte de una estrategia que divide la economía en sectores ‘visibles’ e ‘invisibles’ en la que actividades se excluyen de la economía ‘real’ pese a ser su fundamento. No es nuevo, las amas de casa en los países industrializados y las colonias en África, Asia y América Latina excluidas funcionaron y funcionan como colonias internas y externas del capital. Actualmente, ambos mecanismos convergen en lo que se ha venido llamando como crisis de cuidados.

Lejos de ser inamovibles, las actividades y responsabilidades asignadas pueden variar a lo largo de la historia (por ejemplo, en tiempos de guerra) y en función del contexto (por ejemplo, en distintos entornos culturales o socioeconómicos). La asignación histórica de los hombres al ámbito productivo y de las mujeres al ámbito reproductivo no es ni atemporal ni inevitable. Hoy en día esa división es más sutil: nosotras nos hemos incorporado en masa al trabajo productivo, pero los hombres no se han incorporado al trabajo dentro de casa y las estadísticas lo confirman.

Con la división sexual del trabajo nace el patriarcado, aunque no se sabe a ciencia cierta cuándo ni de qué manera. El capitalismo se aprovechó de esa división sexual para fundarse, privatizando las actividades referentes al cuidado y la reproducción. El capitalismo modificó el orden patriarcal ya existente y acentuó la separación de lo “privado” y lo “público”. Las mujeres se convirtieron en las sirvientas de la fuerza de trabajo masculina. Someter el trabajo y la función reproductiva de las mujeres permitió el desarrollo del modo de producción capitalista. Invisibilizar estas actividades facilita explotarlas y no retribuirlas, aunque la fuerza de trabajo este sostenida y reproducida por el trabajo doméstico y de cuidados. La acumulación originaria genera también una acumulación de divisiones y jerarquías sexuales en el seno de la clase trabajadora.

Sobre esa base no sólo se diferencian las tareas de mujeres y hombres, sino sus experiencias, sus vidas, el uso que hacen de su tiempo y su relación con el capital y con otros sectores de la clase trabajadora. Las mujeres no son solo despojadas del control sobre los medios de producción, sino que también lo son sobre sus propios cuerpos.

 

Mª Teresa Lobo de Dueñas es militante de Anticapitalistas y activista feminista.

 

Puedes leer éste y otros artículos en el número 5 de la revista Poder Popular:

Revista Poder Popular #5