Víctor de la Fuente | A pesar de los adornos, del coaching y la nueva vía del “salario emocional”, el trabajo no es hoy muy diferente al de hace 50 años.

A medio siglo de la que fue la mayor huelga de Europa Occidental, el Mayo francés de 1968 se mantiene hoy muy vivo. En aquel momento, los llamados obreros especializados, aquellos de menor cualificación que ocupaban la mayor parte de los puestos de las cadenas de montaje, fueron, junto con los estudiantes, la chispa que encendió el movimiento.

Releer sobre el 68 francés, es viajar al inicio del fin de los conocidos como los “treinta gloriosos”. El punto de inflexión en la onda larga de expansión capitalista iniciada tras la Segunda Guerra Mundial. Marcada por un aumento sin igual del empleo, crecimiento de productividad, salarios y la estabilización del estado de bienestar en el centro y norte de Europa. Con el comienzo de esta crisis a mediados de los años 60, que alcanza uno de sus puntos álgidos en la crisis del petróleo de 1974, se inicia un aumento del paro y la decadencia del modelo fordista.

Como partes de un todo, los obreros especializados del modelo fordista forman parte de grandes cadenas de montaje donde deben realizar repetidamente una misma tarea a lo largo de toda la jornada. Un sistema pensado para aumentar la productividad al máximo posible, donde se reduzcan al mínimo las “pérdidas de tiempo” de los obreros, que se derivan de realizar diferentes tareas en un mismo puesto de trabajo. La especialización es aquí la piedra de toque, el obrero no necesita de grandes cualidades sino de rapidez en la ejecución. “Speed as a skill” (velocidad como cualificación) es la consigna del modelo fordista implementado por primera vez en EEUU en las industrias de guerra, responsables de nutrir de armas y munición a Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

La solución principal impuesta por la patronal de la época tampoco dista mucho de la actual, aumento de la tasa de explotación para mantener la tasa de ganancia. Comienza así la reestructuración del mercado laboral, que vendrá marcada por una reducción de los salarios, precarización de las condiciones de trabajo (seguridad, tiempos de descanso, flexibilización de horarios, etc.), movilidad y empleo de mano de obra ilegal explotada. Es este panorama el que se plantea a los obreros especializados de las fábricas del país galo. Es este mismo sector el que protagoniza las primeras movilizaciones obreras del 68 francés, la participación en las primeras luchas contra la policía en apoyo a los estudiantes y que más fuertemente rechaza la vuelta a la fábrica tras el acuerdo entre patronal, sindicatos y gobierno.

En 1968 comenzaban a sentirse los primeros efectos del fin de la bonanza y la expansión de los 30 años precedentes. El bajo nivel de paro y la reducida tasa de automatización, aseguraban todavía a los obreros especializados una importante relevancia en la producción. Lo cual les otorgó la fuerza suficiente para protagonizar uno de los papeles más relevantes en el 68 francés. El aumento de los salarios y los subsidios sin duda fueron reclamaciones siempre presentes durante las movilizaciones, sin embargo, las condiciones de trabajo en las que se desarrollaba la jornada laboral tomaron un papel protagonista desde el primer momento. La monotonía y la repetición definían el trabajo de estos obreros. Una misma actividad replicada durante jornadas de 8, 10 o 12 horas en un mismo puesto de trabajo. Un sector principalmente compuesto de jóvenes que rechazaron seguir ganándose el pan a costa de perder la vida frente a una cadena de montaje. Semanas de huelga que supusieron momentos de libertad donde conocer a compañeros de trabajo con los cuales habían compartido miles de horas y apenas conocían. Espacios de sociabilización donde reconocerse como iguales. Lanzarse a la ocupación de las fábricas que habían sido durante tanto tiempo las jaulas donde su trabajo era expropiado. Disfrutar de la riqueza por ellos allí creada. Se extendían las anécdotas que ejemplifican bien a que nos referimos. Como aquellos obreros en las fábricas de Renault, que se sentaban por primera vez en los coches que fabricaban y nunca habían podido utilizar e incluso organizaban carreras alrededor de los muros de la fábrica. Es por esto, que fueron ellos actores principales en el rechazo a la vuelta a la fábrica tras semanas de huelga.

 

Discontinuidades

Tras los convulsos años 60, marcados por la conflictividad obrera en Francia, EEUU, Italia, los países del Este europeo, los años 70 anunciaban ya el nuevo modelo de división social del trabajo y organización de la producción en el que vivimos. Empujados por lo que David Harvey señala como “remedios”, el fin del modelo fabril fordista se debió al traslado de las industrias a países de salarios más bajos, junto con la financiarización de la economía y el impulso tecnológico, impuestos por el capital ante las capacidades del movimiento obrero de masas.

La explotación laboral no se nos presenta actualmente de forma muy distinta a como lo hacía hace 50 o 40 años, pero si se aprecian una serie de discontinuidades en la base sobre la que se configura el movimiento obrero en este nuevo siglo. No es menos cierto que las reclamaciones salariales y la estabilidad en los puestos de trabajo constituyen el inicio de importantes luchas laborales en toda Europa. Que lejos de ser menospreciadas por nadie, nos señalan los contornos de una nueva clase trabajadora con distintas formas y apariencias, pero cuyas reclamaciones no distan mucho de las de los obreros especializados del 68 francés. El rechazo frontal a un sistema de trabajo y a las condiciones que genera traspasan hoy más que nunca los márgenes del marco laboral e inundan completamente las vidas de millones de jóvenes. Márgenes que se tornan difusos en muchas ocasiones, reflejo de la última ofensiva neoliberal tras la crisis financiera del 2008. Ante la cual, la línea marcada por las élites no resulta novedosa: aumentar la explotación para conservar las tasas de ganancia. Pero donde podemos observar ya una primera gran diferencia con respecto al periodo francés al que nos referimos.

El contexto, marcado por los elevados niveles de paro y degradación total de las condiciones materiales de vida de la clase trabajadora. Hoy, la explotación (riqueza extraída en el puesto de trabajo) sigue jugando un papel importante, pero convive cara a cara con la exclusión (trabajadores que quedan excluidos del trabajo estable o directamente son superfluos para el capital). Constituyendo entre ambas la base que define hoy el movimiento obrero de los países industrializados. Elementos presentados como inseparables por Marx en El Capital, pero que durante la etapa expansionista del capital, este los trasladó a los países desindustrializados del sur.

En segundo lugar, la hiper flexibilidad y la terciarización de la economía, juegan un papel protagonista en un país del sur de Europa como el caso del estado español. Consecuencia directa de la división internacional del trabajo establecida en el marco de la Unión Europea. Donde la especulación financiera (aquellas actividades no ligadas a la producción y al comercio) extraen constantemente las rentas del capital hacia modelos regresivos incapaces de generar riqueza.

Castoriadis señalaba en su obra “La experiencia del movimiento obrero”, siguiendo la línea de E.P.Thompson, como las nuevas formaciones de clase comienzan a instaurarse antes incluso de que la técnica y los medios de producción generen mecánicamente una nueva “raza de obreros y burgueses”. Tomando para ello diversos ejemplos históricos, como los estudios de Marx respecto al nacimiento de la burguesía como nueva formación social, más producto de una nueva forma de organizar la producción que de un desarrollo tecnológico y técnico que aún estaba por llegar. Al igual que el nacimiento de la clase obrera en la Inglaterra del S.XVII previo a la extensión de la fábrica, el vapor y el reloj. Siendo, en primera instancia, el fruto directo de nuevas formas de organizar socialmente el trabajo.

En esta línea, podemos analizar hoy la tercera discontinuidad que alberga importantes posibilidades para el movimiento obrero en el siglo XXI. Lo que Bervely J.Silver señalaba hace unos meses en una entrevista en la revista Jacobin, traducida en Viento Sur, en referencia al creciente poder de los trabajadores en el lugar de producción. Beverly reseñaba la diferencia entre el poder asociativo de los obreros, aquel ejercido mediante sindicatos o partidos a través la acumulación cuantitativa. Y el poder estructural, como aquel que deriva de la posición estratégica de los trabajadores en el proceso de producción. Este último puede ser ejercido en los dos planos en los que el trabajador se mueve diariamente, en el mercado y en su puesto de trabajo. Como hemos señalado anteriormente, el primero se ve menoscabado ante las elevadas tasas de paro, mientras que el poder estructural en los puestos de trabajo constituye hoy una de las principales armas del movimiento obrero. El paso del modelo fordista, en el que la producción masiva era la tónica dominante, ha dado paso hoy a la producción “just in time” (justo a tiempo) como vía para eliminar las grandes bolsas de stock de la producción trasladando los riesgos de las fluctuaciones del mercado de los empresarios a los trabajadores. Otorgando a estos últimos un elevado poder de negociación, pues paros productivos en determinados sectores pueden detener la totalidad de la producción. En este sentido, paros del sector logístico, transporte, comunicación tienen un alto poder de negociación con importantes efectos en cascada sobre otros sectores.

La clase obrera se reconfigura diariamente como una relación constante en el conflicto permanente entre el trabajo y el capital. El trabajador de la cadena de montaje da paso a obreros temporales, trabajadores a tiempo parcial, contratos en formación, temporeros, precarios, parados de larga duración. Donde infojobs y las distintas ETT marcan el cuadrilátero donde pelearás cada semana contra el resto para obtener un salario con el que mantenerte unos días más. Reconocer que entre todos esos conflictos se articula una cultura de clase que va más allá de una reclamación de más salario, supone rechazar frontalmente la tesis neoliberal según la cual los obreros sólo nos vemos motivados por una cuestión económica y que no tenemos más inquietudes que esa ni somos capaces de apreciar algo más. Hoy como hace 50 años, no existe promoción ni salvación individual a la que aferrarse, sino enfrentarse colectivamente contra aquello que nos jode la vida diariamente.