Miras llorar los cuervos. Su oscuridad tiene también tus ojos. Son los ojos de quien hace pan en los minutos de la carestía. Casas vacías, saqueadas por las sombras. Estos perros que ladran o que muerden según sus atributos son los mismos de siempre. Son los mismos que esperan comer de los despojos. Los mismos que disputan con los siervos las sobras del que come en la mesa su ruina y sus collares. En la pereza de los comensales ves la encarnadura de los cuerpos famélicos. Hay flores en su boca y sus ojos atraviesan la hez de la penumbra, la carne para el lirio de los inocentes. En su voz hay espina. Y sin embargo dicen sílabas ciertas como cierta es la rama que se quiebra por el peso de la nieve. En su andar de fardo hay mucho de cellisca, del pedernal doliente de los canteros, cuyo oficio es remover las osamentas y enhebrar sus esquirlas para decir a gritos lo que la piedra dice, lo que la tierra dice. Que la muerte es una piedra, una piedra en la boca dispuesta para el hambre.

 

(Luis Luna)