Laia Facet | Barcelona, enero de 1918. El estado de guerra es declarado en toda la provincia. El bando emitido por el capitán general detalla que queda sometido a jurisdicción de guerra, entre otros, “el robo en cuadrilla” y ampara el uso de fuerza ante “la presencia de mujeres y niños”. El estado de guerra sofocaría una de las revueltas menos conocidas y recientemente recuperadas por varias publicaciones el último año: la huelga de mujeres por subsistencias. Ahora que hemos digerido el pasado 8 de marzo y que ya están en marcha los preparativos para el primero de mayo recuperamos este episodio femenino del movimiento huelguístico de la primera mitad del siglo XX.

Como otras ciudades del Estado, Barcelona inauguró 1918 con un enero caliente por la falta de carbón y la escasez en general. Durante quince días miles de mujeres tomaron los barrios obreros de Barcelona. Una revuelta que cogió cuerpo de huelga social femenina y que pararía cientos de fábricas y talleres, arrastrando a más de 24 mil obreras a abandonar sus puestos de trabajo. Como explica Toni Álvaro en su librillo La revuelta de las mujeres, este episodio se encuentra entre dos grandes huelgas en la ciudad: la Huelga General de 1917 y la huelga de la Canadiense en 1919. Entremedias esta olvidada revuelta protagonizada estrictamente por mujeres.

El agotamiento de la “Gran Guerra”, la inflación en alquileres y bienes de subsistencia (pan, carbón, patatas, bacalao…) y un invierno particularmente frío hicieron que las colas ante las carbonerías, donde se encontraban las mujeres de los barrios obreros de la ciudad, fueran un hervidero. Como en las colas del pan en la San Petersburgo de un año antes, la escasez activaba a aquellas que les ha tocado sostener las condiciones de vida en la miseria.

¿Las subsistencias? Buena parte dedicadas a la exportación en el marco de la Gran Guerra. Así era que mientras las mujeres se hacían con carros de carbón o con pan amotinadas, en el puerto de la misma ciudad seguían saliendo cargamentos al mejor postor. ¿Los comerciantes? Además del precio encarecido de las materias que les llegaban, estafaban con el peso y la calidad (carbón aderezado con piedras o arena, carbón mojado para que pesara más…) para sacar mayor beneficio. Éstos hicieron su particular paro cerrando persianas, tanto por negarse a asumir la rebaja de tarifas de los precios de venta que les pretendía imponer la Junta de Subsistencia, como por miedo a ser expropiados por los grupos de mujeres.

¿Y las demandas? El 18 de enero, tras la ruptura con el sector de mujeres del ala radical lerrouxista y con el incremento de la represión en Barcelona y otras ciudades como Málaga, una asamblea estrictamente de mujeres llegaron a tres reivindicaciones por unanimidad: que los artículos de primera necesidad volvieran a los precios de antes de la guerra; una rebaja drástica de los alquileres de los barrios obreros; y la readmisión de los 6.000 obreros ferroviarios despedidos tras la huelga general de 1917 que permitiera desbloquear el transporte de subsistencias. Además, un último epígrafe: la destitución del gobernador civil de Barcelona y del inspector de policía Bravo Portillo, un personaje turbio de la historia de la ciudad bien conocido por el sindicalismo anarquista del momento.

El gobernador civil y el alcalde se reunieron varias veces con una comisión negociadora encabezada por la lerrouxista Amàlia Alegre que fue quien dio el primer paso para activar las movilizaciones. Sin embargo, Alegre se terminó granjeando la desconfianza de la mayoría de las mujeres tras varias negociaciones infructuosas en las que le daban largas. Finalmente, Amàlia condenó las acciones de expropiación que estaban llevando a cabo las mujeres y abogaba por una vía pacífica y legal que la marginó del movimiento. Rosario Dulcet, cenetista y vilanovina de nacimiento, se desmarcaba así de una Amalia Alegre que terminó la asamblea llorando: “las que aconsejan medios persuasivos están en un error o están afiliadas a un partido político, al cual se pretende dar la paternidad del movimiento […] No debemos tener tolerancia contra los acaparadores, puesto que ellos no la tienen para nosotros.”

Mientras, la revuelta se había extendido. De unos cientos de mujeres alrededor de las carbonerías habían llegado a paralizar todos los locales del Paral·lel de Barcelona. Como apuntan las historiadoras Soledad Bengoechea y María-cruz Santos “[No] era un rebombori [alboroto], había una intuición de donde se encontraban las mujeres más explotadas como lo demuestra las interpelaciones a criadas y trabajadoras de los cabarets”. Como las mismas mujeres decían: si no había dinero para las subsistencias, tampoco para el vicio – en un tono algo moralista de la época – y agregaron a las camareras y cabareteras del Paral·lel a la huelga cerrando todos los locales.

No sólo eso, sino que llegaron a arrastrar a la huelga a decenas de miles de mujeres obreras de las fábricas de la ciudad. Cuando los hombres de las fábricas y los estudiantes quisieron tomar parte se encontraron con que las mujeres les frenaron: ya te llamaremos. Quién sabe si porque aquello eran “cosas de mujeres”, luchas “menores” y podían encargarse ellas; o si como decían en los mítines “si nos atropellan nuevamente, nuestros compañeros están prontos a salir a la calle” era una herramienta de amenaza. Como fuera, durante quince días las mujeres de los barrios bajos, del barrio chino, de Sant Martí, del Clot, de Sants… paralizaron la ciudad.

Tras días de mítines, protestas, huelgas y expropiaciones las promesas del gobernador civil se plasmaron en un bando estipulando los precios de los bienes. Un bando al que nadie le hizo caso: insuficiente para las mujeres e inaceptable para los comerciantes. Es así como cuenta Álvaro que las mujeres se plantaban a las puertas de almacenes y comercios exigiendo pagar lo que ellas consideraban justo o expropiando las subsistencias. Los comerciantes, por su parte, se negaban a rebajar los precios generando auténticos enfrentamientos.

Finalmente, la destitución del gobernador civil de Barcelona que había sido incapaz de cerrar aquello y la declaración del estado de guerra en la provincia con el desplazamiento de un escuadrón para hacerse valer sofocaría la huelga quienes volverían en cuenta gotas poco a poco a las fábricas. Sin embargo, en sólo quince días las mujeres de los barrios obreros superaron los sectores más moderados del movimiento femenino, tomaron por su cuenta el reparto de subsistencias en los barrios y mantuvieron una organización exclusiva de mujeres. Poso para las siguientes huelgas como las movilizaciones de las criadas el mismo año o la propia huelga de la Canadiense y que hoy es un legado a recuperar para este nuevo ciclo de huelgas feministas.