Manuel Barriere Figueroa | Hace un tiempo pude ver un documental titulado Arna’s Children, una historia sobre un grupo de niños palestinos que participan en un taller de teatro organizado por una activista israelí. El director, hijo de Arna, sigue a los protagonistas durante años, documentando el proceso a través del cual se convierten en guerrilleros o en terroristas suicidas. Al final de la historia, la mayoría de ellos han muerto. El hijo de Arna parte entonces la pantalla en dos mitades, un recurso más bien televisivo y un tanto artificioso, para mostrarnos en un mismo plano al niño sentado, perplejo y asustado sobre las ruinas de su casa, derribada por los buldózeres israelíes, y al joven convertido en terrorista algunos años después.

He recuperado esta imagen al leer el final de la novela de Pino Cacucci En cualquier caso, ningún remordimiento, cuando Jules Bonnot, herido de muerte y acorralado en su guarida por las fuerzas del orden, escribe en su improvisada carta de despedida: “Tenía el derecho de vivir aquella felicidad. No me lo habéis concedido. Y entonces, ha sido peor para mí, peor para vosotros, peor para todos…” No sé si este texto es real como el personaje, un anarquista que a principios del siglo XX aterrorizó a la burguesía y la pequeña burguesía bienpensante de Francia con sus atracos, pero condensa muy bien el fondo de la cuestión que bulle en esta fabulosa novela. Más allá de la lucha encarnizada contra el poder por unos derechos básicos, está todo lo que la sociedad y el mundo pone a nuestro alcance para ser felices: la infancia, la familia, el amor. Si nos arrebatan el derecho a la felicidad, el vacío que queda puede convertirse en un pozo de amargura por el cual emergerá todo tipo de violencia sin sentido.

Por suerte, Pino Cacucci no actúa (escribe) como un moralista. Su obra propone una profunda reflexión ética a partir de una aventura con tintes de tragedia, que adquiere una dimensión política al evidenciar la barbarie que subyace en ese orden burgués, administrado a sangre y fuego. Cacucci parte del personaje, de unas experiencias tempranas que le convierten en un paria por su espíritu contestatario. Perseguido implacablemente, trabajo, familia y amor le son arrebatados, hasta el punto que todo su potencial humano, sensibilidad, habilidad profesional, son puestas al servicio de una rebelión cargada de resentimiento, que constituye así una huida hacia adelante con un final inevitable.

Por eso la novela empieza con ese final, Bonnot acorralado y defendiéndose a tiro limpio, y termina con un relato pormenorizado de la represión desatada contra el movimiento anarquista posterior a la detención de la banda. Empieza y termina en el mismo lugar, con un dramatismo contenido al principio, vaciado de retórica literaria, pero que apela a los mecanismos de identificación clásicos para acercarnos al drama humano del personaje. Al final, el estilo se transforma, se depura para poder narrar así los acontecimientos de forma directa, desdramatizados, con un ritmo trepidante que nos arrastra pero se mantiene alejado de cualquier sentimentalismo. Es el lector quien debe leer, comprender, desde un punto de vista ético, por sí mismo, en libertad, la imagen que ha construido el novelista: el trabajador honesto y maltratado a un lado, el atracador acorralado y aniquilado a tiros por las fuerzas del orden al otro.

La novela esboza también un fresco del movimiento anarquista alrededor de la Banda Bonnot, de sus protagonistas, sus ideas y motivaciones, su humanidad, destacando por su integridad política al activista y escritor Víctor Kibalchich, conocido posteriormente como Víctor Serge, quien cumplió cuatro años de condena pese a no haber tomado parte en ninguno de los actos cometidos por la banda. Me gusta pensar que es este personaje, y su ejemplo, el que ha escogido Cacucci para iluminarnos, incluso en tiempos oscuros como los que nos atenazan.

 

En cualquier caso, ningún remordimiento
Pino Cacucci
Editorial: Hoja de Lata
400 páginas, 19,90 €