Pablo Rochela | Ayer fue una jornada histórica para la provincia de Teruel: 40.000 personas recorrieron las calles de Zaragoza lanzando un grito de socorro para el sur de Aragón. Más de 100 asociaciones, colectivos, sindicatos, organizaciones y partidos apoyaron la manifestación que convocó la plataforma Teruel Existe bajo el lema “Aragón se muere por el sur, #SalvemosTeruel”.

Desde hace muchos años se vienen reclamando medidas contra la despoblación, la subida de la media de edad y la falta de empleo y de infraestructuras de toda índole: transporte de pasajeros y mercancías por tren y carretera, centros de estudio y formación, centros de atención médica, servicios sociales, acceso a las nuevas tecnologías, etc. Todos estos problemas que impiden el desarrollo de Teruel y nos llevan al olvido y a la muerte lenta no son exclusivos de la provincia, sino que son compartidos por otras zonas aragonesas y del resto del estado como Huesca, Soria, Palencia, Cuenca, Guadalajara, Segovia.

En el manifiesto que ayer se leyó al final de la movilización se realizaron reivindicaciones necesarias para que la provincia salga de su actual situación de emergencia: autovías, desdoblamiento de carreteras nacionales, corredor ferroviario Cantábrico-Mediterráneo por Teruel, banda ancha en el 100% del territorio, hospitales de Alcañiz y Teruel, y una PAC justa e igualitaria que no discrimine desfavorablemente a los agricultores y ganaderos turolenses.

Si a esta falta de infraestructuras vertebradoras y de planes de desarrollo les sumamos la incompetencia y desidia de los gobiernos a distintos niveles administrativos que durante muchos años ha llevado a perder ayudas y a tener que devolver partidas que había llegado por distintos canales (fue muy sonado el caso del FITE con el reciente esperpento de la pérdida de los remanentes de años anteriores), la indignación de la población turolense llega a niveles máximos. Y, desde luego, no es una solución la construcción de macro-proyectos caros que generan beneficios puntuales a un sector muy concreto de gente y no repercuten para nada en el resto de la población.

Después de tantos años de cambios de gobiernos y relevos de responsables políticos, queda claro que tampoco es una cuestión de caras, ni siquiera de voluntades e intenciones personales e individuales. De nada sirve cambiar entre los partidos de siempre (PP y PSOE) y sus muletas (PAR y próximamente Cs). Continuamente se turnan en los gobiernos y cogen las pancartas los primeros cuando lanzan sus promesas electorales.

Entonces, ¿es este desequilibrio inevitable? ¿es la despoblación que nos carcome algo natural e inexorable? Claramente no. Se trata de un problema más global y sistémico, de un modelo económico que condena a los débiles al olvido, que pone por delante los beneficios y el enriquecimiento de unos pocos a costa de la gran mayoría de una población desperdigada y no rentable, donde los negocios están por encima de los derechos de las personas y de la supervivencia de los pueblos.

Y esto no es otra cosa que el neoliberalismo: rebajar la inversión del Estado en medidas sociales y de desarrollo para reducirlo todo a la rentabilidad económica sumada al beneficio del sector privado. ¿De qué sirve invertir recursos en una zona en la que no hay beneficios ni a corto ni a medio plazo? ¿De qué sirve invertir esfuerzos en una provincia en la que todos los beneficios serían sociales y las pérdidas económicas? No (les) interesa.

La batalla cultural ganada por los neoliberales nos hace cómplices a la hora de aceptar y reproducir a diario afirmaciones tan comunes en nuestra tierra como: no es rentable mantener escuelas, centros de salud o infraestructuras de transporte para una población tan reducida. Sin embargo, sí se permiten desmanes inmobiliarios o descontrol en la deuda bancaria y de peajes de autopistas, que posteriormente debe rescatar el Estado para que los responsables políticos y empresariales no salgan perjudicados.

Por tanto, vemos que la clave no se encuentra en que algo sea rentable o no para la sociedad, sino en las prioridades que desde las élites marcan: el beneficio económico por delante de las personas, mucho más acusado allí donde cada vez vive menos gente y la oportunidad de negocio disminuye.

Así pues, ¿cómo afrontamos esta situación? Es evidente que sería una mala decisión alimentar las teorías de Teruel contra Zaragoza-Aragón, que sólo llevan al victimismo y nos aísla de todos esos pueblos hermanos con los que la suma de fuerzas y alianzas concretas nos puede ayudar para conseguir objetivos tangibles.

Tenemos muchísimo trabajo por delante lleno de dificultades, pero no podemos quedarnos inmóviles por el presente y futuro de nuestra tierra y sus gentes. Debemos ser conscientes de que la autoorganización y el impulso del crecimiento del tejido asociativo turolense es imprescindible junto con la unión en las luchas con nuestros territorios vecinos. Busquemos y creemos soluciones políticas adaptadas a nuestra realidad y necesidades que superen los intereses neoliberales y las redes clientelares que las élites aragonesas y turolenses aplican desde los gobiernos de los de siempre.

La salida masiva a la calle que ayer se demostró en Zaragoza fue una magnífica noticia que no debe quedarse ahí, sino que debe profundizarse acompañada del señalamiento más directo de responsables políticos y del modelo económico, para crear alternativas que saquen de esta situación de abandono a Teruel y construir así el presente y futuro digno que nos merecemos.

 

Pablo Rochela es turolense y militante de Anticapitalistas Aragón.

Imágenes de Teruel Existe, Cadena Ser Teruel y Pablo Rochela.