Ernesto Díaz | El concepto “intersección” podría describir desde una perspectiva marxista dos cosas diferentes:

1. La síntesis de distintas opresiones y dominaciones que cristalizan tanto personal como colectivamente. Por ejemplo, las obreras negras sufrirían una convergencia de tres relaciones de opresión: por ser obreras, mujeres y negras.

2. Los esfuerzos por agrupar distintos actores políticos y distintas partes de las clases populares, así como de los distintos colectivos con opresiones específicas, con el objetivo de construir un “bloque” para romper con el capitalismo.

Estas acepciones no son contradictorias sino si diferentes. Mientras el primero se centra en una descripción sociológica de las distintas opresiones, el segundo describe una dinámica política centrada en construir convergencia entre sectores que no están vinculados “a priori”.

Para discutir seriamente sobre interseccionalidad, el debate no debe ser abarcado en sus rasgos abstractos, sino que deben ser bajados a la terrenalidad de la práctica y ver como operara en distintos contextos históricos, aunque sea de forma muy general.

 

Un debate de largo recorrido

Aunque ni en Marx ni en Lenin podemos encontrar explícitamente el uso del concepto, podemos decir que su significado está latente en la obra de ambos. Durante una parte importante del siglo XIX y del XX el debate se expresa en términos de “unidad” y no de “intersección”. Son momentos donde la clase trabajadora se encuentra localizada y sustancialmente organizada, ya sea sindical o partidariamente. Por ello, la forma de avanzar de forma práctica hacia una convergencia de los y las oprimidas y explotadas pasaba en parte por la unidad de tales organizaciones sociales y políticas en una dinámica revolucionaria.

Hablemos por ejemplo de Marx. Aunque en su obra encontramos una confianza enorme en las capacidades del proletariado para impulsar una dinámica revolucionaria, sabe que las revoluciones ni se impulsan ni se consolidad solo en torno a esta clase social. En su descripción sobre la dinámica revolucionaria de la Francia del siglo XIX hace constantes alusiones sobre la convergencia entre el proletariado y otros sectores intermedios dentro de la estructura de clases. Sin embargo, no parece avanzar ni propuestas ni medios con los que construir dicha intersección. Su aportación se reduce más bien a constatar sobre los hechos la necesidad de impulsar alianzas entre distintos sectores para romper con el capitalismo.

Cuando hablamos de Lenin y del partido bolchevique, podemos hacer alusión a los dos conceptos clásicos que guiaron la estrategia revolucionaria de los rusos. Antes de la revolución rusa, el concepto que guiaba la política de los bolcheviques era la de la “dictadura democrática de obreros y campesinos”. La clase trabajadora era fuerte pero tenía un peso específico muy reducido en el conjunto del país por su escaso desarrollo numérico. Por ello, era inimaginable que una clase tan minoritaria fuera capaz de impulsar y consolidar una revolución sin alianzas amplias. Por eso, era completamente necesario hacer converger al movimiento obrero de la ciudad con los campesinos del campo.

El concepto cambia con la irrupción de la revolución rusa y el partido pasa, a partir de abril, a apoyar directamente la “dictadura del proletariado”. El significado real de este concepto en términos de alianza significaba seguir buscando la alianza entre el proletariado y una parte del campesinado, pero con el objetivo de profundizar la revolución abierta en febrero de 1917 hasta la construcción de una dinámica que rompiera los límites del gobierno provisional. La forma política de dicha unidad fue el primer gobierno soviético, formado por los Bolcheviques, los Mencheviques Internacionalistas y los Socialistas revolucionarios de izquierda.

Podemos hablar también de los años 30 y 40, cuando el debate sobre la unidad se encuentra monopolizado por posiciones ultrasectarias y más tarde por los “Frentes Populares”. Las posiciones ultrasectarias predominaron en la mayor parte de los partidos comunistas hasta 1935 y están representadas por las denuncias del “socialfascismo”. Los PCs centraron la mayor parte del trabajo en una crítica férrea de todos los PS. Ni siquiera llegaban a acuerdos parciales. Esta dinámica mantenía divididos a partidos, sindicatos y organizaciones obreras, dificultando la convergencia de distintos sectores oprimidos y explotados. El resultado final será el tremendo aislamiento de los PCs y el ascenso del nazismo y fascismo.

Hacia el 35 el balance que se hace de dicha política es tremendamente negativa. La III Internacional da por entonces un giro de 180º hacia los “Frentes populares”. El nuevo objetivo que se habían propuesto los partidos comunistas era buscar toda alianza posible para derrocar al fascismo y al nazismo, con unas posiciones políticas consolidadas a nivel europeo. Sin embargo, las alianzas buscadas por los distintos PCs fueron tan amplias que debilitaron enormemente una posible dinámica revolucionaria.

 

Mayo del 68 como experiencia de transición

El año 1968 fue otra gran experiencia que mutó la concreción de la interseccionalidad. A diferencia del periodo que va desde principios de siglo hasta los 60, el movimiento obrero no era ya la única potencia revolucionaria. Comienzan a surgir distintos actores por fuera del movimiento obrero clásico y por fuera de los partidos del movimiento obrero organizado. El movimiento feminista, el ecologismo, el movimiento antiimperialista o el juvenil comienzan a afirmarse como movimientos con autonomía.

Al surgir fuera de los márgenes de las organizaciones clásicas, la construcción de “intersecciones” no pasaba solo por la convergencia de los partidos ya formados, sino del encuentro entre esos movimientos y de las organizaciones revolucionarias. Por eso, una parte de las organizaciones revolucionarias comienza a trabajar políticamente en una perspectiva de convergencia entre todos esos movimientos y los partidos revolucionarios.

Por ejemplo, es ilustrativa la perspectiva de “vanguardia táctica” con la que trabajaban militantes revolucionarios. Esta perspectiva ponía sobre la mesa que una parte de la juventud estudiantil podía servir de chispa que reactivara un movimiento obrero que se encontraba domesticado por cúpulas sindicales y partidarias fuertemente burocratizadas. Lo interesante es que esta perspectiva respaldaba sobre los hechos la necesidad de construir una convergencia entre un nuevo movimiento juvenil independiente y el movimiento obrero. Ambos sufrían problemas sociales derivados del capitalismo, pero ninguno era capaz de romper con el sistema sin el otro. Por tanto, tocaba construir solidaridades y convergencias que no son naturales.

 

La caída del muro y la mutación del debate

Con la caída del muro de Berlín y la autodisolución de la URSS se emprende una ofensiva burguesa acelerada a nivel mundial, que tendrá como consecuencia más importante el desgaste brutal del movimiento obrero y de sus organizaciones sociales y políticas. Sin embargo, el capitalismo siguió generando los mismos problemas sociales que en el pasado. En una etapa donde las organizaciones y partidos del siglo XX decaen pero los problemas sociales persisten, las resistencias al capitalismo se expresan de una forma diversa.

En efecto, si tenemos en cuenta el tiempo transcurrido desde los años 90 hasta hoy, los movimientos sociales y las resistencias al capitalismo no han cesado. El movimiento antiguerra, el movimiento ecologista, el juvenil y sobre todo el feminista vienen afirmando su potencial de ruptura. Sin embargo, las organizaciones sociales y políticas del movimiento obrero del siglo XX han retrocedido muchísimas posiciones. Este es el dato que explica que los movimientos sociales de oprimidos y explotados se expresen fundamentalmente fuera de los marcos de los partidos socialistas o comunistas, ampliando la dinámica que ya anunciaba el panorama sesentayochista.

Se da también un proceso que Bensaid fue capaz de explicar bien en “Cambiar el mundo”. Al nacer sin referencias políticas generales, las nuevas resistencias al capitalismo nacen desde los elementos de identidad personal más inmediatos: las mujeres a través del feminismo, los y las minorías raciales a través del antirracismo, los gays y lesbianas a través del movimiento LGBTI… Sin obviar el movimiento sindical. El hecho de nacer sin referencias políticas generales afecta de un modo particular a los movimientos de resistencia en el siglo XXI. Dichos movimientos corren el riesgo de cerrarse identitariamente, de no encontrar la relación objetiva que une unas resistencias con otras, de no encontrar el enemigo común.

Habría que preguntarse ¿A caso siguen existiendo hoy esas relaciones objetiva que podría ser la base de una convergencia política? Para Bensaid dicha perspectiva tiene plena vigencia. “Es el propio capital, la generalización de las relaciones mercantiles (…), la penetración de su dominación impersonal en todos los poros de la vida social, lo que hace posible la convergencia y la unificación de las resistencias. La opresión patriarcal no nace con el capitalismo, pero está condicionada y remodelada por la división capitalista del trabajo. La crisis ecológica es inseparable de la crisis general de la dimensión mercantil” [1]…

Esta lista de ejemplos podría prolongarse y extenderse hacia las más amplias y variadas formas de explotación y dominación. Bensaid pone de relieve que la causa de todos ellos sigue siendo el funcionamiento del modo de producción capitalista, el enemigo común a todas ellas. Podríamos llamar a esto “intersección objetiva”, la base material que posibilitaría la convergencia de todos los movimientos y resistencias al capitalismo.

Sin embargo, la convergencia social y política de las resistencias no se deriva automáticamente de esa base material. Si bien la “intersección objetiva” es un producto natural del capitalismo, la “intersección subjetiva” [2], la convergencia real y estable de las resistencias, es algo que se debe construir. “La complejidad de las divisiones sociales, la multiplicidad de las resistencias, la intersección de las identidades plantea de una forma nueva el problema de su unidad y su convergencia” [3].

Un buen ejemplo de ese proceso construido se dio en la primera mitad de marzo de 2018. Tras la mayor manifestación feminista de la historia del estado español que tuvo lugar el 8 de marzo, el movimiento feminista se planteó potenciar la movilización de los pensionistas convocada 9 días después. Ambas manifestaciones fueron un éxito.

Dicha experiencia interseccional tiene ventajas y limitaciones. Entre las primeras podemos decir que: 1 contribuyó a romper el aislamiento y atomización de los espacios sociales, poniendo de relevancia las conexiones objetivas entre ambos movimientos; 2 dotó de impacto ambas movilizaciones, contribuyendo a una hipotética victoria parcial.

Entre las limitaciones podemos hablar de dos cosas. Primero que el hecho de que dicha convergencia solo se dio temporalmente. Segundo que no sirvió como catalizador del resto de movimientos sociales. Tercero, derivado de ambos anteriores, no fue capaz de traducir políticamente las resistencias. Una perspectiva revolucionaria debe ser capaz de superar estas tres limitaciones, entroncando además con una dinámica de reivindicaciones transitorias que pueda poner sobre la mesa la actualidad de la revolución.

 

¿Interseccionalidad o transversalidad? Un debate entre marxistas y populistas

La búsqueda y articulación de demandas que permitan la emergencia de un sujeto que desemboquen en un proceso de cambio no es una especifidad de los marxistas revolucionarios. Antes bien, hay muchas formas de enfocar el tema. La perspectiva que podríamos llamar “populista” (de Ernesto Laclau o Iñigo Errejón) permite ampliar el debate sobre el tipo de interseccionalidad subjetiva que construir.

El elemento común de ambos enfoques es negar que el potencial de cambio se haya restringido a un solo sector de la población. En este sentido, compartimos esa necesidad de crítica que podría dirigirse hacia los marxistas ortodoxos del siglo XX, que solo veían en la clase obrera industrial el verdadero sujeto que accionaría un proceso emancipatorio.

Sin embargo, a partir de ahí lo que existen son más desacuerdos que encuentros. La teoría y práctica populista tiene como objetivo la construcción de dichas intersecciones fundamentalmente a través de: 1 un líder fuerte; 2 un discurso abstracto y moderado que pudiera amoldarse a la mayoría de descontentos multiformes que se dan en el capitalismo contemporáneo. Caen así en varios errores. 1º desvalorizan el contenido democrático de dichas intersecciones, al estar supeditado el proceso a un líder fuerte; 2º reducen la construcción de intersecciones a una estrategia discursiva, sin apostar decididamente por la creación de relaciones estables entre las distintas resistencias multiformes. 3º no tienen por objetivo la destrucción del capitalismo, pues la búsqueda de unidad no tiene en cuenta ninguna criba de clase, clase que a su modo de entender no existe.

Frente a dicha práctica, las perspectivas de un proyecto revolucionario debería: 1 apostar decididamente por el impulso de las resistencias multiformes; 2 construir procesos de convergencia entre las distintas resistencias y movimientos, potenciar la interseccionalidad subjetiva; 3 trabajar por traducir políticamente esas resistencias en un proyecto alternativo de poder. De lo contrario, los procesos de interseccionalidad terminarían siendo la bisagra de un nuevo reformismo; 4 dar la batalla en todos los escenarios posibles sin abandonar ningún espacio. Todos los terrenos de lucha deben ser encarados en una perspectiva de “tribuno del pueblo” que había avanzado Lenin. Para nosotros primar un terreno u otro de la lucha se debe a las posibilidades que ofrezca cada coyuntura política, no a una cuestión de principios.

Al final, el debate real entre intersección y transversalidad no se reduce a cuestiones abstractas, sino a la elección de una estrategia política. Las vanguardias políticas hoy se verán obligados a elegir entre la moderación discursiva de un nuevo reformismo o una convergencia anticapitalista que pueda poner de actualidad la revolución en el siglo XXI.

 

[1] Cambiar el mundo, p. 74.
[2] Esta diferencia entre intersección objetiva y subjetiva no existe explícitamente en la Obra de Daniel Bensaid, pero sin duda sus significados se encuentran latentes en sus obras.
[3] Op. cit., p. 116.