Carmen San José | Mucho se está escribiendo estos días sobre la compra de una casa por parte de Pablo Iglesias e Irene Montero, bien sea para considerarlo un error, para opinar que es una decisión dentro de lo normal o para denunciar a la caverna mediática, siempre ávida en la búsqueda de noticias que le pueda suponer unos titulares o unos clicks.

Aparte de que es obvio que si no hubiera existido la compra de la casa no se habría desencadenado esta tormenta mediática, quisiera poner el acento en la consulta a l@s inscrit@s que convocó la pareja porque en mi opinión han influido otra serie de cuestiones.

No descubro nada nuevo al afirmar que Podemos desde el principio marcó un modo de hacer las cosas peculiar. Junto a una indudable audacia comunicativa y dominio de las redes sociales existió una cierta pleitesía al líder. No se puede olvidar lo sorprendente que resultó que apareciese la cara de Pablo en las papeletas electorales: algunos sectores opinamos entonces que era, por decirlo suavemente, un exceso innecesario.

Las primarias para conformar las distintas candidaturas, tanto a los órganos internos como a los parlamentos, fueron un terreno polémico desde el principio. No debido a que no fuese un método idóneo para elegir a las personas que nos representarían, sino por los diferentes métodos de elección, porque algunos dejaban bastante poco margen para la proporcionalidad real de las numerosas sensibilidades que componemos Podemos.

Los Círculos, que habían sido desde el principio las estructuras donde la gente se reunía para el debate y la acción, poco a poco se han ido vaciando, tanto en militantes como en contenidos, al no contar para nada en las decisiones de calado que toman las ejecutivas/coordinadoras donde un@s poc@s «elegid@s» de los diversos consejos ciudadanos se reúnen, y donde son ell@s los que deciden la política de Podemos.

Vistalegre II sirvió para dar carta de naturaleza a una organización más vertical, más caudillista, más burocrática y menos democrática, donde la disidencia fuera castigada. Unidad, Unidad, Unidad… se gritaba.

La forma que tuvo Pablo de entender esa «unidad» fue «entronizando» a Íñigo Errejón como candidato a la Comunidad de Madrid, apartándolo de la portavocía en el Congreso y poniendo en su lugar a – entre todas las personas posibles – su pareja, Irene Montero.

Luego, fue la «interpretación» de los nuevos Estatutos por parte del Consejo de Coordinación Estatal en contra de la opinión de la Comisión de Garantías Democráticas la que supuso la expulsión de la presidenta de la misma. Algo muy grave que desgraciadamente ha caído en el olvido en nuestra organización.

Y así, pasito a pasito, Podemos se está convirtiendo en una organización política, digamos, «al uso», normalizando todos los defectos de la viejas organizaciones políticas: hiperliderazgos, falta de participación real en la toma de decisiones, falta de democracia interna… Por un lado se aparta a los críticos, y, por otro, el núcleo dirigente se rodea de una red clientelar. Una red clientelar que aísla al líder de la realidad del partido.

Los cambios en las formas y en el comportamiento han sido consecuencia de una asimilación del statu quo. Se dice que es el peligro de pisar «moqueta», de estar en las instituciones o simplemente es muestra de incoherencia entre nuestro pensar y hacer. El resultado es que la decisión de comprar una casa obedece a que tanto Pablo como Irene se encuentran en una realidad que no es, ni mucho menos, la de la mayoría de la población a la que dicen representar. Porque, como todo el mundo sabe, a una casa de 660 000 euros solo puede aspirar un número muy pequeño de personas. Era lo que definía Pablo Iglesias hasta hace poco como la casta.

Claro que han sufrido el acoso de los medios de forma despiadada y abusiva, como quizás no lo han sufrido otras personas relevantes de la vida pública. ¿Pero es que no se imaginaron que esto iba a pasar? ¿A alguien tan acostumbrado a tratar con los medios como Pablo Iglesias, quien de hecho a través de ellos extendió su popularidad, no se le ocurrió lo que iba a pasar? ¿Tampoco supo valorar las implicaciones que la compra de esa casa iba a tener en el partido que lideran? ¿O es que su realidad ya es otra?

Mientras se lo pensaban y crecía la crítica interna, eso si, solamente entre café y café, o caña y caña, se comentaba el grave problema que lo hecho suponía para el partido, el lío en el que nos habían metido a los cargos públicos porque nos lo sacarían cada vez que defendiésemos el derecho a una vivienda y, también, se avanzaba que lo que habían hecho podía acabar con la legitimidad de Pablo. Al tercer día Pablo e Irene convocaron una rueda de prensa en la que anunciaron que se someterían a una consulta de las bases sobre si deberían o no continuar en los puestos que ocupan en Podemos y en el Congreso de los Diputados.

Pues hasta aquí hemos llegado, compañer@s Pablo e Irene, porque si de vuestra decisión personal, que si es política y refleja coherencia queréis hacer rehenes a toda una organización como Podemos, por mi parte votaré que os vayáis, porque ya no representáis aquello en lo que creo, por lo que trabajo a diario en Podemos y por lo que lucho con el afán de transformar esta realidad que no me gusta y de la que parece que vosotros os habéis alejado hace tiempo.

Carmen San José Pérez es Diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid