Oscar Blanco | En el último par de años hemos visto por primera vez en nuestras ciudades conatos de revuelta contra actores de la “economía colaborativa” o “on demand” como Uber, Airbnb, Amazon o Deliveroo. De diferentes formas, sus trabajadoras, trabajadoras del mismo sector o las vecinas han puesto sobre la mesa las condiciones de explotación y el rentismo que se oculta tras las estrategias de branding y las loas de los economistas con americanas de colores. Jorge Moruno se pregunta en “No tengo tiempo” cómo es posible que unos puedan comprar el tiempo de otros para que los sustituyan en las tareas cotidianas de las que no son capaces de ocuparse por las excesivas horas que les ocupa el empleo. La respuesta del autor es contundente y clara: “La ausencia de derechos, de regulaciones y de salarios decentes, es decir, la ausencia de decisión soberana sobre su propio tiempo que se traduce en disponibilidad total.”

El libro repasa como la mercantilización esta llegando a rincones hasta ahora inexplorados a partir de la precarización generalizada del mercado laboral. Como el capital ha desarrollado mecanismos para extraer rentas de la cooperación social y ponernos a trabajar (como “jornaleros de consumo”, “braceros de la información” o “pilas que fabrican datos”) incluso cuando estamos entreteniéndonos. Por otra parte, cuando la única forma de acceder hasta a lo más básico es el empleo y las dificultades para conseguir uno con garantías y estabilidad no paran de aumentar se produce este efecto. En palabras de Moruno se crea una “nueva capa proletaria invisible” que en muchas ocasiones tiene otra ocupación, pero que se ve forzada a “poner a trabajar” su tiempo libre o incluso la habitación de su compañero de piso el fin de semana que no está para poder llegar a final de mes.

Lo paradójico es que esto sucede en una sociedad dónde todas las necesidades se podrían cubrir trabajando menos que nunca con un reparto justo. ¿Cómo se consigue entonces imponer que la gente trabaje más, por menos y renunciando a la separación entre trabajo y vida? Más allá de la derrota material y la necesidad, Moruno pone el foco en los discursos del coaching y el emprendimiento que prometen la salvación individual a través de convertirse a uno mismo en una empresa. La ansiedad de la falta de certezas laborales se convierte en un fracaso individual. La más absoluta precariedad se reviste de una retórica de flexibilidad y de huida de la aburrida relación laboral fordista. “La economía de trabajo por demanda se apoya en el deseo de los revolucionarios de los años setenta por liberar a la sociedad de los corsés de la disciplina laboral para apropiarse de esa potencia”, afirma el sociólogo.

De esta forma las empresas persiguen la implicación personal de las trabajadoras. No basta con cumplir. Los doers, las trabajaciones y la avalancha de neologismos para hacer la servidumbre sexy son los productos culturales para justificar la subsunción total de la vida al mercado. La cooperación social y la innovación al servicio de la acumulación se marcan objetivos realmente oscuros. Por ejemplo, tratar de extirpar la necesidad de dormir o monitorizar las constantes vitales de las trabajadoras para no dejar escapar un sólo momento que pueda ser capturado por la valorización del capital. En este ensayo Moruno lanza algunas ideas para pensar esta nueva composición abigarrada y cambiante de la fuerza de trabajo con un propósito claro: interrogarse como trazar una salida, con protagonismo del ecologismo y el feminismo, para invertir los términos y poner la vida en el centro.

 

No tengo tiempo
Geografías de la precariedad
Jorge Moruno
Akal 2018
124 páginas (15€)