Manuel Alonso | Una masiva manifestación recorrió esta mañana las calles de Santiago de Compostela para mostrar el rechazo a la apertura de una mina de cobre en los municipios coruñeses de Touro y O Pino. El nuevo proyecto de megaminería supone una amenaza no solo para el presente y el futuro del territorio más inmediato a la explotación, sino también un grave peligro tanto para el río Ulla como para la ría de Arousa.

La manifestación de este domingo, que terminó desbordando la plaza del Obradoiro, es un paso más para una movilización que va ganando fuerza y que ya logra involucrar al conjunto de la sociedad gallega. Poco parecen estar convenciendo las promesas de puestos de trabajo (precarios) que traería la mina y un proyecto ambiental que nadie se toma en serio a la vista de todos los antecedentes sufridos en Galicia. Los dieciséis años y medio que se estima durará la explotación de la mina a cielo abierto traerán consigo la ruina del paisaje y la contaminación del agua, es decir, el final del sector agropecuario, forestal y turístico (la mina estará a un solo kilómetro del camino de Santiago).

El alza de la minería especulativa devolvió el interés de las multinacionales del sector por yacimientos que hasta ahora no consideraban rentables, como el por fortuna parado proyecto de la mina de oro de Corcoesto, la mina de litio en Valdeflores, Cáceres, o la de uranio que se pretende abrir en Salamanca. En este caso se trata de reabrir una antigua mina de cobre, pero en lugar de la técnica de pico y pala que se empleaba en la vieja cantera se pretende utilizar grandes explosiones para mover toneladas de piedras. Las detonaciones, en torno a 6 diarias con 60 toneladas de explosivo cada una, arrancarán la roca para poder transportarla, machacarla y obtener el concentrado de cobre que se enviará a la planta que la empresa tiene en Huelva para allí obtener el mineral puro. Además, de toda la roca extraída solo un 0,4 % será mineral y un 96,6 % escombros que se acumularán en dos balsas de 3 km de longitud cada una que estarán protegidas por diques de hasta 81 metros de altura. En total, una superficie equivalente a 540 campos de fútbol que en caso de accidente llevarían sus lodos tóxicos hasta el río Ulla y, desde ahí, hasta la ría de Arousa. Como dato para la reflexión, la empresa no podría construir ese tipo de balsas en el país de origen de su matriz, Canadá, porque se considerarían excesivamente peligrosas.

Pero no hará falta un accidente para contaminar todo el territorio. Augas de Galicia certificó que las aguas de los ríos que rodean a la antigua mina todavía muestran restos de contaminación, a pesar de llevar cerrada desde 1986, de utilizar un método de explotación menos agresivo que el que propone el proyecto de la megamina y de haberse llevado a cabo trabajos de regeneración. En la nueva mina, además de las enormes cantidades de polvo en suspensión que expulsarán las grandes explosiones, habrá depósitos de sulfuro, peligrosos al contacto con el aire, pero también responsables del drenaje ácido que podría contaminar las aguas de la zona. Otra vez.

El agua es el recurso más valioso. Mucho más que el cobre y por supuesto mucho más que los beneficios que pueda obtener una multinacional. Más de cien mil personas beben del Ulla y es la base sobre la que se asienta el futuro productivo de toda la zona. La mina podría ofrecer, si creemos a la empresa, unos cuatrocientos puestos de trabajo, pero dentro de dieciséis años, cuando se vuelva a cerrar, ya solo quedará contaminación: en el mejor de los casos, una zona devastada durante décadas; en el peor, una catástrofe ambiental de enormes proporciones. Algo que nunca podría ocurrir en Canadá.