Joaquim Martínez García | “Divide y reinarás” es una célebre cita de Maquiavelo que podemos señalar como el epicentro de la alerta con la que se exclama Daniel Bernabé en ‘La trampa de la diversidad: Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase obrera’.

Bernabé indica, con más o menos acierto, cómo la proliferación de lo que Néstor Kohan llama metafísicas post, con su subsiguiente mercado de las diversidades, es un producto de la derrota política del gran relato socialista, en buena medida incentivada por el propio vencedor de esta pugna polar: el neoliberalismo.

Así pues, la teoría práctica, totalizante y radical -que se vertebra alrededor de la lucha de clases, la Historia, la Revolución o el Poder y que era ampliamente reconocida en el marxismo- quedó asociada -tanto con la inestimable ayuda de los dispositivos culturales de los vencedores como con la del derrotado socialismo real- a un modelo fallido, esclerótico, corrupto y liberticida. Y con el rechazo a lo viejo padecido, la imposición de lo nuevo por padecer.

Desde los setenta fue incesante la proliferación de lo micro, lo bio, de interesecciones desjerarquizadas, de identidades discursivas que, si bien es cierto que visibilizaron sensibilidades y opresiones que la izquierda tradicional había obviado, cuando no perseguido, también jugaron un papel enmascarador que Harvey define de la siguiente manera: “El posmodernismo nos induce a aceptar las reificaciones y demarcaciones, y en realidad celebra la actividad de enmascaramiento y ocultamiento de todos los fetichismos de localidad, lugar o agrupación social, mientras rechaza la clase de metateoría que puede explicar los procesos económico políticos (flujos monetarios, divisiones internacionales del trabajo, mercados financieros, etc.) que son cada vez más universalizantes por la profundidad, intensidad, alcance y poder que tienen sobre la vida cotidiana”.

Con todo esto, la imposición del posmodernismo en las luchas, trajo consigo la atomización de estas, la pérdida de toda estrategia radical, la inconsistencia explicativa y, en el peor de los casos, la auto-destrucción de las comunidades rebeldes en un giro especular que -habiendo escindido la política de la economía, el individuo de la Historia- se identificaron a sí mismas como responsables últimas de su genética y como sus propias enemigas y se auto-purgaron mediante verdaderos procesos inquisitoriales.

Esta es, a grandes rasgos, la denuncia que desarrolla y ejemplifica Bernabé en el libro, con la que estoy en profundo acuerdo. Sin embargo, en su desarrollo, hay puntos que me chirrían y que tienen traducciones políticas cuestionables.

El primero lo encontramos en el propio subtítulo del libro. Bernabé es, sin lugar a duda, un muy enriquecedor trovador del folklore derivado de la cultura obrera del siglo XX. Se le nota, bucea con deleite en los referentes culturales de la clase obrera que toca a defunción con el aplastamiento de los mineros del NUM por parte del thatcherismo -episodio sobre el que versa la novela ‘GB84‘ de David Peace que él mismo ha reseñado en su edición en español-. Un cronista que toma partido -no esperábamos menos- pero que, pese a escenificar su propia conciencia del riesgo de esta desviación, no consigue esquivar la romantización del bando por el que toma partido ni el arrancar de la Historia la forma contingente de la Clase que añora.

Sólo así se puede hablar de “fragmentación de la identidad de la clase trabajadora.” La clase trabajadora no es una identidad, y mucho menos una identidad en base a un momento concreto del proceso productivo en un período histórico y unas coordenadas geográficas puntuales. La clase es una relación social, un proceso activo.

Las críticas que se pueden hacer en este aspecto a la concepción de “identidad de la clase trabajadora” son bastante coincidentes con las que en su día hizo José Babiano a ‘El fallido intento de escribir el Chavs español’ en respuesta a la publicación del libro de Nega y Arantxa Tirado.

Este ramalazo de Bernabé está directamente relacionado con una de las concepciones que más debilita el poder explicativo del libro; Bernabé sitúa en la identidad de clase perdida el pecado original de la derrota posmoderna y acusa de su responsabilidad a la 3. De lo que no da cuenta es de que esta trampa es posterior y cuanto menos subordinada a una derrota política y económica en términos relacionales: a la incapacidad del bloque socialista para abolir la ley del valor y a la de la izquierda tradicional para adaptarse a las nuevas formas de extracción de valor más allá de la esfera de la producción.

Es en desentrañar estos nudos donde reside la explicación de la derrota; la trampa de la diversidad se señala como causa cuando es más bien una consecuencia.

Desde el punto en que, para abordar la derrota de la clase obrera, se relega a un plano diferenciable la caída de la URRSS, de los Partidos Comunistas oficiales o de sus sindicatos.

Otorgar esta centralidad al discurso y al icono, a la representación, no es más que la otra cara de la moneda de las metafísicas post que se pretenden denunciar -cosa que, para ser justos, tiene clarísimo Bernabé, y de tal modo lo plasma en sus conclusiones, aunque se pierda en su desarrollo- y nos remite a estériles debates nominalistas sobre la recuperación de la hoz y el martillo o del término “proletariado” como verdadera clave de bóveda de la recomposición de la clase trabajadora que -sorpresa- no acaban nunca traduciéndose en avance alguno en la lucha de clases.

Porque no se trata tanto de universalizar identidades compactas que subsuman un amplio abanico de particularidades como de concebirlas “coaliciones potenciales esperando a ser formadas” -en palabras de la feminista negra Kimberlé W. Crenshaw, que reivindica una teoría no posmoderna de la interseccionalidad-. Hacer coincidir el advenimiento de la competición de especifidades identitarias con la emergencia de identidades posmodernas tampoco es riguroso; mucho antes, antes de la época post-clases, ya se vivían cacerías de brujas en la izquierda tradicional según adscripciones fraccionales o a liderazgos. Tampoco es certero otorgar la completa primacía, previa escisión abstracta, de lo material sobre lo cultural -como se puede observar en lo que el sociólogo británico Mervyn Matthews llamó la paradoja estalinista y que enmendaba, como el socialismo humanista del Ché Guevara, el socialismo económico, redistributivo-; otra contradicción patente antes de la hegemonización de las modas post.

Este es, tal vez, el punto más débil del libro que nos ocupa.

Si bien Bernabé posee una escritura admirable, una cultura referida que nos transmite apasionadamente y unas motivaciones políticas impecables, la profundidad de su pensamiento económico o filosófico -o por lo menos el que plasma en su libro- es bastante insuficiente para atajar de manera satisfactoria los problemas que plantea. De hecho alteran claramente resultados de su disección más allá de la conjetura compartida.

No sé si es por falta de profundización del propio autor o por voluntad simplificadora en su obra que él mismo define “desde la aproximación periodística y no desde la pretensión académica” en pos de la conjetura sobre la demostración – y en todo caso, esta voluntad simplificadora caería en su riesgo, advertido por Antonio Gramsci, de vulgarización- pero los esquemas manifiestan de forma implícita o explícita sus razonamientos son bastante precarios. Realmente, las nociones de estructura/superestructura, material/cultural, económico/político, etc. que parece manejar Bernabé son bastante toscas, recogidas de un ejemplar de manual DIAMAT de un pionero soviético.

Entre otras cosas, Bernabé denota una concepción del capitalismo como un sistema directamente planificado por los responsables políticos de su clase explotadora. Nada más lejos de la realidad, el capitalismo es un sistema indirectamente mediado por el mercado, definido de forma tan evocadora como certera por Santiago Alba Rico de la siguiente manera: “nos conviene más imaginarnos el capitalismo como una chapuza sin rumbo, como la convergencia catastrófica de una rapsodia de decisiones lujuriosas e intereses en pugna. Un naufragio sin restos. No nos rindamos: no tienen un plan.”

La concepción unilateral, planificada y, en definitiva, conspiranoica que tiene Bernabé de las élites burguesas se traduce en análisis de fenómenos históricos que a menudo me parecen delirantes. Es el caso de la reducción de la movilización de las feministas liberales con las llamadas “antorchas por la libertad” -desobedecer la norma social que negaba su consumo de tabaco o, al menos, lo confinaba al ámbito doméstico- a un plan excelentemente ejecutado por la industria tabacalera para ampliar su mercado. Del mismo modo conspiranoico, todo logro por lo que a la representación de minorías en el mainstream se refiere -en ‘Operación Triunfo’, por ejemplo-, es la pantalla de humo culturalista bajo la que el centralizado neoliberalismo impone sus políticas económica y no manifestación de una sociedad contradictoria y dinámica en la que luchas sectoriales pueden avanzar y forzar el status quo a reinventarse y amoldarse.

Tomando el desvío de lo histórico a lo historicista, Bernabé se queda con la premisa materialista de que hay dinámicas históricas de largo recorrido que influyen en nuestra cotidianidad -en palabras de César Rendueles- pero extirpa del desarrollo histórico de un plumazo la prácticamente infinita variedad de ondas temporales, las subsunciones que eclosionan a destiempo, el impacto del mismísimo azar, el peso de la intervención de individuos, las complejísimas -y nunca descifrables al cien por cien- relaciones entre contradicciones de distinta profundidad, generalidades y particularidades… Así pues, parece incapaz de entender que hay conquistas parciales y liberales de minorías que, a efectos inmediatos, son asimilables e incluso provechosos para la acumulación capitalista pero que no por ello son fruto de un engaño ni hipotecan una limitación. A vueltas con lo cultural y lo material, el ejemplo más sencillo nos lo ponen las camisetas con eslóganes feministas que venden grandes transnacionales que, efectivamente, explotan mano de obra infantil en Bangladesh. El señoro de izquierdas, pagado de sí mismo, indicará la contradicción de forma socarrona -que conste, no me refiero a Bernabé-. Otra pantalla de humo. Sin embargo, ni el auge de las reivindicaciones feministas son consecuencia directa de una estrategia de mercado burguesa ni es incompatible el avance feminista con la rentabilización capitalista a corto plazo. Mientras el capitalismo se beneficia de forma más bien improvisada de la pujanza feminista, puede ser que el feminismo mainstream, con un descomunal y corrupto altavoz mercantil, esté introduciendo críticas a los roles de género que a medio-largo alcance tenga traslaciones bien materiales en la división sexual del trabajo, que es la base del machismo y elemento fundacional del capitalismo patriarcal.

Para romper con la dictadura positivista y simplificadora de la noción imperante de los modos de producción, creo que la teoría crítica nos ha ido dejando legados teóricos de imprescindible estudio como son los conceptos de reproducción del metabolismo social del orden del capital de Meszáros o la fecunda e inéditamente lúcida escuela de pensamiento llamada del feminismo de la reproducción social.

Este ejemplo -muy bien definido por una compañera que, al ser consultada por el feminismo de clase afirmó “todos los feminismos son de clase”– da cuenta de las limitaciones del materialismo esclerótico que ha imperado en la izquierda.

Hay una crítica metodológica al trabajo de Bernabé que no puedo dejar de hacer: en el libro se repite la fórmula del “no es menester ahora analizar tal tema pero…” seguido de la afirmación vehemente de un apriorismo. No, este desliz no es justificable ni en el marco de la “aproximación periodística”.

Esto lo encontramos, por ejemplo, en el despachar precipitadamente los argumentos regulacionistas como “ideología individualista” o “justificación neoliberal”. Es arrogante esta sentencia, pues existen solidísimas argumentaciones marxistas -con las que se puede estar de acuerdo o no, pero que son serias y ricas en cualquier caso- acerca de la regulación de la prostitución más allá de las, en efecto, liberales y hedonistas apologías prosex por individualidades ciertamente anecdóticas y privilegiadas. Recomendaría, por ejemplo, ‘Prostitución, sexualidad y producción: Una perspectiva marxista’ de Belén Castellanos.

El autor pone en un mismo saco repetidas veces la cuestión de la prostitución con la de la maternidad subrogada, cosa que me parece una frivolización teniendo en cuenta que la trata es una de las principales economías del capitalismo criminal y que es completamente dependiente de las políticas públicas sobre la prostitución. Mientras la regulación de la gestación subrogada supone la liberalización del cuerpo de la mujer -pobre- en un mercado incipiente, la regulación de la prostitución supone el control de una indústria ancestral y masiva en la que la trata crece, en buena medida, en tanto que las trabajadoras sexuales no tienen derechos.

Igualmente movedizas son las arenas en las que se mete para abordar la cuestión decolonial; llama al uso del hiyab “pulsión identitaria regresiva”, reaccionaria porque, según él, se imponen religiosamente “diferencias en el vestir entre hombres y mujeres”. Esto es delicado porque, en primer lugar, pone en el carácter teológico de las ideologías el peso del falseamiento de la conciencia -lo cual es tanto un razonamiento liberal como una característica de ‘La trampa de la diversidad’-. En segundo lugar, suponer que una determinada manera de vestir es regresiva al margen del marco discursivo en que se inscriba significaría que existen formas de vestir per sé progresivas; estos delirios de deber ser y perfectibilidad humana han llevado a menudo a la izquierda a derivas totalitarias desastrosas.

En el mismo parágrafo, Bernabé pone a un mismo nivel la decisión libre de mujeres musulmanas en Occidente de vestir sus atuendos tradicionales y la imposición de los códigos de vestuario del Régimen nacional-católico. Un desastre de argumentación.

En efecto, la izquierda no debemos renunciar nunca el universalismo. Sin embargo, el universalismo a defender es el de sociedades libres de imposición y que inviten a la crítica de la propia percepción de la libertad individual. Así que, en efecto, en una sociedad en la que nadie legisle sobre la voluntad de las personas sobre cómo vestir y haya políticas públicas en educación para la ciudadanía o integración socio-económica -y en la medida de lo posible sería conveniente no olvidar el carácter religioso del mercado-, a mi me parecerá perfecto que cada cual se vista con hiyab, con bikini, con falda de tubo hasta los tobillos o con una corneta de papel de aluminio en la cabeza y el resto del cuerpo desnudo.

A modo de apéndice criticón, creo que en su caricaturización de la atomización posmoderna, Bernabé tiene pocos deslices éticos -seguro que menos de los que le atribuirán aquellos que ya se le echaban al cuello antes de leer su libro- pero los tiene. Sin duda, creo que el patinazo sobre el que más autocrítica debería hacer Bernabé es el comentario sobre el informe de 2017 de la organización LGTB neoyorquina GLAAD acerca de la situación en los medios de comunicación. En este, se lamentaban por la acaparadora mayoría de representaciones en los medios de la comunidad LGTB por parte de hombre blancos. Bernabé resuelve rápido, desdeñando la observación como diversidad que compite contra sí misma. Me parecen bochornosamente irresponsables las líneas que siguen: “Si en un contexto neoliberal carente de conciencia de clase los individuos llenan su identidad débil de clase media con el consumo de diversidad simbólica, tarde o temprano esas identidades simbólicas tienden a competir cuando ocupan un mismo espacio”. No, compañero, es injusto y rechazable acusar a una muy necesaria entidad dedicada a la visibilización LGTB de “consumo de diversidad simbólica por una supuesta identidad débil de clase media en un contexto neoliberal carente de conciencia de clase”. Es imprescindible la existencia de instituciones dedicados a la visibilización de colectivos como el LGTB -de la que se traducen, como bien reconoces, consecuencias tan materiales como la reducción de las agresiones LGTBfóbicas- y es siempre motivo de celebración que estos tengan siempre presentes otras coordenadas que profundizan en la precarización de sus vidas como son el racismo y el machismo, tan imbricados con la dominación de clase y la acumulación capitalista, por cierto. Por supuesto, ojalá también tuviese preeminencia el factor clasista, pero esa ausencia no es causal en absoluto y tales trivializaciones son arriesgadas.

Hecha una aproximación a la hipótesis que defiende el libro y a los anhelos compartidos con el autor y después de exponer mis críticas al desarrollo del mismo, sólo me queda concluir retratando qué trampa en sí misma ha sido la publicación del texto para sacar lo peor de los llamados movimientos sociales.

Al final, el grito de socorro que se desprende del libro no es tanto la necesidad de un Gran Relato como la urgencia, por una parte, de retomar las praxeologías materialistas y, por otra parte, de recuperar la estrategia de Poder.

Con Engels y con el marxismo, coincidimos en la idea de que “es un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”. Esto es, reivindicamos -hastiados de ser despreciados como totalitarios, retrógrados o tantos otros descalificativos- la toma del Poder Político -concepto que, necesariamente, debemos someter a constante crítica, revisión y enriquecimiento-.

Además consideramos que, más allá de la toma del poder político, las distintas formas de opresión y explotación en las sociedades capitalistas toman una forma específicamente capitalista y se van adaptando a las necesidades del capital de valorizarse. A esto le llamamos contradicción principal. No significa ni que sea una relación más antigua ni más dolorosa ni más mala; significa que una sociedad regida por el modo de producción capitalista todo el resto de opresiones y explotaciones -de un modo nada mecánico ni inmediato- tomarán formas específicamente capitalistas y difícilmente podrán erradicarse en la medida en que siga imperando el orden del capital y dependa de estas para reproducirse.

Tomando por ejemplo el veganismo -da igual cual de las muchas motivaciones para defenderlo, sea por la defensa del ser sufriente o por su insostenibilidad ecológica- repasemos de forma aplicada estas ideas:
En primer lugar, es obvio que la práctica totalidad de consumo y crueldad sobre animales en el mundo capitalista está directa o indirectamente relacionada con el negocio; de la explotación avícola al comercio de mascotas, de la experimentación cosmética al exterminio en cosechas. Es, por tanto, la dinámica acumulativa del capital la que da forma a esta opresión. En segundo lugar, creemos firmemente que las voluntaristas iniciativas individuales o locales son absolutamente insuficientes y que requerimos instituciones públicas y comunitarias de alcance global que políticamente nos permitan acotar y eliminar este tipo de explotación -restricciones legales de explotación de animales, políticas de sensibilización, conciertos con empresas con criterios veganos en los servicios públicos, impulso de industrias públicas veganas que puedan competir con la industria de la explotación animal, etc-. Por tanto, nuestras prioridades estratégicas son estas.

Para la toma del poder político, la única vía es hacer política: la articulación táctica de comunidades oprimidas antes de su abolición para la creación de Pueblo -grandes mayorías plurales, contradictorias y a ratos embrutecidas- y la concepción de contradicciones principales en un sentido material y lógico, no moral.

Es en el delicado punto en que se defienden tales principios cuando se dispara la trampa de la diversidad. Algunos activistas de los movimientos sociales donde han calado la individualización de problemas estructurales, el subjetivismo idealista, el corporativismo identitario y la moralización de relaciones sociales le estallan a Bernabé en la cara.

Bernabé no es ajeno a sus privilegios de hombre blanco, hetero u occidental. No lo creo. Somos portadores de ellos y nosotros mismos nos debemos responsabilizar en la medida en que sea posible, que no es absoluta. Bernabé es coherente con una interpretación de la realidad concreta de la que venimos hablando largo y tendido. Que nos sea más fácil a los varones blancos heterosexuales asumir esta perspectiva es una conjetura que, a falta de profundización, no me parece descabellada; desde porque nuestra relativa situación privilegiada nos permite tomar distancia de la vivencia de distintas opresiones a porque el antropocentrismo moderno vino, o ya venía, de la mano del androcentrismo y la Sociedad ha reservado siempre la racionalidad al hombre blanco.

Por no hablar ya de si se trata de mujeres racializadas u otros colectivos con aún más relaciones opresoras.
En todo caso, nadie que haya leído el libro con actitud crítica, persiguiendo la verdad, puede tachar a Bernabé de machista político, por ejemplo. Tal vez sí puede encuadrarse más en planteamientos del feminismo radical socialista que en teorías transfeministas o queer, pero no puede ser más manifiesta su igual inquietud por la fragmentación de la mujer en lucha parcial por su emancipación que en el género humano en lucha total por la emancipación de sus fuerzas creativas. ¿Que el machismo se le manifieste en un modo epistémico? Tal vez. ¿Que Bernabé sea lo que llamamos un señoro aferrándose a sus privilegios, o casi un progre-incel? Pues no creo que nadie pueda sostener esto honestamente.

Estos ataques demagógicos solo pueden entenderse dentro del mundo falansterial de los movimientos sociales, donde, sólo en su manifestación más superficial y declaratoria -el postureo– la situación de los privilegios identitarios se desdibujan a ratos y lo que en el mundo real comporta estigma a menudo se torna aquí autoridad. El incontestable privilegio epistémico de la pertenencia a determinados grupos minorizados, por momentos, se absolutiza de forma grotesca y desprecia la más irrenunciable idea de Razón de una Ilustración perfectible.

Y esta inversión se hace patente tanto en que defender posturas que desde la lógica del identitarismo posmoderno relacionaríamos más bien con los privilegios se vuelve un acto casi de valentía por el riesgo de ostracismo que comportan en tal micro-cosmos. Del mismo modo, la demagogia, la moralización y el ad hominem acompañan una exigencia de rigor quirúrgico que jamás se pide contra las hermenéuticas a las que se opone Bernabé que a menudo van muchísimo más cargadas de apriorismos, de sentencias morales o de desarrollos lógicos pantanosos…

Por no hablar de que resulta francamente curioso que, mientras el cuestionamiento de estas tendencias en los movimientos sociales comporta un gran riesgo de linchamiento, la posición de privilegio clasista desde la que se proclaman la mayoría de soflamas identitarias en nombre de colectivos homogeneizados -y que por ende obvian en su propia concepción la realidad de la mayoría dentro de estos- o no es nunca mencionada o, cuando se menta, viene acompañada de un estepicursor de Arizona.

Teniendo todo esto en cuenta, si tan conscientes hemos llegado a ser en los movimientos sociales de cómo nosotros y nuestras prácticas somos dispositivos de poderes, tal vez deberíamos estar más alerta a la trampa de la diversidad que, si bien no es la causa de la derrota de la clase obrera, quizá sí sea, en alguna medida, garante ideológico de su mantenimiento en tanto que somos incapaces de articular un Sujeto masivo, sólido y determinado que ponga en riesgo verdadero el status quo.

Los preceptos de quienes han caído en la trampa de la diversidad bloquean sistemática y abruptamente los planteamientos radicales que siguen estableciendo como prioridad, para terminar con toda opresión y sus reificaciones, la toma del poder político. La atención que ponen a las pugnas de avanzadilla eminentemente lingüísticas es completamente desproporcionado en relación al que prestan a los movimientos masivos de confrontación y generación de alternativas al modo imperante de acceso a la producción, reproducción y distribución de la riqueza inmediatamente material. Su advertencia de la existencia de pluralidad de sensibilidades y opresiones termina por focalizar más en señalar sus fronteras, contradicciones e incompatibilidades que en buscar los nodos de unión y reciprocidad. Tienden a ocupar más esfuerzos en batallar su posición respecto otras identidades oprimidas que en confrontar las grandes instituciones opresoras y explotadoras. Rechazan marcos conceptuales totalizantes y categorías compartidas que permitan explicar la realidad de forma integral y son proclives a explicar distintas situaciones mediante códigos paralelos y puntos de fuga inconexos. En la medida en que se purgan de contradicciones internas y determinan nuevas deconstrucciones individuales pierden reconocimiento por la mayoría de la población y capacidad de dinamizar luchas masivas por objetivos ampliamente reconocidos. Endurecen sus códigos morales propios mientras se alejan de la disputa del sentido común mayoritario.

Estos son algunos rasgos de los individuos o colectivos que hayan caído en la trampa de la diversidad y son siempre indicadores tendenciales, pues su hipóstasis sería vaciar al concepto de dinamismo, de recorrido y de utilidad alguna.

Hemos establecido centrales la abolición de la ley del valor capitalista y la toma del poder político.

¿Significa esto que debamos aplazar toda otra lucha contra las distintas opresiones hasta tener el poder político? ¿O que no debamos hacer un trabajo de deconstrucción por lo que respecta a las relaciones de opresión y explotación que nos atraviesan en las que nosotros tenemos poder sobre otros?

No. La conciencia clase obrera, el modelo productivo y reproductivo del capital y las correlaciones de fuerzas están estrechamente conectadas. En la lucha de clases se transforman simultáneamente y entre sí, básicamente porque son un todo y su disección sólo es posible desde la abstracción científica.

Estos cambios operan tanto impulsados por la economía política del capital como impulsados por la economía política de la clase obrera.

El racismo o la islamofobia son imprescindibles para que el capitalismo siga rentabilizando su sangrante división internacional del trabajo consiguiendo cercenar la empatía del mundo Occidental. El machismo y los roles de género son cruciales para el mantenimiento de la mina de oro de la división sexual del trabajo y, de paso, dejarnos a las clases populares sin más de la mitad de sus activos en la lucha -como pasó en la mayoría de guerra modernas, incluido en el frente antifascista español en 1936-.

Un navío requiere de su tripulación, de las olas, de las velas, del viento. Pero si no tiene un faro de referencia está condenado a naufragar entre arrecifes.

Nosotros no proponemos un puerto final, porque éste aún no puede divisarse tan lejos de la costa y en la noche cerrada. Simplemente proponemos recuperar de una tradición política el tintineo orientador del faro.
Una política que pone el poder político y la primordial abolición de la ley del valor capitalista como requisito indispensable y previo -o, mejor, simultáneo- al fin de las opresiones es incompatible con una política que entiende que es posible deconstruir las distintas opresiones por separado y al margen de estas tareas centrales.
A mi parecer, la dinámica actual -y a mi pesar, creo, dominante- en los movimientos sociales, en palabras de Alba Rico, “nos condena a la autodepuración y la irrelevancia y a una especie de orgasmo mohoso, de deleite conspiratorio en la melancolía y la derrota”. Nos condena a la deriva, al naufragio y a la balsa de la Medusa. Con Bernabé compartimos la inquietud de pensar cómo superar la individualización, la fragmentación o la moralización que nos debilitan en nuestro objetivo antisistémico. Que nos alejan del faro.

Seguramente existan en los movimientos sociales dos planteamientos incompatibles y es cuestión de reconocerlo y partir cada cual por su lado -empezando por tomar distancia de ese universo 2.0 tan amoldado a dichas dinámicas, que insuperablemente define Sue Towsend en “No hagas caso de Brian Junior ni de su hermana. Viven en un mundo muy pequeño llamado Internet , donde el cinismo es la norma y la crueldad ha ocupado el lugar del sentido del humor”-. Por lo pronto, la gente que cuando se dispara la trampa de la diversidad se vuelcan en la crítica destructiva y la voluntad aniquiladora no pueden ser la apuesta ganadora porque, como me dijo una amiga y referente: “un movimiento en el que hay debates vetados no es liberador. Está podrido”.

 

La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora.
Daniel Bernabé
Editorial AKAL
256 pág., 18 €